Halloween – la fiesta cristiana

Como ya mencionamos en la introducción, la palabra “HAL­LOWEEN” es una abreviación de la expresión All Hallows Eve y cuya traducción literal es “víspera de Todos los Santos”. La Iglesia Católica celebra el 1º de noviembre la festividad de Todos los Santos y su particularidad es que conmemora no sólo a los santos canonizados sino a todos aquellos que han muerto en gracia y amistad con Dios y que creemos que ya gozan de la inmortalidad gloriosa.

Esta fiesta surgió a raíz de la dedicación del Panteón de Roma bajo el título de Santa María y los Mártires, en el año 610 de nuestra era. En un principio, esta conmemoración tenía lugar el 13 de mayo. Fueron los irlandeses quienes comenzaron a celebrarla el 1º de noviembre ya que a menudo solían conme­morar las fiestas importantes el día primero de cada mes. Esta fecha pasó de Irlanda a Inglaterra y de ahí al resto del continente europeo. Eventualmente, Roma adoptó este día bajo el pontificado del Papa Gregorio VII en 1085.

¿Quiénes son los Santos?

En la Sagrada Escritura encontramos el sentido de la palabra “santos” al referirse a las personas servidoras de Dios que habían aceptado en su vida a Cristo (cf. Hch 9, 32. 41; 1 Cor 1, 2; Flp 1, 1). San Pablo mismo, al inicio de sus cartas, se dirigía así a sus fieles que con el esfuerzo cotidiano de sus oraciones y trabajos trataban de ser más perfectos en su entrega a Dios. Así pues, podemos definir a un santo como a una persona que se esfuerza en vivir con Cristo siempre con mayor empeño. Los santos no son ni unos iluminados, ni ángeles bajados del cielo, sino hombres de carne y hueso que, con sus defectos y virtudes e independientemente de su estado o régimen de vida vivieron plenamente el llamado de Cristo a la perfección.

Entre la gran multitud de santos que ha habido a lo largo de la historia, la Iglesia ha señalado a unos cuantos que, por ser particularmente agradables a Dios, son modelo de caridad y virtud. El Concilio Vaticano II subraya que los santos “son dignos de recibir culto por ser ejemplos de vida típicamente cristiana y por ser principalmente aceptables y agradables a Dios por su íntima unión con Cristo y conformidad a su voluntad” (Lumen Gentium no. 50).

¿Qué papel juegan los Santos en nuestra vida de fe?

Como consecuencia de su profunda amistad con Cristo la intercesión de los santos por nosotros es muy eficaz. Ciertamente, el único Mediador ante Dios es Cristo (cf. 1 Tm 2,5). No ob­stante, la Iglesia ve a los Santos no como mediadores distintos de Cristo, sino como extensiones de Su misma misión.

En los Hechos de los Apóstoles, encontramos muchos casos en los cuales Dios no actúa directamente sino que se vale de Sus siervos, los Santos. Recordemos cómo San Pablo recobró la vista por la imposición de manos de Ananías, un hombre santo, y no directamente por Cristo con Quien se había encontrado (cf. Hch 9, 19).

De igual forma, incontables enfermos fueron sanados por los apóstoles, tal como lo relata el libro de los Hechos de los Apóstoles: “... sacaban a los enfermos a las calles en camas y camilllas, para que cuando Pedro pasara, al menos su sombra cubriera a algunos de ellos. Acudía mucha gente, aún de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados por espíritus malos y todos quedaban sanos” (Hch 5, 15-16).

Hay que resaltar que a Dios no le disgusta que honremos a Sus siervos, sino que por medio de los milagros y favores que El realiza a través de ellos manifiesta que su vida le es muy agradable. Recordemos que es en los humildes donde res­plandece la gloria y la grandeza de Dios. Por otro lado, al conmemorar a los Santos, como dice el R.P. Alberto Aranda, M.Sp.S., comentarista de Actualidad Litúrgica, “celebramos, ante todo, el don maravilloso de la salvación, el que Dios, de quien proclamamos «sólo Tú eres santo», nos haya comunicado Su propia vida divina. Celebramos que el Padre con la fuerza del Espíritu Santo y por medio de Cristo, nos participe Su santidad... Esta fiesta, pues, es la celebración ante todo de la santidad de Dios que nos es comunicada.”

Los Santos son nuestros amigos que constantemente abogan por nosotros. Poco antes de morir, Santa Teresita del Niño Jesús dijo: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”. Así como todos necesitamos de amigos que con sus consejos y oraciones nos ayudan en nuestros problemas, así también tenemos necesidad de los santos para nuestro crecimiento en la amistad con Dios y es que no podemos negar el tesoro de gracias que ellos derraman sobre la Iglesia. ¿Acaso no pedimos a nuestros amigos “que están más cerca de Dios” que oren por nosotros? Pues con mayor razón debemos pedir la intercesión de nuestros amigos los Santos qu están unidos a Cristo el Señor en la eternidad.

Los santos, por otra parte, son un ejemplo vivo de que sí se puede lograr el mandamiento de Cristo «sed perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo» (Mt 5, 48). Con su testi­monio y su palabra animan a toda la Iglesia a perseguir la santidad como exigencia primordial de la vida cristiana.

Muchas veces, solemos tener de los santos una imagen sufriente y aburrida. Pero el santo es por excelencia el bien­aventurado que está dispuesto a todo con tal de ganar a Cristo.

Por otra parte, cabe señalar que la devoción a los Santos no consiste simplemente en pedirles favores y gracias, sino en un compromiso serio por imitar sus virtudes. Es decir, todo aquello que ellos hicieron durante su vida en la tierra debe servirnos de inspiración y estimular nuestra propia vida espiritual. Leer la vida de los santos, recurrir a su intercesión y divulgar su conocimiento son expresión de una sana devoción. La Iglesia, sin los Santos, sería una institución fría y sin testimonio de vida. No olvidemos que el Cristianismo desde sus primeros siglos guardó en su memoria a los mártires y a los confesores como ejemplos conmovedores para todos los tiempos.

Hoy en día, cuando nuestros jóvenes y adolescentes buscan ardientemente una respuesta para su vida, cuán importante resulta mostrarles que a lo largo de la historia del Cristianismo hubo muchos niños y jóvenes como ellos que se lanzaron a la aventura de hacer de Cristo el modelo para sus vidas. Simplemente, recordemos el ejemplo de San Francisco de Asís, un joven que lo tuvo todo: dinero, poder, popularidad. Después de participar en la guerra como miembro distinguido de la clase dominante de Asís, se dio cuenta que la única batalla que valía la pena librar era la de hacer de Cristo el Señor de nuestras vidas y llevar a todos el Evangelio a través del propio testimo­nio. Abandonándolo todo para llevar una vida conforme a las enseñanzas del Hijo de Dios, atrajo a su causa a una multitud de jóvenes que formaron con él la orden religiosa de los Franciscanos que tantos buenos frutos ha dado y sigue dando a la Iglesia y al mundo. Santa María Goretti es otra joven bienaventurada cuyo testimonio de vida tiene mucho que decir a nuestra sociedad y un ejemplo para jóvenes y adolescentes en los problemas que hoy enfrentan al tratar de permanecer fieles al mensaje de pureza y castidad que Jesús nos dejó.

Tenemos en la Iglesia modelos de santidad para todas las edades y estados de vida. No pensemos que para hacernos santos es necesario entrar a un convento. Todos los cristianos, laicos y consagrados, estamos igualmente llamados a la santidad, como Juan Pablo II lo recordó en su visita a Brasil con estas palabras:

“La verdad es que estamos llamados todos –¡no temamos a la palabra!– a la santidad (¡y el mundo de hoy necesita tanto de los santos!), una santidad cultivada por todos, en los varios modos de vida y en las diferentes profesiones y vivida según los dones y las tareas que cada uno ha recibido avanzando sin vacilaciones por el camino de la fe viva, que enciende la esperanza y actúa por medio de la caridad.”

Y refiriéndose a los jóvenes, el mismo Pontífice les dijo en Francia:

“Permítaseme, en todo caso, decir que los santos no envejecen prácticamente nunca, que los santos no “prescriben” jamás. Continúan siendo los testigos de la juventud de la Iglesia. Nunca se convierten en personajes del pasado, en hombres y mujeres “de ayer”. Al contrario: son siempre los hombres y mujeres “del mañana”, los hombres del futuro evangélico del hombre y de la Iglesia, los testigos del “mundo futuro”.

Hay algo más que debemos señalar en relación a la celebración de la fiesta de Todos los Santos. Se trata igualmente de nuestra fiesta, porque también aquí en la tierra tenemos a muchos santos, tal como aparece en la catequesis de la hoja de las lecturas de la Misa editada por la Obra Nacional de la Buena Prensa y que con su permiso reproducimos aquí:

La Palabra de Dios hoy:

DÍA DE TODOS LOS SANTOS

.* Como la gran familia que somos, los cristianos tenemosque alegrarnos hoy por todos los santos de la Iglesia católica.

.* Por todos los santos que están ya en el cielo... y por todoslos “santos” que todavía andan por este mundo.

.* Porque, afortunadamente, todavía tenemos entre nosotros:

.* Muchos apóstoles: la muchacha que emplea tantos finesde semana sin salir con las amigas, tal vez sin conseguir novio, en irse a aquel barrio a enseñar el catecismo a los niños, a charlar con los enfermos...; esos cristianos que no dicen sino que hacen cristianismo: los que se molestan por los demás, los que aman al prójimo más que al dinero...

.* Muchos mártires: los que aguantan por Dios, por sus

 

hermanos, por las cosas de la otra vida; los crucificados en tantas cruces del mundo, que todavía tienen el valor de perdonar a los que los crucificaron allí; nuestros mártires gloriosos desde esa cama de hospital, desde ese hogar difícil, desde aquella situación humillante, desde aquella soledad insoportable...

.* Muchas vírgenes: que podemos mostrar a Dios con orgullo: la muchachita esa a la que dejó el novio por no acceder a lo que no podía acceder; las monjitas que cuidan ancianos o niños o se parten el alma entre los pobres y los indígenas; las tías solteras de los hogares, de los catecismos, de los suburbios...

.* Alegrémonos por ellos y pidámosles que intercedan ante Dios para que podamos siquiera asemejarnos un poco a ellos.

 

“En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles hablándoles así:

«Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericor­dia.

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos.»

Mc 5, 1-12)

 

 
 
Imprimir esta pagina