VIII Domingo Ordinario
Homilia del Cantamisa del Presbitero Carlos Eloir
Parroquia de la Esperanza de María
En la Resurrección del Señor

Domingo 25 de Mayo de 2008
Rev. Padre Luis Monroy

El sábado pasado, 17 de mayo, a las 17 horas, en la Basílica de Guadalupe el Cardenal Norberto Rivera imponía las manos sobre ti Padre Carlos Eloir, eras revestido, te ungía las manos, te entregaba el cáliz y patena y concelebrabas con él por vez primera como sacerdote. Todo ello prácticamente en las vísperas de una solemnidad muy importante en tu vida: la de la Santísima Trinidad, misterio de Dios por el cual te has sentido atraído en distintos momentos de tu vida. Un Dios que es tú Creador, Tu Redentor y tu santificador. Un Dios que te hace como miembro de la Iglesia, partícipe de su misterio al hacerte su familia, su hijo, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Un Dios que además te invita a vivir la identidad de Cristo en su Sacerdocio Ministerial. Que grande es el amor de Dios al mostrarse en tu vida como un Dios verdadero en tres personas distintas. El mismo Dios que con amor eterno te ha amado y hoy te ama profundamente con el don del sacerdocio.

Este domingo octavo del tiempo ordinario, sin lugar a dudas Dios nos habla y nos tiene una grande enseñanza: la de un amor y confianza absoluta en él. Cuando Dios no está en el centro de nuestra vida, adquirimos un agobio por todo y perdemos la paz porque Dios no lo hacemos presente y parecería que entonces todo depende de nosotros y llevamos una vida llena de tareas y agobiados por todo. Ello nos recuerda la intervención de Jesús con Martha cuando le decía que muchas cosas le preocupaban y que una era la más importante: Dios. Estar a los pies del maestro como María que había elegido la mejor parte y nadie se lo quitaría. O una Santa Teresa que decía: Sólo Dios basta.

Padre Carlos, la riqueza de la palabra de Dios como siempre, es un banquete que tiene grandes enseñanzas para nuestra vida pero que a la luz de tu ministerio sacerdotal quisiera leerlas e interpretarlas, para que siempre recuerdes que si en tu primera misa Dios te recuerda que él es lo más importante y que confíes y creas en ello, sea esta palabra la que anime y fortalezca tu vida sacerdotal hoy y siempre.

En la primera lectura tomada del profeta Isaías y que sólo consta de dos versículos, Dios se muestra con un rostro materno. El Dios que te ha creado quiere que no olvides nunca que te ama como una madre responsable, que nunca se ha olvidado ni se olvidará de ti. Dios que es amor quiere marcar tu ministerio desde el amor, pues sólo el amor materno de Dios es el que hace que nos sintamos cobijados bajo su regazo y que nunca experimentemos el abandono. Que tu puedas decir “que buena madre es mi Padre”. Cristo cuando está sufriendo en el huerto, está sufriendo porque lo más terrible que experimentaba era la posible separación y el sólo hecho de pensarlo le atormentaba al grado de sudar sangre. Sin embargo, él opta por unirse al Padre y cumplir su voluntad. Todo menos saberse abandonado.

La vida ministerial seguramente traerá momentos difíciles o pesados pero jamás puedes permitirte pensar que Dios te abandone. Tu condición humana provocará este sentir o dejo de parte de Dios, pero él que te ha elegido para poner en tus manos lo que más ama: “Su hijo”, jamás te dejará si tú amas su querer, su voluntad, si tú eres uno con él. La enseñanza de ésta lectura te pide que nunca dudes de su amor, “Yo nunca me olvidaré de ti”. Eres hijo en el hijo, partícipe de Cristo Sacerdote.

¿Qué hacer entonces en momentos duros y sin olvidar que él está contigo? El salmista nos invita esta tarde a asumir una actitud de CONFIANZA. La vida sacerdotal requiere como lo hace ver el salmo que en él confiemos para desahogar el corazón, ahí en el nido amoroso e íntimo de la oración en el que en cada hora, desde el amanecer hasta el anochecer nos dejemos cobijar para que él sea en tu vida un refugio, tu defensa, tu baluarte, tu roca, tú esperanza.

Todo ello, para lograr vivir una actitud de vida como lo dice la segunda lectura de hoy, tomada del apóstol san Pablo a los corintios: Lo que se busca en un administrador es que sea fiel. Los ministros somos, en la comunidad, servidores de Cristo y administradores fieles de los misterios de Dios. Por tanto, debemos ser “fieles”, porque no somos dueños, sólo administradores. Hay padres que lo pueden olvidar y se adueñan de todo, del ministerio confiado, del pueblo, de la liturgia, se hacen los sabelotodo y llegan a ser más perfectos que Benedicto XVI. No somos protagonistas, no son nuestras palabras las que salvan. Predicamos una palabra que no es nuestra, sino de Dios. Padre Carlos, ten confianza en la eficacia de su Palabra y se fiel al ministerio confiado, a pesar de lo que los demás puedan juzgar sobre ti como lo experimentó el Apóstol Pablo.

Como ministro tienes que ser consciente de que tu misión es difícil, ya Pablo así lo pensó al estar seguro de que sólo el juicio de Dios es el que cuenta. Pablo dice en la segunda lectura, que está tranquilo en su conciencia y se remite a ese juicio de Dios. El juicio de los corintios parece superficial, a juzgar por sus divisiones. Padre Carlos, los tiempos no son tan distintos como entonces. Estás iniciando una vida consagrada que hoy para muchos está en la mira, que parece pasada de moda, una vida que se vigila, se critica, se persigue y se busca condenar a como de lugar por ser sacerdotes. Pero tu confía y se fiel como Pablo, porque no puedes permitir que nadie ponga en peligro la credibilidad del evangelio o intente destruir con una crítica negativa la vida de la comunidad.

El texto del evangelio nos invita una vez más a esa actitud de confianza y a no preocuparnos, nos dice que tenemos una vez más que creer en el Dios y Padre providente que es nuestra única necesidad. Dios necesita ministros con un corazón libre y no con un corazón ocupado, agobiado y dividido, ¿Qué vas a buscar en tu vida de ministerio? La búsqueda es la del Reino y su justicia. La verdadera búsqueda y preocupación de hoy en adelante, es la del Reino que no inquieta, es preocupación sin ansiedad, porque te lleva a una actitud confiada de que tu estás en las manos de Dios Padre mientras tu haces presente en tus manos consagradas por la acción del Espíritu Santo a Cristo nuestro Señor, nutrimento de nuestras vidas que van por el desierto de la vida, es búsqueda por medio del servicio al reino con la oración y la búsqueda de su justicia para lograr su designio salvador en la vida de los creyentes.

Nuestra vida es más valiosa que unos lirios y que unos pajarillos, somos hijos, amigos y ministros que tenemos que ser administradores de su gracia y Pido a Dios que te ha elegido desde toda la eternidad, que te conceda en esta comunidad que te acoge con gran estima y cariño, el Pueblo de Dios de la Esperanza de María en la Resurrección del Señor, ser sacerdote para siempre para que nos muestres al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo con tu testimonio de vida y así hagas efectivo lo que escuchaste el día de tu ordenación sacerdotal: “Sé por lo tanto consciente de lo que haces, imita lo que realizas y, ya que celebras el misterio de la muerte y resurrección del Señor, lleva la muerte de Cristo en tu cuerpo y camina en su vida nueva”.

Quisiera terminar con una pequeña plegaria para que quienes formamos presbiterio contigo en esta comunidad sacerdotal, caminemos juntos:

“Concédenos, Señor, que no nos sustraigamos nunca a la tarea de anunciar a nuestra gente toda tu voluntad, es decir, todos los caminos por los cuales tú quieres ser servido.

Concédenos la gracia de velar por nosotros mismos y por toda la grey en medio de la cual nos has colocado como responsables.

Concédenos valentía, discernimiento para defender a la grey de los lobos crueles; concédenos que velemos, que vigilemos, que venzamos el sueño, que estemos atentos a tu Espíritu que habla, y a hacerle frente al espíritu maligno que trata de corromper a los niños, a los jóvenes, a la gente.

Haz que para lograr este objetivo nosotros sepamos, de día, y si es necesario también de noche, exhortar entre lágrimas a cada uno de aquellos a quienes amamos y que tú nos has encomendado.

Te damos gracias, Señor, porque en ti sentimos seguridad, nos entregamos a ti. Te damos gracias por la palabra de tu gracia que edifica esta comunidad y que nos prepara, ella sola, la herencia eterna. Haz que miremos hacia esa herencia con confianza, porque, si el futuro es incierto, tu gracia en cambio es cierta.

Concédenos desinterés, Señor Jesús, para que no busquemos ni la plata ni el oro ni el vestido de ninguno y no nos apoderemos, como dueños, del corazón de ninguno.

Concédenos desprendimiento y la gracia de trabajar cuanto sea necesario para ayudar a los demás y para salir al encuentro de los pobres y de los débiles en la fe.

Concédenos la gracia de sentir como compromiso de nuestro ministerio cotidiano, que hay más que gozo en dar que en recibir.”

Amén.

 
 
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