Lo que dicen los Papas sobre la Eucarístia
YO ESTARÉ CON USTEDES TODOS LOS DÍAS HASTA EL FÍN DE LA HISTORIA. Mateo 28.20
Hablando de la Eucaristía, el gran místico San Agustín exclamó: “Aunque Dios es todopoderoso, no puede darnos ya nada más; aunque es supremamente sabio, no sabe cómo darnos más; y aunque es inmensamente rico, no tiene nada más que darnos.
Con respecto a la misa, Santo Tomás de Aquino reflexionó: “La celebración de la Santa Misa es tan esencial como la muerte de Jesús en la cruz.”
El Padre Pío, quien tuvo en sí mismo las llagas de Jesucristo, hizo esta extraordinaria observación: “Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol que sin la Santa Misa.” ¡Pensad por un momento en el significado de estas palabras!
Con relación a la misa cotidiana, existe una anécdota sobre san Luis IX, rey de Francia en la época de las Cruzadas, quien asistía todos los días a varias misas. Cuando un funcionario del gobierno le sugirió al rey que sería mejor dedicar su tiempo a los asuntos del reino, el rey le respondió: “Si pasara el doble de mi tiempo en la cacería, nadie tendría objeción alguna.”
San José Cottolengo les advirtió a aquellos que decían no tener tiempo para asistir a la misa cotidiana: “!Qué mal manejáis vuestros negocios! ¡Qué poco sabéis cómo economizar vuestro tiempo!”
Refiriéndose a la Sagrada Comunión, San Pío X, quien permitió que los niños se acercaran a la mesa del Señor, observó en una ocasión: “Si los ángeles pudieran sentir envidia, nos envidiarían por el privilegio de poder recibir la Sagrada Comunión.”
San Antonio María Claret, “Padre Espiritual de Cuba,” nos enseñó que “cuando todos comulgamos, todos recibimos al mismo Señor Jesús, pero no todos recibimos la misma gracia... Y esto se debe a que todos tenemos disposiciones diferentes. Cuando se injerta una rama en un árbol, el injerto es mejor si hay gran semejanza entre la rama y el árbol. De igual manera, si aquel que se acerca a la comunión se asemeja a Jesucristo, los frutos espirituales que recibirá serán más grandes.”
El milagro de los panes prueba que Jesús podía hacer lo que El quisiera con el pan, y el haber caminado sobre el agua demuestra la capacidad de desafiar con su cuerpo las leyes de la naturaleza. La conclusión obvia a la que debemos llegar, de acuerdo a san Juan, es que a cualquier persona que pudiera hacer tales cosas con el pan y con el cuerpo humano se le debe creer cuando promete dar su cuerpo como el pan vivo.
El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces ocurre más frecuentemente que cualquier otro episodio en los cuatro evangelios: ¡seis veces en total!, lo que manifiesta la enorme importancia de este incidente desde el punto de vista de la Iglesia incipiente – una importancia relacionada específicamente con la Eucaristía.
Entre los primeros cristianos, el pan y el pez eran los símbolos de la Eucaristía: el pan, el pan eucarístico; el pez, Jesucristo, hijo de Dios, Salvador, presente bajo la apariencia del pan.
Los discípulos son los que le traen los peces a Jesús, y aunque es Jesús quien bendice los panes, son los discípulos quienes los distribuyen a la muchedumbre. San Mateo quiere poner en relieve el ministerio de la Iglesia, que es alimentar las multitudes con el pan de vida.
El pan común y corriente se transforma en nosotros mismos; pero el pan vivo nos transforma en Cristo.
Así como el agua hierve sobre el fuego, la Sagrada Comunión enciende nuestros corazones con el amor a Dios y a nuestro prójimo.
Así como la levadura fermenta la masa, la Sagrada Comunión puede fortalecer nuestras mentes y nuestros corazones.
Así como una gota de agua mezclada con el vino del altar se convierte en vino, la Sagrada Comunión nos transforma en Cristo para poder entonces exclamar con san Pablo, “Yo vivo – no, no yo – pero es Cristo quien vive en mÍ.
Una de las amenazas más aterradoras a la religión revelada es el formalismo: la tendencia a mecanizarnos, a limitarnos a la rutina en nuestro culto, a ofrecer alabanzas fingidas, a rezar verbalmente sin llegar a orar de verdad.
“La familiaridad hace que nazca el desprecio,” existe el peligro, especialmente para aquellos que han nacido en la fe católica, de aceptar la misa y la comunión como cosas de rutina, y si la comunión no nos alimenta y transforma, esto se debe a la falta de atención, devoción y aprecio con que nos acercamos al sacramento.
Elizabeth Ann Seton fue la primera ciudadana de los Estados Unidos que logró ser declarada santa por la Iglesia, y fue precisamente una persona que se convirtió a la fe de la Iglesia católica por la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Al descubrir la verdad sobre la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento no pudo contenerse más, pues esta convicción le pareció ser demasiado buena para ser cierta.
Estando en Italia le escribió a su cuñada, Rebecca Seton: “¡Qué felices seríamos si pudiéramos llegar a creer lo que estas almas queridas creen: que poseen a Dios en el sacramento y que permanece en sus iglesias y se les lleva a sus casas cuando están enfermas!
De regreso a Nueva York, después de la muerte de su esposo en Italia, Elizabeth Ann Seton buscó paz del alma en su propia iglesia, la iglesia episcopal de San Pablo. Después le escribió a una amiga suya sobre aquella visita: “Me senté en una silla de la iglesia desde donde podía ver la iglesia católica de la calle vecina (San Pedro), y en vez de mirar hacia el altar vacío de donde estaba, entré en plática con el Santísimo Sacramento de la iglesia católica...
Para Elizabeth Ann Seton, el Santísimo Sacramento era algo como un imán, un imán que debe atraernos a nosotros también. Nuestro Señor permanece con nosotros para que vayamos a El; y permanece como pan para enseñarnos que El está presente para alimentarnos y fortalecernos en nuestra jornada por la vida y así transformarnos en seres llenos de amor.
En la misa, después de la consagración, el sacerdote dice, “Proclamemos el misterio de la fe.” Muchas veces le he preguntado a la gente cuál es el significado del misterio de la fe que proclamamos, y generalmente la respuesta ha sido, “Cristo, ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo vendrá otra vez.” Pero aquí no hay misterio alguno. Que Cristo ha de volver es una promesa. ¿Cuál es entonces este misterio de la fe? Es el misterio de la presencia – de la presencia real de Cristo en el pan y en el vino consagrados.
Llegar a comprender cómo El está presente, y verdaderamen-te presente, en cualquier lugar y ocasión en que se celebre la misa, es un misterio, Creer que El está presente, y verdadera-mente presente, requiere fe. He aquí el misterio de la fe.De acuerdo a la declaración del Segundo Concilio Vaticano, “la Iglesia ha venerado siempre las sagradas escrituras como si fueran el cuerpo verdadero del Señor. Especialmente en la sagrada liturgia, la Iglesia nunca deja de tomar el pan de vida, que es tanto la Palabra de Dios como el cuerpo mismo de Cristo, para ofrecérselo a los fieles.” (Revelación Divina, No. 21)
Todos los domingos tres lecturas proclaman la Palabra de Dios para alimentar nuestra fe, y el sermón siempre está relacionado con nuestras necesidades actuales.San Pablo puso en relieve otro aspecto de la fe: crece y se desarrolla en nuestros hogares que son nuestras iglesias domésticas.
No hay influencia más grande sobre un niño que la de sus padres y abuelos. Will Durant nos dice: “Se puede sacar al niño de su casa, pero no se puede sacar la casa del niño.”Refiriéndose a san Juan Vianney, el Cura de Ars, dijo el demonio en una ocasión que tres personas como él hubieran bastado para destruir su reino en Francia. ¿De dónde extrajo el santo tal poder? El Cura de Ars mismo lo reveló: el confesionario, el altar y el púlpito – la confesión de los pecados, el misterio de la fe (la Liturgia Eucarística) y la palabra de la fe (la Liturgia de la Palabra).
En la versión de la Eucaristía que nos da san Juan (Jn. 6), el milagro de los panes y de los peces simboliza la Liturgia Eucarística, y las palabras de nuestro Señor sobre la fe, después del milagro y de su explicación, manifiestan la Liturgia de la Palabra. En esta homilía, nuestro Señor les declaró a sus oyentes que había un pan aun más grande que el pan que habían comido el día anterior – un pan que jamás se deteriora y brinda “vida eterna.”
Las multitudes preguntaron, “¿Qué es lo que debemos hacer para obtener este pan?” Jesús les respondió, Tened fe en mí.
“Para poder tener fe en ti,” replicáronle, “¿qué señal nos darás? Moisés nos dio el pan celestial.”
Mas Jesús corrigiéndolos añadió: Moisés no os dio el pan del cielo; mi Padre fue quien les mandó el maná.
Respondiéndoles de esta manera, Jesús quería enseñarles que este mismo Padre era quien les brindaba ahora un pan celestial aun más extraordinario: Su Hijo único, Jesús mismo. Yo mismo soy el pan de vida, el verdadero pan del cielo.Jesús es el pan de vida de dos maneras diferentes: en primer lugar, Yo soy el pan de vida (v. 35) – es decir, el pan que ofrece la verdad, como en la Liturgia de la Palabra; y en segundo lugar, Yo soy el pan vivo – es decir, el pan que da vida, como en la Liturgia Eucarística.
Antes de su muerte, Jesús nos explicó cómo El era el “pan de vida”: Yo soy el camino, la verdad y la vida, enseñándonos que el camino hacia la vida es la verdad, y que la verdad no es una mera abstracción intelectual sino una persona: ¡El mismo, la Palabra eterna de Dios!
Sin El, el camino, no tenemos donde ir; sin El, la verdad, no hay manera alguna de saber; y sin El, la vida, no existe modo alguno de vivir.
En esta parte de su sermón, Jesús nos explica cómo El es el “pan vivo”: Yo soy el pan vivo descendido del cielo... (porque) quien comiere de este pan, vivirá eternamente.Una niña de escuela superior que acaba de regresar de Medjugorje, me confesó: “Padre, me gustaría que toda nuestra juventud viajara al exterior para que se diera cuenta cuán fácil y holgada es nuestra vida en los Estados Unidos.”
Pero si así es, ¿Por qué vive nuestra juventud en un estado de aburrimiento y de inquietud ¿No es esto un síntoma de que los jóvenes están ansiosamente en busca de un propósito para sus vidas, de un sentido de integridad espiritual, en otras palabras, de un aliento que ofrezca vida eterna?Y, ¿no es cierto que este alimento de Cristo, quien es el camino, la verdad y la vida, está presente en cada misa? ¿Hemos oído alguna vez de los labios de Jesús estas maravillosas palabras?
Al prometernos la Eucaristía, Jesús nos dijo: ...Yo soy el pan vivo, que he descendido del cielo. Quien comiere de este pan, vivirá eternamente. (Jn. 6:51).
Tal declaración estuvo a poco de causar una revolución entre los judíos, quienes la interpretaron literalmente – y con razón – y quienes, sin hallar acuerdo alguno entre sí mismos, preguntábanse, ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Pero una vez más Jesús, lejos de retirar sus palabras, reitera el sentido literal de ellas: En verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y si no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. (Jn. 6:52).Para reiterar aun más el sentido literal de sus palabras, Jesús hizo uso de otra palabra para “comer”. Como observamos en el primer capítulo, los griegos usaban dos palabras para “comer”: phagein y trogein (“alimentar”). Al decir, “si no comiéreis la carne del Hijo del Hombre,” Jesús usó la palabra phagein, pero cuando los judíos rechazaron su declaración, Jesús sustituyó por phagein una palabra aún más fuerte para comer o sea trogein, usándola cuatro veces para dar mayor énfasis al sentido literal de su declaración. Y para evitar un nuevo malentendido, añadió, “Mi carne verdadera-mente es comida, y mi sangre es verdaderamente bebida.”
Santa Clara y El Santísimo Sacramento
Cuando los sarracenos atacaron la fortaleza de Asís, y llenos de júbilo con el gozo anticipado de la victoria, comenzaron a escalar sus altos muros, santa Clara tomó en las manos la custodia que contenía el Santísimo Sacramento y se presentó ante el ejército de los infieles. Rayos resplandecientes emanaron entonces del Santísimo Sacramento, y los sarracenos, enceguecidos y víctimas de vértigo, cayeron al foso. El ejército entero de los infieles huyó, y el pequeño claustro de Asís, aquella pequeña ciudadela de vida ferviente y religiosa, se convirtió en la salvación de la población.Al asistir a la misa, participamos en un banquete con Cristo – nos encontramos con Cristo y conversamos con El. Sin embargo, para establecer una verdadera relación de amistad con Cristo, debemos tener varios encuentros con El – asistir a muchísimas misas.
En Medjugorje, nuestra Señora nos recomendó que asistiéramos a misa diariamente si nos fuera posible. La asistencia diaria a la misa ha transformado la vida de la población entera en Medjugorje, y puede hacer lo mismo con nosotros y con nuestras comunidades. ¡Haced el experimento y lo veréis!
Un católico es una persona puesta por Dios a cargo de sus semejantes. En una ocasión, Jesús nos honró de una manera especialísima al decir que nosotros, a igual que El, somos la luz del mundo, la sal de la tierra y la levadura del universo. El propósito de la luz es disipar la oscuridad; el de la sal, dar sabor y preservar; y el de la levadura, hacer que la masa de harina aumente y se agrande.
¿Es acaso un sueño imposible disipar la oscuridad presente en el error, preservar del contagio y de la corrupción del pecado, y hacer que el reino de Dios venga, no en un pequeño rincón de la tierra, sino en el mundo entero? -- ¿es acaso esto un sueño imposible? Solos, seguramente sí lo es. Pero Dios no nos pide que lo hagamos solos.
La misa es Cristo presente entre nosotros. Y está presente en nuestros altares de la misma manera en que está presente a la derecha de nuestro Padre, y está presente allí en constante oración por nosotros – “Está siempre vivo para interceder por nosotros.” (He. 7:25)
¡La misa es un pedazo del cielo que se abre paso hacía la tierra, y que nos trae la oración de Cristo a la tierra – el Cristo que ora!
La misa es también nuestra oración, la oración de la Iglesia. Y las gracias que llueven del cielo a consecuencia de estas oraciones poderosas nos pueden convertir en verdadera luz, sal y levadura para el mundo.
Sin El, nada podemos hacer, pero con El en misa, no hay nada que no podamos hacer.¡Qué cosa más maravillosa! ¡Qué petición más extraordinaria! María concibió por gracia del Espíritu Santo, y el día de la Anunciación, el Espíritu Santo formó al Hijo de Dios en su vientre virginal. La Iglesia ruega al Espíritu Santo que repita este mismo milagro en cada misa, es decir, que haga que Cristo resucitado esté presente en el “vientre” de pan y vino. ¡Qué oración más sublime!
“Por eso Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo, Hijo Tuyo y Señor nuestro.”
Y esta petición es infaliblemente otorgada, pues durante las palabras de la consagración, el milagro se realiza y Jesús se hace presente. Nuestro Señor resucitado se nos presenta en realidad, y su presencia es absolutamente real.Y ¿qué ofrecemos? En primer lugar, a Cristo resucitado y presente en el altar, y después nos ofrecemos a nosotros mismos – nuestros propios sacrificios. En esta forma, la misa glorifica inmensamente a Dios y trae paz a la tierra.
¿Dónde está la fuente del amor? En Dios, porque Dios es amor. Y la bomba de gasolina de la cual se puede llenar de amor el tanque de nuestros corazones es la misa. O sea, en nuestra oración por la unidad, le pedimos al Espíritu Santo, al Dios del amor, que una a todos aquellos cuantos reciben la Sagrada Comunión, que es el sacramento del amor.
Esta doble efusión de amor en cada misa es la gracia sacramental de la misa. Cada misa debe transformar-nos más y más en personas entregadas al amor.
Es precisamente por eso que la misa diaria se recomienda con tanto énfasis – pues necesitamos llenarnos de amor día y noche.Con el pasar del tiempo, si estamos dispuestos a recibir este torrente de amor, la comunidad cristiana se convertirá en una comunidad de personas llenas de amor – que es exactamente lo que la Iglesia debe ser. Como lo dice San Agustín: “La Iglesia crea la Eucaristía y la Eucaristía crea la Iglesia.”
En la misa, la Iglesia trae a Jesucristo al altar, y Jesucristo se nos entrega a sí mismo junto con el Espíritu Santo, para llenarnos a cada uno de nosotros por un largo período de tiempo con el amor que nos transforma en una sola persona, en una comunidad de personas dedicadas al amor – la Iglesia.
En la misa, nos llenamos de amor para ir entonces a nuestro pequeño mundo y transformarlo en una comunidad de personas dedicadas al amor. La misión de la Iglesia, como lo dice el papa Pablo VI, es “crear una civilización de amor.”
En cada misa, Jesucristo nos presenta un cheque en blanco, firmado por El mismo, y la cantidad a nuestra disposición depende de la suma que hayamos escrito. El beneficio que obtenemos de la misa depende de nuestro propio esfuerzo – de nuestra atención, de nuestra devoción y de nuestros anhelos. La cantidad de agua que se saca de un pozo depende naturalmente del tamaño del balde que se usa. Así pues, los beneficios que se obtienen de la misa dependen de nuestros propios esfuerzos.
Bien lo dijo Juan XXIII: “Llevaos el fuego del altar, y no las meras cenizas” – el fuego del amor y del ardor por las almas.
La esencia de la religión es creer en el amor que Dios nos tiene y regocijarnos por lo que ha hecho por nosotros y por lo que continúa haciendo. La religión no consiste en hacer cosa alguna por Dios – porque no podemos hacer absolutamente nada por El. La religión consiste en comprender lo que Dios ha hecho por nosotros. La religión es (o debe ser) una gran acción de gracias hacia Dios – una Eucaristía.
Los tres niños de Fátima recibieron la Sagrada Comunión de manos del Angel de Portugal, quien se les apareció en 1917. Presentándoles la hostia y el cáliz, el ángel les dijo: “Tomad y bebed del cuerpo y de la sangre de Jesucristo quien ha sido horriblemente injuriado por la humanidad ingrata. Haced reparación por los crímenes de los hombres, y ofrecedle consuelo a vuestro Dios.” Los niños podían ver las gotas de sangre que brotaban de la hostia y que caían en el cáliz. El ángel le dio la hostia a Lucía, y les ofreció el cáliz a Francisco y a Jacinta. Dejando la hostia y el cáliz suspendidos en el aire, el ángel se postró en adoración, y después se desvaneció.
En el prefacio de cada misa, se nos pide que le demos gracias a Dios, nuestro Señor, a lo cual respondemos: “Es justo y necesario.” Entonces el sacerdote añade: “Es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.”
“Es justo” – porque todo lo que somos y todo lo que tenemos se lo debemos a Dios. San Pablo retó a los corintios a que mencionaran algo que ellos no hubiesen recibido de Dios (I Co. 4:7).
“Es nuestro deber” – porque estamos obligados a darle gracias a Dios – ¡le debemos a Dios!
“Es nuestra salvación” – porque la ingratitud interrumpe el flujo de las bendiciones divinas. Como lo dijese Shakespeare, “una buena acción que muere en silencio destroza miles que dependen de ella.” Nuestro Señor mismo lo dijo, No echéis vuestras perlas a los puercos; o sea, no ofrezcáis vuestros obsequios valiosos a aquellos que no los saben apreciar.Dios nos da y da continuamente, y nosotros recibimos y recibimos continuamente. Si no le agradecemos, nos debilitamos, y perdemos la salud espiritual. Cuando respiramos, hay un doble ritmo de inhalación y exhalación. De la misma manera, también en la vida debe haber un doble movimiento de recibir y dar gracias. Si dejamos de respirar, nos morimos, es por esta razón que si solamente recibimos y nunca agradecemos, morimos espiritualmente por la falta de gracia.
Entre recordar y dar gracias existe un vínculo. En inglés, la palabra thanks (“dar gracias”) proviene de la misma raíz que la palabra think (“pensar”). Cuando somos malagradecidos, demostramos que hemos tomado poco tiempo para reflexionar. El mensaje diario de la misa es, “Recordemos y pensemos en lo que el Señor ha hecho por nosotros y démosle gracias.” Y aunque nuestra oración de agradecimiento no agrega nada a la grandeza de Dios, nos hace crecer en la gracia. (Prefacio, Día IV).
Dios es el creador y nosotros somos sus criaturas. Todos somos hijos de Dios – dependemos de El más de lo que depende la luz del sol. Al darle gracias a Dios, simplemente nos acordamos de quiénes somos; y es Dios quien ama la verdad y bendice esta humildad.
Mucho antes de Jesucristo, el salmista se preguntó, “Qué retornaré al Señor por todos los bienes que me ha otorgado?” (Sal. 116:12). Y como si viese el futuro, respondió, “Tomaré el cáliz de la salud: -- la Misa.”Una visita diaria a nuestro Señor en el Santísimo Sacramento nos ayudará a recordar que no estamos solos y que El será la fuente de consuelo para todos aquellos que se allegan a El – todos aquellos que andan agobiados por las dificultades de la vida.
La condesa de Feria, religiosa de santa Clara y discípula de san Juan de la Cruz, sentía una devoción tan grande por el Santísimo Sacramento que llegó a ser conocida como la “Esposa del Santísimo Sacramento.” Cuando alguien le preguntó en una ocasión qué hacía ella durante todas las horas que pasaba ante el Santísimo Sacramento, su respuesta fue: “¡Dios Mío! ¡Quieren saber qué hago yo en Su presencia! “Qué puede hacer un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué haría un enfermo en la presencia de un médico? ¿Qué haría un hombre sediento ante un manantial, o qué haría un hombre hambriento en frente a una mesa llena de comida? El es el rico, el médico, el manantial, el pan celestial. Y su amor por nosotros es tan grande que murió para permanecer entre nosotros. ¿Por qué? Para enriquecernos, curarnos, refrescarnos y alimentarnos.”
Para enseñarles a sus discípulos a servir a los pobres y a los humildes, Jesús tomó a un niño en sus brazos, diciendo, “Quién recibe a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.”
Nos dice la tradición que este niño llegó a ser el vehemente san Ignacio de Antioquía, martirizado en el año 107. Siendo aún un jovenzuelo, san Ignacio solía llevar muy a menudo a sus compañeros al lugar en donde Jesús lo había abrazado, y allí les decía, “Es éste el lugar en donde Jesús me abrazó.”Con frecuencia pensamos que la comunión es un abrazo en el que recibimos a Jesús. Pero la Sagrada Comunión significa también el acto en el cual Jesús nos recibe y abraza.
Tomemos como ejemplo a un niño que corre a encontrarse con su padre. Estira los brazos para abrazar a su padre, mas no puede hacerlo hasta que su padre no lo carga y abraza. En la Sagrada Comunión, corremos a encontrarnos con Jesús, y no podemos hacer nada más. ¡Mas Jesús nos toma en sus brazos, nos abraza, nos ama y nos llena de su vida y su amor!Jesús no sólo nos abraza, sino que también está en nosotros y nosotros estamos en El: “Quién come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en El.”
San Cirilo de Alejandría compara esta unión por medio de la Sagrada Comunión con dos pedazos de cera que se derriten y se convierten en uno.
Santa Teresita de Lisieux describe su primera comunión en términos de una fusión con Cristo – un derretir mutuo.Louis Evely se expresó de esta manera: “No podríamos soportar a Cristo sin ser capaces de soportar a nuestro vecino.” Nuestro Señor lo dice: “Por tanto, si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo tu ofrenda, delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; y después volverás a presentar tu ofrenda.”
Así como el fuego enciende otro fuego, así también el abrazo de Cristo en la Sagrada Comunión debe encender el fuego del divino amor en nuestros corazones. Sobre la Sagrada Comunión díjole Jesús a san Agustín, no me transformarás en ti mismo así como transformas el pan común, pero tú te transformaras en mí.