Relato de una transformación

Su nombre es Fray René Alcocer Sáenz, O.F. Con su perenne sonrisa, su trato amable y el amor que desborda a raudales, en poco tiempo se ha ganado el cariño y la admiración de los fieles de la Rectoría de Cristo Rey de la Paz, ubicada en una unidad habitacional del sur de la Ciudad de México y cuya atención pastoral le fue asignada recientemente. El 23 de agosto de 1986, Fray René fundó la Fraternidad Sacerdotal de Oblatos Francis­canos en la ciudad de Monterrey. Sus patronos son: San Fran­cisco de Asís, en el amor fraternal; el Santo Cura de Ars en su labor sacerdotal y la Virgen de la Encarnación en su sí al Señor. El carisma de la orden es la confesión, la dirección espiritual y la adoración al Santísimo Sacramento del Altar. Fray René accedió gustoso a compartir con nosotros el testimonio de la experiencia que vivió la comunidad congregada alrededor de la Casa General en Monterrey.

Hace cinco años, Fray René decidió que la comunidad debía prepararse de manera especial para celebrar el Día de Todos los Santos y la solemnidad de los Fieles Difuntos. Como sucede en muchos lugares en el mundo, también la sociedad de Monterrey ha sido fuertemente influenciada por las costumbres norteame­ricanas y en especial por la fiesta de HALLOWEEN. Pues bien, Fray René decidió aprovechar la ocasión para instruir a los fieles sobre la forma cristiana de conmemorarla, esto es, no suprimir la celebración sino de darle otro sentido.

La preparación se inició desde el 1º de octubre, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús. Ese día, se entregó a los fieles unas papeletas conteniendo el nombre de un Santo. Cada uno tenía la tarea de buscar una estampita y la historia del Santo que les había tocado. Había otro compromiso: imitar durante todo el mes alguna de sus virtudes y hacer alguna oración en familia, por ejemplo el rezo del Santo Rosario. Para cuando llegó HAL­LOWEEN, todos estaban ya familiarizados con “su” Santo.

Asimismo se acordó que esa noche seguirían dando dulces a los niños que tocaran a su puerta pero también una estampita del Santo y les hablarían un poco de él o ella. Si se trataba de adolescentes les darían además una breve historia de su vida. La capilla de la Casa General se llenó de niños que acudían con Fray René para que les bendijera las estampitas con imágenes de los Santos y que posteriormente ingresaron también a las clases de doctrina. En el catecismo, se alentó a los niños a imitar las virtudes de los Santos.

A lo largo de los años la forma de prepararse y la misma celebración se fue perfeccionado. Un año, por ejemplo, se rifaron entre los fieles imágenes de mayor tamaño de un Santo. Asimismo se declaró el mes de noviembre como el “Mes del Santo y Alma”. La idea surgió justamente del libro que escribió Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma. La imagen era bendecida solemnemente y la familia que la recibía le asignaba un lugar especial en su casa. Diariamente, todos unidos hacían oración y ésta era dirigida por un miembro de la familia según le fuera tocando.

Cada domingo de noviembre, después de la homilía, pasaban al frente dos o tres familias y en forma sencilla compartían con la comunidad algún testimonio acerca del Santo y del alma del Santo, qué hacían para honrarlo, la virtud que se habían pro­puesto imitar etc. Durante la oración que hacían en la noche en sus casas, cada miembro de la familia reconocía si había perseverado o no en imitar la virtud de su Santo, calificándose a sí mismos.

¿Por qué el término “Santo y Alma”?

Nos dice Fray René que el propósito de esta práctica es, por así decirlo, el de “exprimir” el alma del Santo. Esto es, además de conocer la historia de su vida, saber dónde nació, quiénes fueron sus padres y ubicarlo en el tiempo y el espacio como el hombre o la mujer que fue, los fieles tenían la tarea de conocer su alma y sacar el mayor provecho de este conocimiento para imitar sus virtudes y cualidades.

Esta práctica, tan sencilla pero tan profunda a la vez, ha dado muchos y muy buenos frutos. Entre otras cosas, ha servido de manera formidable para unir a las familias. De ello han surgido, además, otras prácticas como “la Semana de las Virtudes” que se realiza en Adviento. Para tal fin, cada uno de los fieles elige del Santo o Santa que les tocó en el Mes del Santo y Alma la virtud que más trabajo les costó practicar y se comprometen a ejercitarla. Por otro lado, a partir de ese trato más personal con los Santos y Bienaventurados, nació igualmente una costumbre entre los Oblatos Franciscanos –religiosos y seglares– que consiste en asignar el ejercicio de una virtud para cada día de la semana, por ejemplo: lunes — obediencia, martes — humildad, miércoles — amabilidad. Los jueves, que son jueves eucarísticos, son un día de acción de gracias con esta intención: “Me voy a hacer hostia y gastarme en ti, hermano, por amor a Cristo”. El viernes se practica la penitencia y el motivo es “hacerme más Cristo”. El sábado es el Día del Amén, a imitación de Nuestra Madre Santísima y del Sí que Ella dio al Altísimo. Los domingos son el Día del Señor.

Otro aspecto muy importante, según Fray René, es el de celebrar el Día de los Fieles Difuntos, insistiendo en que no es Día de Muertos, porque “nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mt 22, 32).

Cuenta Fray René que la transformación que la comunidad ha vivido a partir de estas prácticas ha sido extraordinaria y que ha influido notablemente en la celebración que los niños hacen de HALLOWEEN. El año pasado, por ejemplo, los disfraces utilizados eran más bien de monjitas, frailecillos, angelitos y cada vez menos de monstruos y otros personajes siniestros.

Finalmente, Fray René nos da un último consejo: ¡nunca estigmatizar, nunca prohibir, nunca condenar! Que nuestra única arma y el motor de todas nuestras acciones sea siempre el amor, la comprensión, la amabilidad. Recordemos, pues, esta máxima San Juan Bosco: “Se atraen más moscas con miel que con vinagre.”

 

 
 
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