La celebración de los Fieles Difuntos

Inmediatamente después del Día de todos los Santos, esto es, el 2 de noviembre, la Iglesia conmemora el Día de los Fieles Difuntos. En este día, los católicos suelen visitar los cementerios, limpiar y adornar con flores las tumbas de sus familiares y celebrar Misas en memoria suya.

Se trata de la manifestación de nuestra la fe en la vida eterna y la resurrección, así como del respeto y veneración por los que ya han partido de este mundo. Esta devoción es conforme a las enseñanzas de la Iglesia que, desde los primeros siglos del Cristianismo, ha acompañado al moribundo hasta su muerte y sepultura.

La celebración de esta solemnidad se remonta al siglo séptimo. Probablemente la institución de la misma fuera un reflejo de la fiesta de Todos los Santos que en un principio se celebraba en muchas comunidades de Occidente el domingo siguiente a Pentecostés. Se sabe igualmente que había otras fechas para tal celebración, según las diversas comunidades cristianas.

En el siglo XI, San Odilón, abad de Cluny, fijó la fecha del 2 de noviembre como el día en que todos sus monasterios debían celebrar Misas y dar limosnas para el eterno descanso de las almas de todos los fieles. Según Angelo Lameri, “la idea le vino a Odilón después de la narración de un peregrino de Rodez (Aquitania) que, habiéndose refugiado en un islote a causa de una tempestad durante la navegación de Jerusalén a Sicilia, supo por un siervo de Dios que allí habitaba, que los demonios se lamentaban porque muchas almas les eran arrebatadas por las muchas oraciones y limosnas de los buenos, de modo especial de los monjes de Cluny.” (Actualidad Litúrgica, no. 127).

De ahí, esta fiesta se extendió a otras Iglesias locales, parti­cularmente a Gales e Inglaterra, siendo finalmente adoptada por Roma en el siglo catorce. Los ritos orientales tienen otras fechas para dicha conmemoración. De acuerdo al Ritual Romano, los sacerdotes pueden ofrecer tres Misas por los difuntos el Día de los Fieles Difuntos.El Misal del Papa Paulo VI presenta tres diferentes formularios para la Misa. Esta costumbre se inició en el Priorato Dominico de Valencia y fue extendida a todos los sacerdotes por Benedicto XIV en 1748. En 1911, el Papa Pío X incluyó oficialmente esta solemnidad en el calendario, dándole un oficio propio, el cual fue completado en 1914 cuando el 2 de noviembre se concedió la indulgencia plenaria.

Muchas gente suele llamar a esta celebración “Día de Muertos” y en realidad se trata de un término equivocado. En esta fecha, nosotros no recordamos a los “muertos” porque la muerte es el salario del pecado y nosotros creemos en la promesa de Nuestro Señor Jesucristo: “Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y el que vive y cree en mí, no morirá para siempre.” (Jn 11, 25­26)

Especialmente en este día, la Iglesia nos invita a recordar y a orar por las almas del purgatorio, incluyendo a nuestros seres queridos ya fallecidos porque, como dice el Cardenal Ratzinger, refiriéndose a este tema: “De mi recuerdo o de mi olvido depende un poco de la felicidad o de la infelicidad de aquel que me fue querido y que ha pasado ahora a la otra orilla, pero que no deja de tener necesidad de mi amor.”(Informe sobre la fe)

A este respecto debemos recordar la doctrina de la Iglesia en cuanto al Purgatorio, la cual a menudo es malentendida. El Purgatorio no es un lugar donde el residuo del pecado es remitido a través del sufrimiento. Se trata más bien de un proceso en el que el alma es perfeccionada hasta el punto en el que puede unirse en armonía con la plenitud del amor y la vida que es Dios. Tal como el agua y el aceite no pueden mezclarse, también nosotros debemos asemejarnos al Espíritu de Dios y estar libres de pecado antes de entrar a Su gloria, esto es, al Cielo.

Este proceso permanece en el misterio, pero sin lugar a dudas es un concepto benevolente, un don de Dios que concede al hombre un tiempo después de la muerte para ganar el cielo. Al mismo tiempo nos permite a nosotros, que aún vivimos en esta tierra, ayudar a quienes se nos han adelantado en el encuentro definitivo con el Señor.

La conmemoración del Día de Todos los Santos y la Solemnidad de los Fieles Difuntos nos remiten a un dogma de fe: la Comunión de los Santos y que vale la pena recordar aquí. Confirmado por el Segundo Concilio de Nicea, el Concilio de Florencia y el Concilio de Trento, el noveno artículo del Credo de los Apóstoles afirma que existe una unión espiritual entre los santos en el cielo, las almas en el purgatorio y los fieles vivos en la tierra. El Concilio Vaticano II dice a este respecto:

“La Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, “porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados” (2 Mac, 12­46). Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado un supremo testimonio de fe y de amor con el derramamiento de su sangre, nos están íntimamente unidas; a ellos, junto con la Bienaventurada Virgen María y los santos ángeles, profesó peculiar veneración e imploró piadosa­mente el auxilio de su intercesión. A éstos, luego se unieron también aquellos otros que habían imitado más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo; y, en fin, otros cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos divinos carismas los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles.”

Así pues, la Comunión de los Santos es la unión mística o espiritual que existe entre los fieles de la tierra (Iglesia peregrina), las almas del Purgatorio (Iglesia purgante) y los Santos del cielo (Iglesia triunfante). Estaa unión mística se realiza de la siguiente manera:

.— la Iglesia peregrina se relaciona con los difuntos o Iglesiapurgante ofreciendo Misas y oraciones por ellos;

.— al mismo tiempo se relaciona con los Santos o Iglesia triunfante, implorando su auxilio e intercesión y, al contemplar su vida y su ejemplo en el seguimiento fiel a Cristo, encontramos el impulso como Iglesia peregrina a buscar la ciudad futura.

 

Recordemos que, como dice San Pablo en su carta a los Hebreos, «no tenemos aquí una ciudad fija, sino que vamos en busca de la que es eterna» (Heb 13, 14 y 11, 12).

“Nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros” (Rom 12, 5). Así pues, siendo todos miembros de un mismo cuerpo cuya cabeza es Cristo, los unos tenemos parte en las buenas obras de los otros: oraciones, gracias, méritos y buenas obras.

 

 
 
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