La Iglesia hace más que otros para detener el abuso sexual

Friday, April 16, 2010 -
John C. Favalora - Archbishop of Miami

Mis queridos amigos:

El hecho de que la crisis del abuso sexual por el clero se haya extendido a Europa no debe tomarnos por sorpresa. La sexualidad es parte de la naturaleza humana y, por lo tanto, está sujeta a nuestra inclinación humana al pecado.

La Iglesia en Europa ahora lucha con las mismas preguntas que la Iglesia en los Estados Unidos tuvo que enfrentar en 2002: el daño terrible que este pecado ha causado a las víctimas, y el daño que ha causado a la misma Iglesia.

Admitir el pecado propio es un proceso doloroso. Pero la Iglesia predica que la confesión es buena para el alma, y junto con el propósito “de no volver a pecar”, los obispos de Europa harán lo mismo que hicieron los obispos en los Estados Unidos: establecer políticas y prácticas de cero tolerancia para los abusadores, junto con esfuerzos educativos y para la prevención de nuevos abusos.

Dichos esfuerzos no evitarán los abusos en su totalidad, pero tendrán resultados, como lo han visto los obispos de los EE.UU. Un informe emitido el mes pasado por el Centro para la Investigación Aplicada al Apostolado (CARA, por su sigla en inglés), demostró que las acusaciones de abuso sexual por el clero y los religiosos en los Estados Unidos decayeron un 36 por ciento entre 2008 y 2009, y que dichos números son parte de una tendencia que ha estado en descenso desde 2004.

De las 398 acusaciones de abuso reportadas en 2009, seis involucraron a niños menores de 18 años de edad, y las otras 392 involucraron a adultos que fueron abusados hace décadas.

Una acusación es demasiado, pero la tendencia es alentadora. La Iglesia está cumpliendo su promesa de “proteger a los niños de Dios” al cumplir con las normas descritas en la llamada carta de Dallas de 2002.

Pero eso no lo sabrían si se dejaran llevar por los recientes artículos en la prensa seglar. Los actuales informes sobre los abusos y las decisiones que tomaron los obispos hace 30 ó 40 años, tanto aquí como en Europa, dan la desafortunada impresión de que esas cosas aún suceden, cuando eso, sencillamente, no es cierto.

El hecho es que, en la actualidad, ninguna institución está más comprometida con la prevención del abuso sexual infantil que la Iglesia Católica. Los programas que hemos adoptado para educar a nuestro pueblo y para mantener alejados a posibles abusadores no han sido adoptados en ningún otro lugar, como por ejemplo en el sistema de educación pública, donde la incidencia documentada de abuso es mayor que en la Iglesia Católica.

El Dr. Tom Plante, de la Junta Revisora Nacional de los obispos de EE.UU., cita dicha estadística en un artículo en la edición del 24 de marzo de Psychology Today. Indica que “de acuerdo con la mejor información disponible… el 4 por ciento de los sacerdotes católicos en los EUA victimizaron a menores durante el medio siglo pasado. En estos momentos no existe evidencia publicada indicando que este número es mayor que el del clero de otras tradiciones religiosas. La cifra del 4 por ciento es menor que la de maestros de escuela (el 5 por ciento) durante el mismo período, y quizás tanto como la mitad del número de la población general masculina”.

La Iglesia también ha hecho más que cualquiera por estudiar el problema del abuso sexual infantil. Los obispos de los EE.UU. han contratado a la escuela de justicia criminal John Jay para determinar por qué los abusadores en el clero cometieron el abuso, y cómo la cultura general, la de la Iglesia o la de los seminarios influenciaron sus actos.

Nos hemos comprometido a sanar algo del daño hecho a las víctimas, pagando por su consejería y terapia por el tiempo que sea necesario. Nos mantenemos fieles a las políticas de cero tolerancia, que destituyen del ministerio público al clero y los religiosos una vez las acusaciones han demostrado tener credibilidad.

A pesar de todos estos esfuerzos, los medios de comunicación – y los abogados que buscan grandes indemnizaciones económicas – continúan concentrándose solamente en las acciones de un diminuto por ciento de sacerdotes y religiosos católicos, y en las acciones correspondientes de sus obispos y superiores, la mayoría ya fallecidos.

Nada puede cambiar el pasado. Ninguna cantidad de dinero o de excusas puede borrar el daño hecho a las almas de las víctimas, reparar la pérdida de su inocencia, o restaurar su fe tanto en Dios como en la Iglesia. Pero el pasado no es el presente, y es injusto para la Iglesia representarlo de esa manera.

En Cristo,

John C. Favarola
Arzobispo de Miami

 

 
 
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