Y , ¿ESTÁS LISTO PARA CAMBIAR AL MUNDO?

Es una tarea enorme, pero Jesús y la Iglesia
te necesitan ahora, más que nunca

Del Diácono JAMES KEATING, P.h.D.

Desde la clausura del Concilio Vaticano II (1962-65), ha habido un esfuerzo creciente en muchas parroquias locales para atraer a los laicos a la misión global de la Iglesia, de difundir la Buena Nueva de Jesucristo. El progreso en esta área ha adquirido un impulso significativo sólo recientemente. Hasta hace poco, la mayoría de los programas de formación diocesanos y parroquiales giraba en torno a la formación de los laicos para ministerios intraeclesiales — esto es, para ministerios en la Iglesia y no fuera de ella en el orden secular y temporal.

Afortunadamente, el carácter secular del papel de los laicos en la Iglesia y en el mundo (“en el mundo, pero no del mundo”) es cada vez más evidente para los laicos y el clero por igual, y la Iglesia Católica está experimentado un sentido de urgencia recientemente descubierto para equipar a los laicos, a fin de cumplir su misión de explicar, defender y compartir su Fe con el mundo. Por mucha legitimidad que tengan esos papeles para los laicos, la esencia de la vida laical no se encuentra dentro del santuario realizando funciones litúrgicas o incluso funciones de catequesis.

La esencia de la vocación laica es transformar la cultura mediante su testimonio de la verdad de las enseñanzas doctrinales y morales del catolicismo. La dignidad de la vocación laica radica, por tanto, en la calidad misionera y no de mantenimiento. El Decreto sobre el Apostolado de los Laicos concluye específicamente identificando la vocación de los laicos con el mandato misionero de Cristo:

“Pues el mismo Señor invita de nuevo a todos los laicos, por medio de este Santo Concilio, a que se unan cada vez más estrechamente, y sintiendo sus cosas como propias (Cf. Fil., 2,5), se asocien a su misión salvadora. De nuevo los envía a toda ciudad y lugar adonde El ha de ir (Cf. Lc., 10,1), para que con las diversas formas y modos del único apostolado de la Iglesia ellos se le ofrezcan como cooperadores aptos siempre para las nuevas necesidades de los tiempos, abundando siempre en la obra de Dios, teniendo presente que su trabajo no es vano delante del Señor (Cf. 1 Cor., 15,58)”.

[Tomado y traducido de Envoy Magazine, número 7.8]

 
 

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