SOBRE EL ABUSO SEXUAL POR EL CLERO: EL PASADO NO ES EL PRESENTE

Este artículo fue publicado en las páginas de opinión del Miami Herald
el Domingo de Resurrección, 4 de abril de 2010.

La Iglesia en Europa ahora lucha con las mismas preguntas que tuvo que enfrentar la Iglesia en los Estados Unidos en 2002: el daño terrible que el pecado del abuso sexual de los niños ha causado a las víctimas, y el daño que ha causado a la misma Iglesia.

El proceso de admitir el pecado propio es doloroso. Pero la Iglesia predica que la confesión — combinada con el propósito “de no volver a pecar” — es buena para el alma. En los Estados Unidos, la Iglesia está cumpliendo su promesa de “proteger a los niños de Dios”. Los obispos han establecido políticas y prácticas de cero tolerancia hacia los abusadores, pagando la consejería para las víctimas por el tiempo que sea necesario, y estableciendo verificaciones de antecedentes y programas educativos para todo el clero, los religiosos, los empleados y los voluntarios, con el fin de identificar y prevenir el abuso sexual de menores. Nuestro sistema escolar público, donde los incidentes de abuso sexual por parte de los maestros ocurren con regularidad, no ha hecho tanto.

A pesar de todos estos esfuerzos, los medios de comunicación y los abogados que buscan grandes indemnizaciones económicas, continúan concentrándose solamente en las acciones de un diminuto porcentaje de sacerdotes y religiosos católicos, y en las acciones correspondientes de sus obispos y superiores, la mayoría ya fallecida.
Con el beneficio de la retrospectiva, resulta muy fácil destacar los errores de otros. Podemos decir lo mismo sobre quienes juzgan las acciones de la gente hace mucho tiempo, desde la ventajosa posición de la actualidad. Hace unas pocas décadas, la policía pensaba que el abuso doméstico era un asunto privado entre el esposo y la esposa, en vez de un acto criminal. Nadie cuestionaba el castigo físico de los niños en la escuela. Y las víctimas de violación a menudo eran tratadas como las “provocadoras” de sus atacantes.

Hace 30 ó 40 años, los obispos actuaban según las mejores recomendaciones que recibían en aquel entonces. Eso incluye al actual Papa cuando era arzobispo de Munich. La mejor ciencia de la época nos decía que los abusadores podían ser curados. Los sicólogos le aseguraban a los obispos que el tratamiento funcionaría, por lo que el abuso sexual era tratado como el alcoholismo — una enfermedad que podía ser superada con  tratamiento profesional y fuerza de voluntad personal.

Se ha escrito mucho en los medios de comunicación sobre el alegado “secreto” que se le exige a los obispos cuando tratan estos casos. Eso es resultado de la falta de entendimiento sobre nuestro sistema de derecho canónico, que regula los casos polémicos con confidencialidad para proteger los derechos de todas las partes involucradas, especialmente su derecho a la privacidad. Este requisito de confidencialidad nunca ha evitado que un obispo reporte ante las autoridades las acusaciones creíbles sobre el abuso. Las leyes que exigen dichos reportes no se encontraban en los libros hace 30 años, y aún hoy no existen en los libros de muchas naciones europeas. Aplicar las leyes de hoy a los casos de muchas décadas anteriores, es argumentar anacrónicamente.

Sí, la gente de fe y los líderes de las comunidades de fe deben ajustarse a criterios superiores. Pero los informes en los medios de comunicación promueven el mito de que los sacerdotes célibes abusan de los niños más que los hombres casados, cuando ese no es el caso. La mayoría de los abusos suceden en los hogares, son perpetrados por familiares, y en muy raras ocasiones se informan a la policía.

Los medios de comunicación harían un favor a las víctimas del abuso si dedicaran sus recursos a estudiar el asunto en mayor profundidad, si reportaran sobre los estudios científicos en vez de las demandas, y abogaran por programas que ofrecen ayuda a las familias afectadas por este mal. Ninguna víctima debe ser obligada a sufrir en silencio porque su abusador es un padrastro o un tío sin “bolsillos profundos” que atraigan a un abogado.

Nada puede cambiar el pasado. Ninguna cantidad de dinero o de excusas puede borrar el daño hecho al alma de las víctimas, reparar la pérdida de su inocencia, o restaurar su fe tanto en Dios como en la Iglesia. Pero el pasado no es el presente, y representarlo de esa manera es injusto para la Iglesia.

  

 
 
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