Doctrina Social de la Iglesia

“Los católicos estamos obligados a dar testimonio de la doctrina social de la Iglesia, haciendo valer la verdad evangélica, auténticamente interpretada en las encíclicas pontificias y en los documentos conciliares.....”
Defensa de la persona humana contra la omnipotencia del Estado

Corresponde al Estado la tarea de COORDINAR las actividades de cada grupo, de modo que todos, además de lograr su bien propio, cooperen al bien común de la sociedad. No le toca al estado la misión de sustituir a ningún grupo, ni mucho menos la de monopolizar determinadas actividades, sino que le corresponde constituirse en coordinador y patrono de los derechos de cada uno.

Llegamos así a la negación categórica de la omnipotencia del Estado, contra la tendencia moderna de extender su acción a todos los terrenos, convirtiéndole en estado-comerciante, estado-industrial, estado-maestro de escuela, en perjuicio de todos los derechos naturales de los distintos grupos particulares.

Los Derechos de la Familia

El grupo biológico por excelencia, el fundamento, la base primordial y la “célula mater” de la sociedad es la FAMILIA, una institución de derecho natural, anterior al Estado, destinada “a conservar el individuo y la especie”.

Una de las necesidades apremiantes de la hora presente es la protección de la familia, proporcionándole todos los medios necesarios para el cumplimiento de si noble misión.

Mencionamos de manera especial el establecimiento del salario familiar y la institución altamente benéfica del “bien familia”.

No es menos importante una lucha decidida contra los focos de la corrupción moral, cuya consecuencia inmediata es el amor libre que desquicia la familia y desorganiza la sociedad, arrojando en su seno un número abrumador de hijos abandonados, átomos aislados y perdidos en la masa social. Ni es posible permanecer impasibles ante esa loca carrera de divorcios, suicidas criminales de la familia, veneno disolvente de la raíz misma de la sociedad. No es posible lograr ampliamente el bien común general, si el Estado no protege la célula vital de la sociedad, respetando escrupulosamente sus derechos materiales, espirituales y religiosos.

Los Grupos Pedagógicos

La segunda institución grupal que sigue propiamente a la familia, como auxiliar, es la ESCUELA, o sea el grupo pedagógico.

La educación de la prole es deber y derecho primordial de la familia. Sin embargo, la vida social exige, dadas sus dificultades, que la familia sea auxiliada en su ardua tarea de formar a las nuevas generaciones. De ahí nace la escuela como institución necesaria de la sociedad. La escuela es, por consiguiente, un complemento de la familia, por lo cual debe estar totalmente imbuida de su espíritu. “Todo lo que separe – dice Tristán de Ataide – estas dos instituciones, es nocivo al bien común.”

Del derecho primordial de la familia en la educación de los hijos, se desprende la obligación que tiene el Estado de respetar la voluntad de la misma, proporcionando en las escuelas oficiales la enseñanza que exijan los padres de familia, quienes son, al fin y a cabo, los que les sostienen con sus contribuciones.

Sería un atropello de los derechos de la familia, imponer, por ejemplo, una enseñanza laica, socialista o nazista, en un país donde la inmensa mayoría de las familias desean la enseñanza religiosa.

La misión del Estado en la escuela, además de proteger los derechos de la familia, consiste en controlar la enseñanza para encauzarla hacia la formación del sentido social de los hombres, la comprensión del bien común como dominante en la vida y la práctica del sentimiento de solidaridad colectiva entre todos los ciudadanos.

Pertenecen también al grupo pedagógico otras entidades de mayor alcance cultural, como las academias y los institutos científicos, pero especialmente las universidades, cuya autonomía es de todo punto necesaria, a fin de que puedan modelar los espíritus y prepararlos para la vida pública, sin imposiciones arbitrarias de funcionarios más o menos impreparados y de políticos ambiciosos y prepotentes.

Defensa de la persona humana contra la omnipotencia del Estado

Los Grupos Económicos

La tercera clase de grupos particulares lo constituyen los grupos económicos. Estas sociedades pueden admitir toda especie de subdivisiones, desde la asociaciones puramente comerciales, hasta las que abarcan los más amplios intereses sociales y políticos, como son los sindicatos profesionales.

El Estado tiene derecho de encaminar los diversos grupos económicos hacia el interés colectivo, pero de ninguna manera debe convertirse en monopolizador de cualquiera de estas actividades.

El Estado burgués y capitalista desdeñó la organización del trabajo, entregándolo al simple juego de los intereses particulares. Como consecuencia inevitable sobrevino la tremenda desigualdad social, con todo su triste cortejo de miserias para la mayoría de los hombres frente a la inmensa riqueza de unos cuantos audaces o afortunados. Viene ahora el Estado proletario o el Estado totalitario y pretenden la exclusividad de la organización. Es un error tan fatal como el primero.

La palabra sindicato es un fantasma que asusta a los hartos y satisfechos en la vida regalada que les proporciona su fortuna. Sin embargo, el catolicismo social exige su organización, no sólo para beneficio de la clase proletaria, sino en el interés de la paz y prosperidad de la sociedad entera.

Pero el sindicalismo cristiano se diferencia esencialmente del marxista, porque predica la colaboración y no la lucha de clases, porque es un sindicalismo de base espiritual y no puramente material, porque es un sindicalismo libre y no obligatorio, porque es un sindicalismo profesional y no político.

Los Grupos Políticos

El grupo político por excelencia es la comuna o municipio.

La defensa de su autonomía es obra de genuina democracia y de auténtico amor a la libertad.

La comuna es para la nación lo que la familia para la sociedad. Esta es una reunión de familias. Aquella, una organización de municipios. Y si la familia es la base de la sociedad, la comuna es el fundamento de la nacionalidad.

Y aquí cabe recordar que Roma fue una civilización municipal. “La ciudad de Roma – escribía recientemente Guiza y Azevedo – no sólo venció al mundo con sus armas, sino con sus costumbres, con su concepto del Estado, con los beneficios de una buena administración.

Ciudad entre los griegos es POLIS – agregaba el notable escritor mejicano – y entre los latinos CIVITAS. De una viene política y de otra civilización. El hombre, decía Aristóteles, es un animal político, esto es, un ser que tiene que vivir en la Polis, en la ciudad.”

No puede haber ciudadanía ni concepto de patria, ni idea del bien común, sin un espíritu municipal bien arraigado. Mal puede amar a su patria y sacrificarse por su bienestar, quien no abrigue sentimientos de cariño por su POLIS, por su ciudad, por s municipio, que es su patria chica, casi su hogar.

La centralización del gobierno con el correspondiente monopolio de la autoridad y libre iniciativa de parte del Estado, ha dado como consecuencia inmediata, el completo abandono y la despoblación de los municipios menos importantes, ya que la atención del Estado se concentra generalmente en la capital y en las ciudades principales.

Y no hay que olvidar, además, que el municipio es la institución democrática por excelencia, que ha sido, a través de los siglos, el refugio de la libertad contra las ambiciones y atropellos de los poderes absolutos.

El Grupo Espiritual

Y llegamos por fin al grupo espiritual, cuyo tipo es la Iglesia. Pero aquí no se trata de un simple grupo particular, sino de una SOCIEDAD PERFECTA, es decir, que no se subordina a ningún poder extraño. Tenemos así dos sociedades perfectas: la Iglesia y el Estado. La primera realiza e fin inmortal del hombre, la segunda, su fin temporal.

Del mismo modo que el hombre es un animal social y político, como decía Aristóteles, fue otro naturalista eminente del mundo moderno, Quatrefages, quien llamó al hombre ANIMAL RELIGIOSO. La sociedad espiritual o Iglesia es una consecuencia de la naturaleza religiosa del hombre, así como la sociedad civil es una consecuencia de su naturaleza política.

En lo referente a la posición de la Iglesia frente al Estado, León XIII. En su inmortal encíclica “Inmortale Dei”, definió de modo luminoso la concepción católica del problema. “Dios – escribía el gran Pontífice – distribuyó así el gobierno del género humano entre dos potencias: el poder eclesiástico y el poder civil, aquel relacionado con las cosas divinas y éste con las humanas. Cada uno de estos poderes, en su género, es superior a todos los demás, cada uno tiene sus límites perfectamente determinados por su esfera propia, dentro de la cual se mueve y ejerce con pleno derecho su acción. Ejerciéndose pues, su autoridad sobre los mismos sujetos, puede suceder que una sola y misma cosa sea, a títulos diferentes, sometida a la jurisdicción de una y otra potencia....Es necesario, por consiguiente, que haya entre las dos fuerzas una unión llena de armonía que puede justamente compararse a la unión que existe entre alma y cuerpo.”

Autoridad y Libertad

El gran sociólogo brasileño, Tristán de Ataide, sostiene que la CONSTITUCIÓN de la sociedad está sujeta a dos principios formales: la UNIDAD y la VARIEDAD. Por la UNIDAD social, que tiene por base la AUTORIDAD del Estado, se concede a éste en el orden temporal, un poder de COORDINACIÓN y de ORIENTACIÓN de todos los grupos naturales, encaminándolos al BIEN COMUN general. Por la VARIEDAD social, basada en la LIBERTAD, respétanse los derechos intangibles de tales grupos, limitándose la tendencia del Estado a salirse de la órbita de sus funciones y de absorber las prerrogativas de los grupos biológicos, convertirse en un Estado absoluto y tiránico.

De esta manera se establece el equilibrio social, dando a cada cual lo suyo, librando a la sociedad de toda clase de totalitarismos: del totalitarismo libertario o liberalismo, del totalitarismo del capital o capitalismo, del totalitarismo de la nación o fascismo, del totalitarismo de la raza o racismo, del totalitarismo de la clase proletaria o comunismo.

Justicia Social

El reciente mensaje del Episcopado Centroamericano demuestra la preocupación de la Iglesia por el mejoramiento material y espiritual de las clases populares, víctimas del hambre y la miseria, del analfabetismo y la marginalidad, denunciando que el desarrollo económico y social, según la expresión del Vicario de Cristo, “ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi abandonadas a un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente.”

Se lamentan los prelados centroamericanos de “la creciente manifestación de egoísmo en los sectores económicos satisfechos” que “parecen insensibles ante quienes no tienen las mismas oportunidades de vida.”

Hemos notado con tristeza que con alarmante frecuencia se acusa en nuestro medio a la Iglesia, sus obispos y sacerdotes de profesar doctrinas socialistas o por lo menos de hacerles el juego al comunismo internacional, sirviendo como “tontos útiles” o “compañeros de viaje”.

No vamos a negar el hecho indiscutible que más de algún sacerdote, conmovido por la miseria en que viven grandes sectores de nuestra población y dominado por la impaciencia de ponerle pronto remedio, se deja arrastrar por la violencia, fomentando el odio y la lucha de clases, en vez de predicar la caridad cristiana y la colaboración entre los distintos estratos sociales.

Semejantes actitudes no representan la doctrina ni el sentir de la Iglesia y más que estar animadas por el espíritu del Evangelio parecen encarnar la Ley del Talión. Ciertamente que el divino Maestro no podría reconocer como sus discípulos a los predicadores de la violencia, que sólo les falta empuñar el fusil de Camilo Torres.

El odio y la violencia no sólo son una tentación fácil, para quienes se desesperan por la lentitud con que se emprenden las reformas sociales, sino también un procedimiento condenable de quienes pretenden oponerse a toda costa al advenimiento de un orden justo y humano. Si no es Lícito acudir a la razón de la fuerza para promover la justicia social, tampoco lo es para mantener inmovilismos egoístas y privilegios de una minoría frente a la miseria de grandes sectores de la población. Los cristianos no podemos cruzarnos de brazos, demostrando nuestra falta de conciencia social, limitándonos cómodamente a recordar las condenaciones del marxismo por parte de la Iglesia, escudándonos en un anticomunismo meramente negativo, sino que debemos demostrar con hechos que la doctrina social de la Iglesia, inspirada en el Evangelio, es capaz de dictar actitudes e inspirar soluciones que pongan fin a las flagrantes injusticias que padecen nuestros hermanos.

 
 
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