El crecimiento en el matrimonio cristiano
El día de su boda, la pareja dice un “sí” definitivo a su vocación de matrimonio. Entonces empieza el verdadero trabajo del matrimonio. Por el resto de su vida matrimonial, la pareja tiene el desafío de crecer, mediante la gracia, en lo que ya es: o sea, una imagen del amor de Cristo por su Iglesia.84
“¡Sé lo que eres!”85 podría ser una gran exhortación a las parejas recién casadas, especialmente dada la fuerte tendencia de nuestros días a reducir el amor del lazo matrimonial a sólo un sentimiento, tal vez el amor romántico del cortejo y la luna de miel. Cuando ese sentimiento se agosta, puede parecerles que no les queda nada y que han fracasado.
Sin embargo, en esos mismos momentos su vocación como esposos los llama a ir más allá, a “ser lo que son”, miembros de una comunión matrimonial definida por el amor esponsal inquebrantable de Cristo por su Iglesia. Aunque los esposos y las esposas pueden aferrarse a la promesa incondicional que hicieron en su boda como fuente de gracia, esto requerirá un esfuerzo persistente. Mantener las mutuas atenciones —perseverar en la fidelidad, amabilidad, comunicación y asistencia mutua— puede convertirse en una profunda expresión de caridad conyugal. Significa crecer en un amor que es mucho más profundo que un sentimiento romántico.
Tal crecimiento será motivo de admiración y gratitud por el buen ejemplo cristiano del otro cónyuge y por el siempre inmerecido don del amor. En esta admiración y gratitud por el amor perdurable y fiel del otro cónyuge, uno puede ver a Cristo, que amó hasta el extremo. Uno puede también reconocer a Cristo obrando en uno mismo como cónyuge.
¿Y qué hay de la expresión física del amor conyugal? Las parejas casadas nos dicen que en ciertos momentos de la vida conyugal las relaciones sexuales no parecen tan satisfactorias como una vez lo parecieron, y las parejas en esta situación pueden llegar a pensar que han fracasado en la única cosa que nuestra cultura secular nos dice ser esencial. Puede parecer insensato o deprimente persistir en un matrimonio que ha llegado a parecer frustrante. Sin embargo, la versión consumista del sexo es la que está vacía y es inevitablemente frustrante, y eso en último término acaba sofocando la vida sexual.
Los seres humanos alcanzan su más profunda realización sólo con la participación en la vida divina de la Trinidad, que viene a través de la participación en el amor que se da de sí y se derrama del corazón atravesado de Cristo en la Cruz. Esta realización es exactamente lo que ofrece el sacramento del matrimonio.
La claridad de una promesa de amor hasta el extremo hace posible que los cónyuges, en Cristo, alcancen una intimidad en que hay confianza en vez de pena. Dejando atrás los placeres lujuriosos y egocéntricos de nuestra cultura, uno puede encaminarse, en Cristo, hacia el descubrimiento de una intimidad que sea profundamente satisfactoria porque es una participación en el don íntimo que Cristo hace de sí mismo.
84 Véase FC, núm. 17.
85 FC, núm. 17.