Un Santo Incómodo
El mes pasado –como saben- Juan PabloII declaró beatos a sus predecesores Juan XXIII y Pio IX.
Al primero le ha acompañado siempre la inevitable etiqueta del Papa Bueno. La luminosa bondad del Papa Roncalli continúa siendo incuestionable. No así la de Pío IX. ¿Por qué?
Chesterton decía que "al fin de cuentas, todos los siglos han sido salvados por media docena de hombres que se atrevieron a enfrentarse a las corrientes de moda". Y, definitivamente, si alguien ha ido contra la corriente son los santos. PioIX no fue una excepción. Le tocó guiar la nave de la Iglesia durante un largo, arduo y complicadísimo período de su historia. El pueblo, especialmente sus hijos de Roma, lo quisieron siempre mucho; pero tuvo incontables enemigos.
Se trata del Papa que pierde los Estados Pontificios . El que hizo la primera condena del comunismo ateo adelantándose a la historia. El que en 1864 condena, así mismo, el liberalismo salvaje de la época.
El que convoca el Concilio Vaticano I. El que declara el dogma de la Inmaculada Concepción y el de la infalibilidad del magisterio pontificio en determinados temas de fe y moral. El de llamado "Syllabus", o elenco de proposiciones inaceptables para la doctrina de la iglesia, promulgado en 1854.
Ante semejante listado, un lector que sepa un poco de historia del siglo XIX, se da cuenta de que tuvo que tener enemigos de género y calaña. Todavía hoy los tiene. Ninguno de nosotros, por ejemplo, defenderías hoy aquellos Estados Pontificios, que enfrentaron a la mitad de los italianos. Pero, que fácil es ser injustos ante el vacío histórico que media entre nosotros y el Papa que trataba de preservar la libertad e integridad de la iglesia frente a los gobiernos masónicos que intentaban destruirla por todos los medios.
La acusación de antisemita es del mismo género a-histórico. En 1857 tuvo que ordenar que Edgardo Mortara, un niño de seis años de padres judíos, fuera separado de éstos para que pudiera ser instruido en la fe católica. Lamentablemente, muy lamentable.
Pero las circunstancias del caso no son nada sencillas. Cinco años antes, la sirvienta católica de la casa lo había batizado secretamente al verlo en peligro de muerte. Para evitar situaciones semejantes una ley prohibía que las familias hebreas tuvieran empleados domésticos católicos. Otra ley aseguraba el derecho y debe de educar en la fe a todos los bautizados.
Si, hoy vemos muchos más claro que no debió ser removido del seno de su hogar. En teoría, naturalmente. Porque hace apenas unos meses nosotros vimos divdirse ásperamente nuestra comunidad, y hasta la nación entera por el caso de otro niño de seis años: Elián González.
Habían católicos buenos, y hebreos todavía mejores, que estaban a favor de que no regresara con su padre y viceversa. Es decir, que ser santos y buenos es una cosa y poder equivocarnos es otra. Al llegar Edgardo a la adolescencia el Papa lo autorizó a regresar a su hogar. Se quedó solamente un mes. Había tomado ya la decisión de entrar al seminario.
Años más tarde pudo reconciliarse plenamente con sus padres. Murió, sacerdote, a los 88 años de edad. Su firma fue una de las primeras que solicitaron que se iniciara e proceso de canonización de Pío IX.
Al declarar beato al Papa Mastai Ferrati, Juan Pablo II no ha canonizado sus posiciones sociales, históricas o políticas. Solamente ha canonizado al pastor fiel e infatigable que dedicó su vida entera al servicio de Cristo y de su iglesia. Al que nunca dejó de perdonar y amar a sus innumerables enemigos.
Al que conservó siempre el humor y la esperanza frente a los más cerrados horizontes. Al gran amigo de Don Bosco y de sus pobres, que vivió siempre humilde y austeramente. Al gran devoto del Corazón de Jesús y de su Santísima Madre. Al que se refería frecuentemente a los hebreos de Roma como a sus queridos hijos.
Aun así, Pio IX no tiene por qué caernos simpático a todos los católicos; ni estamos obligados a procurar su intercesión. Yo mismo, quizás hubiera disfrutado más dedicándole esta columna a Juan XXII. Pero los santos con frecuencia nos recuerdan que aquí no estamos para caerle bien a todo el mundo, sino para hacer lo que Dios nos pide, aunque nos resulte incómodo.
De todas maneras, yo sí le pido a Pío IX que ruegue por nosotros los cristianos acomodaticios de estos tiempos postmodernos tan indecisos. Juan Pablo II nos ha dado otra muestra más de entereza.