¿Quien es el Espíritu Santo?

Quizá el mejor camino para conocer al Espíritu Santo sea recurrir a los símbolos que usa la Biblia, cuando describe su actuar en el hombre y en la Iglesia. Los principales símbolos son el viento, el fuego, el agua, el aceite, la paloma y el don.

El fuego: el Espíritu descendió en luengas de fuego sobre los apóstoles, en Pentecostés. El fuego purifica, ilumina y calienta. Eso hace el Espíritu en el hombre: lo limpia del pecado, le revela los misterios de Dios y enciende en los corazones el amor.

El viento: la palabra “espíritu” significa viento, aliento. Tal fue el huracán que sopló en Pentecostés, o el aliento de vida que exhaló Jesús sobre sus discípulos. Al llenarse del Espíritu Santo, los creyentes pueden respirar la vida del Señor, tener sus sentimientos, amar y pensar como Jesús.

El agua: Jesús invitó a beber el agua viva a cuantos estuviesen sedientos. Todos podemos beber de un mismo Espíritu y ser bautizados en El. Como si fuésemos peces, requerimos movernos en sus ondas para vivir.

El aceite: de acuerdo con costumbres de los hebreos, a los sacerdotes, profetas y reyes se les ungía con oleo. Cristo y los cristianos quedamos ungidos por el Espíritu Santo, y embalsamados como si lo fuéramos por un perfume. Ese es el aceite que alimenta la lámpara de nuestra vida y hace que brille con buenas obras.

La paloma: este símbolo puede referirse a diversos acontecimientos bíblicos como la creación o el diluvio o a pasajes de los salmos o del Cantar de los Cantares. También puede ser un símbolo del pueblo de Israel, de la Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo.

El don: el Espíritu Santo, prometido por el Padre y por Jesús, fue derramado sobre la Iglesia tras la ascensión del Señor a los cielos. Este regalo de Dios es el mejor presente que podemos pedir y recibir.

El Espíritu Santo nos hace crecer en el Amor. Donde hay un acto auténtico de amor, está obrando el Espíritu de Dios. El es el amor que se derrama en nuestros corazones (Romanos 5, 5). El Espíritu de Dios es el que posibilita “la comunión de los santos”, es el que, siendo Señor y Dador de Vida, resucitará a los muertos, y el que a todos nos concederá la vida eterna. El, a quien se le llama también “la Gloria”, es quien brilla en nosotros con resplandor que crece de día en día (cfr. Corintios 3, 18).

 
 
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