SACERDOTES DE CRISTO POR GRACIA DE DIOS

Homilía de mi aniversario de ordenación

Queridos hermanos y hermanas:

¿A que hemos venido hoy? ¿a celebrar a un amigo?, les aseguro que no, hemos venido a celebrar el “don del sacerdocio conferido a un hombre indigno de él”

Sí, no hay nadie digno de un don tan grande como el de ser Sacerdote del Señor, intercesor junto a Cristo por sus hermanos ante el Padre Dios, representante de Cristo Cabeza y Pastor de su Iglesia, que a nombre suyo actúa eficazmente a través de los sacramentos -a pesar de su indignidad, limitaciones y pecados- como administrador de la multiforme Gracia Santificante que Cristo nos ha conseguido en la Cruz.

A eso hemos venido, a celebrar a Cristo Sacerdote en la persona de este indigno varón que les habla, ya que de no ser por este don conferido, ni siquiera nos conoceríamos con la gran mayoría de ustedes; al que se celebra no es a el amigo Manuel, sino a Cristo sacerdote que actúa a través de él y en tanto y cuanto lo refleja en su estilo de vida y ministerio.

Hace 20 años, seis hombres jóvenes fuimos llamados por el Señor a dar la vida por sus ovejas, renunciando a todo humano proyecto personal, para poder asumir el que el Señor nos planteaba, uno entusiasmante, lleno de desafíos y promesas, que exigiría de todo nuestro ser, pero a la vez nos deparaba las mayores alegrías y satisfacciones. El Dios hecho hombre, Jesús, nos invitaba a unirnos a Él plenamente, para compartir con nosotros la gran aventura del sacerdocio, es decir de la santificación de la humanidad, por la donación de si mismo ante el Padre, como oblación agradable a Él, por estar unidos a su Hijo. Pues si bien Jesucristo es el único sumo sacerdote de la alianza nueva y eterna y su sacrificio el único agradable al Padre, capaz de quitar los pecados del mundo; no es menos cierto que: los que se unen a Él entitativamente por el Sacramento del Orden, por ser uno con Él, pueden realizar eficazmente su sacerdocio y su oblación, de tal modo que al hacerlo es el mismo Cristo quien lo hace. Por ello San Pablo decía “ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mi” . Él es quien Consagra, quien bendice, quien perdona, quien santifica en la persona de su representante terrenal “el sacerdote”.

Hace veinte años, después de casi nueve años de formación comenzamos junto a Rodrigo Tuper, David Mondaca, Fernando Ramos, Nelson Morales y Pedro Quiroz esta aventura del sacerdocio, a sabiendas de que, aunque nuestras capacidades humanas eran absolutamente insuficientes para semejante empresa, sólo unidos a Jesús podríamos llevar adelante la labor que se nos encomendaba.  Los años se han encargado de demostrar fehacientemente la veracidad de la escritura, que nos dice: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” y también “sin mi nada podéis hacer”.  Es justamente ahí donde se juega la fecundidad, santidad y autenticidad de nuestro ser sacerdotal, en la Fidelidad a Jesús Sacerdote, con todo lo que ello significa e implica. Es lo que Jesús nos dice en el evangelio de hoy “permaneced en mi”, pues “el que permanece en mi, ese da mucho fruto” y, al revés, el que no permanece en mi... se seca.

La fidelidad es lo único imperativo que debemos asumir radicalmente; ser fieles al don recibido, que es lo que nos decía el obispo y la liturgia en aquel día de nuestra ordenación, es la clave de todo y significa dejar que Él sea en nosotros, que Cristo sea en mi, no colocar obstáculos a la gracia, renunciar a todo para que Él sea todo en mi, para que sus pensamientos sea los que piense, sus deseos los que desee, sus motivaciones las que me motiven, su forma de amar la que yo viva y así actuar como él actuaba.

La identificación plena con Cristo Sacerdote es la meta, la razón de ser de todo sacerdote y, a la vez, el desafío permanente de su vida, donde ha de luchar contra todo lo que contradice este camino de unidad, que se transforman en la realidad en las verdaderas tentaciones. Todo aquello que nos atraiga a una vida o conducta o a algo distinto a esta identificación vital con Él, es una tentación y, potencialmente un pecado, que será tanto mas grave cuanto más contradiga esta forma de ser.

La meta es una y las tentaciones miles, la ayuda incondicional por parte del Señor. No obstante nuestra humana debilidad y nuestra dañada naturaleza en no pocas ocasiones nos hacen adentrarnos en sendas que nos alejan de nuestra unión con Cristo, es decir por sendas de pecado, que deforman el rostro de Cristo en nosotros; no somos la excepción, son las tendencias del hombre viejo que se resiste a dejar que Cristo se enseñoree totalmente de nosotros, es esa “ley del pecado que Pablo advierte en si mismo, que lo lleva a pecar a pesar de conocer y querer hacer el bien; es el “Mysterium iniquitatis” que sólo la Gracia de Dios va limpiando y borrando en nosotros y que exige una oración y mortificación constante, para dar muerte en nosotros al hombre viejo y que sólo viva Cristo y su infinito amor en nosotros; es la lucha permanente y sin cuartel que todos hemos de dar por la santidad, cada cual en el estado de vida que Dios le ha concedido. Sin embargo es el camino del amor el más noble de todos, es el amor quien transforma y embellece el alma, el que borra una multitud de pecados y nos asemeja más al Señor, el atajo a la santidad

Así, aunque Cristo nos advierte que todo el caminar será siempre llevando la cruz suya y nuestra, es decir la nuestra y la de nuestros hermanos, que para eso nos hemos unido a Él, cuando hayamos caminado lo suficiente se notará en el amor porque a quienes recurran al sacerdote sentirán que este les traspasa a Cristo mismo y su gracia sanadora y reconfortante, que redime y recrea, dando alegría en el alma.

Permítanme terminar con unas palabras que me hizo llegar una querida monjita que está trabajando por estos tiempos en Uruguay:

El Corazón de Jesús de donde brotó y sigue brotando el Sacerdocio, se digne continuar derramando sobre sus ministros, los torrentes vivificantes de su Amor Infinito.

Me gusta mucho rezar, por ustedes, sacerdotes, la oración que dice:

Jesús:
vive en tus sacerdotes,
transfórmalos en Tí,
hazlos por tu gracia, instrumentos de tu misericordia.
Obra en ellos y por ellos.
Vuelve, Señor, a nosotros por tus sacerdotes,
revive verdaderamente en ellos,
obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo
enseñándo, perdonando, consolando, sacrificando
y renovando los lazos sagrados del amor,
entre el Corazón de Dios y el Corazón del hombre.
Amén
Manuel Carmona Peredo
Sacerdote por la gracia de Dios

 

 
 
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