Estatuto para la Protección de Niños y Jóvenes

Preámbulo

Desde 2002, la Iglesia en Estados Unidos ha experimentado una crisis sin precedentes en nuestros tiempos. El abuso sexual de niños y jóvenes cometido por algunos diáconos, sacerdotes y obispos, y la manera en que estos delitos y pecados fueron tratados, han causado enorme dolor, cólera, y confusión. Como obispos, hemos reconocido nuestros errores y la parte que nos toca en ese sufrimiento; pedimos perdón y asumimos la responsabilidad nuevamente, por haber fallado con frecuencia a las víctimas y al pueblo católico en el pasado. Desde lo más hondo de nuestro corazón, nosotros, los obispos, expresamos nuestro profundo pesar y tristeza por lo que el pueblo católico ha padecido.

Con la revisión del Estatuto para la Protección de Niños y Jóvenes, reafirmamos nuestro firme compromiso de crear un ambiente seguro dentro de la Iglesia para niños y jóvenes. Hemos escuchado el profundo dolor y sufrimiento de los que han sido víctimas del abuso sexual y seguiremos respondiendo a sus llamados. Hemos examinado intensamente el pecado, la criminalidad y el abuso de confianza perpetrados por algunos miembros del clero. Hemos determinado lo mejor que hemos podido el alcance del problema de este abuso de menores en nuestro país, y esperamos los resultados de un estudio sobre sus causas y su contexto.

Continuamos brindando especial atención y afirmando nuestro compromiso de prestar ayuda a las víctimas del abuso sexual y a sus familias. El daño causado por el abuso sexual de menores es devastador y duradero. Les pedimos perdón por el grave daño que se les ha infligido y les ofrecemos nuestra ayuda para el futuro. La pérdida de confianza, que es a menudo consecuencia de dicho abuso, es aun más trágica cuando conduce a la pérdida de la fe, la cual es nuestro deber sagrado promover. Hacemos nuestras las palabras de Su Santidad, el papa Juan Pablo II que expresan que el abuso sexual de los jóvenes es “desde todos los puntos de vista... inmoral y, con razón, la sociedad lo considera un crimen; es también un pecado horrible a los ojos de Dios” (Discurso en la Reunión Interdicasterial con los Cardenales de Estados Unidos, 23 de abril de 2002).

Junto con las víctimas y sus familias, toda la comunidad católica de este país ha sufrido a causa de este escándalo. En los últimos tres años, el intenso escrutinio público de una minoría de clérigos ordenados que han traicionado su llamado, ha causado que la vasta mayoría de sacerdotes y diáconos fieles experimentaran una enorme vulnerabilidad a interpretaciones incorrectas en su ministerio e incluso a la posibilidad de acusaciones falsas. Compartimos con ellos el firme compromiso de renovar la imagen de la vocación de las Órdenes Sagradas, para que se continúe percibiéndolas como una vida de servicio hacia los demás, inspirada en el ejemplo de Cristo nuestro Señor

Nosotros, a quienes se nos ha dado la responsabilidad de ser pastores del pueblo de Dios, continuaremos, con su ayuda y con la plena colaboración de todos los fieles, trabajando para restaurar los vínculos de confianza que nos unen. Las palabras por sí solas no pueden lograr este objetivo. Se iniciará con las acciones que llevemos a cabo en nuestra Asamblea General, y localmente, en nuestras diócesis y eparquías.

Sentimos una particular responsabilidad por “el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18) que Dios, quien nos reconcilió consigo por medio de Cristo, nos ha otorgado. El amor a Cristo nos impulsa a pedir el perdón de nuestras propias faltas pero también a llamar a todos —a los que han sido víctimas, a los que han pecado, y a todos los que han sentido la herida de este escándalo— a ser reconciliados con Dios y uno con el otro.

Quizás en forma nunca antes experimentada, hemos sentido cómo el poder del pecado ha tocado a toda nuestra familia eclesial en este país; pero como expresa San Pablo con audacia, a Cristo “que nunca cometió pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos”.(2 Cor 5, 21)  Que nosotros, que hemos conocido el pecado, podamos experimentar también, por medio del espíritu de la reconciliación, la propia rectitud de Dios.

Sabemos que tras un dolor tan profundo, la cura y la reconciliación están más allá de la capacidad humana. Sólo la gracia y la misericordia de Dios nos sacarán adelante, confiando en la promesa de Cristo: “para Dios todo es posible” (Mt 19, 26).

Al abocarnos a cumplir con esta responsabilidad, confiamos en primer lugar en Dios Todopoderoso, para que nos sostuviera en la fe y en el discernimiento del curso correcto a seguir.  Hemos recibido la guía y el apoyo fraternal de la Santa Sede, que nos ha sostenido en esta época de sufrimiento.

Hemos confiado en los fieles católicos de Estados Unidos. En toda la nación y en cada diócesis, la sabiduría y los conocimientos de clérigos, religiosos y laicos han contribuido inmensamente a hacer frente a los efectos de la crisis y a tomar las medidas para resolverla. Estamos llenos de gratitud por su enorme fe, por su generosidad y por el apoyo espiritual y moral que hemos recibido de ellos.

Reconocemos y afirmamos el fiel servicio de la vasta mayoría de nuestros sacerdotes y diáconos, y el amor que su pueblo siente hacia ellos. Cuentan merecidamente con nuestra estima y la del pueblo católico por su buen trabajo. Es lamentable que su dedicado testimonio ministerial haya sido ensombrecido por esta crisis.

En forma especial, agradecemos a las víctimas del abuso sexual cometido por clérigos y a sus familias, que han confiado en nosotros lo suficiente para compartir sus historias y para ayudarnos a apreciar más plenamente las consecuencias de esta reprensible violación de la confianza sagrada.

Que no haya dudas ni confusión para nadie: Para nosotros, sus obispos, nuestra obligación de proteger a niños y jóvenes, y de impedir el abuso sexual, emana de la misión y del ejemplo que nos brindó Jesucristo, en cuyo nombre servimos.

Mientras trabajamos para restaurar la confianza, recordamos la forma en que Jesús demostró una constante preocupación por los vulnerables. Jesús inauguró su ministerio con estas palabras del profeta Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido
para llevar a los pobres la buena nueva,
para anunciar la liberación a los cautivos
y la curación a los ciegos,
para dar libertad a los oprimidos
y proclamar el año de gracia del Señor. (Lc 4, 18-19)

En Mateo 25, el Señor, en su comisión a los apóstoles y discípulos, les dijo que cada vez que demostraban su compasión y misericordia hacia los más débiles, demostraban su compasión hacia él.

Jesús extendió esta preocupación en forma tierna y urgente hacia los niños, reprendiendo a sus discípulos por mantenerlos alejados de él: “Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí” (Mt 19,14). E impartió la seria advertencia de que sería mejor, para todo el que llevara a los pequeños por mal camino, “que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar” (Mt 18,6).

Estas palabras del Señor nos parecen proféticas para este momento. Nosotros, los obispos, con la firme determinación de restaurar el vínculo de confianza, reafirmamos nuestro compromiso de trabajar constantemente en lo pastoral para reparar la brecha creada con los que han sufrido el abuso sexual y con todo el pueblo de la Iglesia.

A la luz de este espíritu, en el curso de los tres años pasados, los principios y procedimientos de este Estatuto han sido incorporados a la vida eclesial:

Mediante estas medidas y muchas otras, seguimos comprometidos con la seguridad de nuestros niños y jóvenes.
Aunque, aparentemente, el alcance de este problema perturbador del abuso sexual de menores por parte de clérigos se ha reducido en el curso de la última década, los efectos dañinos de este abuso continúan afectando tanto a las víctimas como a las diócesis.

Por lo tanto, hemos reexaminado y revisado el Estatuto para la Protección de Niños y Jóvenes con una conciencia intensa del esfuerzo aun necesario para enfrentar plenamente los efectos de esta crisis, y con la sabiduría obtenida por la experiencia de estos últimos tres años. Reiteramos hoy que ayudaremos a curarse a los que han sido heridos, haremos todo lo que está en nuestro poder para proteger a los niños y jóvenes, y trabajaremos con nuestros clérigos, religiosos y laicos para restaurar la confianza y armonía en nuestras comunidades de fieles, mientras oramos para que venga a nosotros el reino de Dios, aquí en la tierra, como en el cielo.

Para que se cumplan nuestros objetivos de crear un ambiente seguro para niños y jóvenes dentro de la Iglesia, y de impedir el abuso sexual de menores por clérigos en el futuro, nosotros, miembros de la United Conference of Catholic Bishops, hemos esbozado en este Estatuto una serie de medidas prácticas y pastorales que nos comprometemos a implementar en nuestras diócesis y eparquías.

 

 
 
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