¿Quien es el Sacerdote?

El Sacerdote es el hombre de Dios, ministro de Cristo y
dispensador de sus misterios entre los hombres.

Por: P. Emiliano Tardif, M.S.C.

El jueves Santo hemos celebrado el aniversario de la institución del sacerdocio católico. Después de consagrar el pan y el vino en Su Cuerpo y en Su Sangre, Jesús dijo a los apóstoles y a sus sucesores del futuro: “hagan esto en conmemoración mía”. Como decía el Papa a los sacerdotes de Toronto, en su visita al Canadá: “Es para celebrar la Eucaristía que existe el sacerdote”.

La identidad del sacerdote

El sacerdote es el hombre de Dios, ministro de Cristo y dispensador de sus misterios entre los hombres. Investido de poderes divinos, el sacerdote tiene la misión de continuar y de completar en la tierra la obra redentora iniciada por Jesús en la cruz. Su misión es la de dar la vida de la gracia, de distribuir el Pan de la Eucaristía y de santificar las almas.

No solamente el sacerdote es hombre de Dios, sino también el hombre del pueblo de Dios. El sacerdote es – y esto hay que repetirlo muy alto porque son pocos los que quieren entenderlo – un ministerio de amor, un hombre enamorado de Dios y de su pueblo.
Tan sólo este doble amor a Dios y a los hombres puede explicar la vida del sacerdote. Una vida sin hogar, sin familia, sin porvenir… Dios, un día, le sopló al oído con acento de queja: “Ven, sígueme y ayúdame a implantar en el mundo el reino de Mi amor”. Sólo este doble amor apasionado que un día le quemó su pecho y no descansó hasta convertirse en entrega de su vida, puede decirnos el secreto de todo sacerdote.

No pudo aguantar el espectáculo de un amor hecho cruz, incomprendido. Quiso llevar a sus hermanos un mensaje alegre de caridad, un anuncio seguro de cielo.

Recuerdo que la primera vez que sentí el deseo de ser sacerdote fue durante la prédica de un joven misionero Dominico que estaba predicando en mi parroquia natal un domingo. El tenía 25 años de edad y salía al Japón como misionero. Ese Padre nos dio una homilía tan linda, tan llena del Señor que a mí me impactó mucho y me vino al corazón el deseo de algún día ser sacerdote misionero como él.
Pasaron los años. El Señor me llamó a ser Misionero del Sagrado Corazón.

Me ordené sacerdote el 24 de junio del año 1955, y fui llamado a ser misionero, no en el Japón, sino en la República Dominicana… y en el mundo entero.

Pasaron los años. Cincuenta años después de ese primer llamado, fui a predicar un retiro sacerdotal en el Japón y el Señor me reservaba una gran sorpresa; allí encontré al Padre Groleau, O.P., quien había predicado aquella homilía que mucho me había impactado. Ya yo tenía 62 años y él tenía 75 años. Habían pasado 50 años. Lo saludé con mucha alegría y le conté lo que había pasado durante su homilía de despedida en mi parroquia, cincuenta años antes. El se regocijó mucho y me dijo: “Yo podré decir que hice por lo menos un milagro en mi vida”.

El sacerdote es su mejor amigo

El sacerdote es su mejor amigo. Ustedes deberían caer en la cuenta de su misión. Amigo de tantos pobres, de tantos ignorantes, de tantos ciegos, de tantos equivocados: el sacerdote es el protector de todos, el consejero, abogado, amigo y maestro de todos. Es el buen pastor de todos. Apartado de su familia, sin familia, él debe armonizar las diferencias entre padres e hijos, entre esposos y esposas, entre hermanos y extranjeros. Tiene la obligación de saberlo todo, de decirlo todo, y su palabra cae siempre sobre las inteligencias y los corazones con la autoridad de una misión divina.

No quiero con esto justificar los defectos de los sacerdotes, pues somos hombres todos y hombres con defectos. No quiero justificar vidas individuales de sacerdotes equivocados, ni negar hechos innegables por tristes y dolorosos que nos resulten.

Puede haber sacerdotes que no encarnen en la realidad de su conducta la maravillosa grandeza de su vocación. Puede haber sacerdotes indignos que busquen los placeres locos del mundo hasta llegar a traicionar su misma fe, y en un empeño frustrado de borrar su misma fisonomía sacerdotal derramarse en amores sacrílegos. Pero en nada se opone todo eso, tan sangriento y doloroso para la Iglesia de Dios, a la dignidad del sacerdocio católico. Todo sacerdote fue señalado por Dios, y haga lo que haga, esta marca nunca jamás dejará de estar adherida a su alma.

Sólo clavando los ojos en Cristo, cuyos ministros visibles son los sacerdotes, lograremos sospechar la grandeza del sacerdocio.
Oremos mucho para que el Señor nos dé muchos y santos sacerdotes.

Extraído de “El Siervo”

 
 
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