Desafíos fundamentales a la naturaleza y propósitos del matrimonio

Reconocemos que las parejas enfrentan muchos desafíos para construir y mantener un matrimonio sólido. En la sociedad contemporánea las condiciones no siempre apoyan el matrimonio. Por ejemplo, muchas parejas se debaten por equilibrar las responsabilidades del hogar y del trabajo; otras soportan serias cargas económicas y sociales.

Sin embargo, algunos desafíos son fundamentales en el sentido de que van dirigidos al significado y a los propósitos mismos del matrimonio. Aquí queremos discutir cuatro de tales desafíos: los anticonceptivos, las uniones del mismo sexo, el divorcio y la cohabitación.

1. Los anticonceptivos

Tal como el matrimonio en su conjunto tiene dos propósitos inseparables, lo mismo es cierto del acto más simbólico y expresivo del matrimonio en su conjunto, a saber, el acto sexual. La enseñanza de la Iglesia habla de una “inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”.22

A veces uno escucha decir que mientras el matrimonio en su conjunto esté abierto a tener hijos, cada acto sexual individual no tiene que serlo. De hecho, sin embargo, un matrimonio sólo está abierto a la procreación en la medida en que cada acto sexual lo está, porque todo el significado del matrimonio está presente y está expresado en cada acto conyugal. Cada acto conyugal significa, encarna y renueva la alianza conyugal original y permanente entre marido y mujer. Esto es lo que hace que el acto sexual sea exclusivamente un acto matrimonial. Realizar el acto matrimonial es hablar el “lenguaje del cuerpo”, como lo llama el papa Juan Pablo II, un lenguaje de comunión personal en completa y mutua autodonación.23

La mutua promesa de los cónyuges de amor y fidelidad para toda la vida dota a este acto de la claridad de una intención explícitamente declarada que posibilita que se hable el lenguaje del cuerpo. Es intención de ambos cónyuges fundirse de por vida como “una sola carne”, en un don de sí completamente mutuo que da su voz al lenguaje del cuerpo. En cada acto matrimonial, esta intención está significada, o “hablada”. Cada acto matrimonial significa la agradecida apertura a todos los dones de Dios. Cuando el acto significa esta agradecida apertura, uno se da a sí mismo completamente, sin vergüenza alguna (véase Gn 2:25).

Intervenir deliberadamente, mediante el uso de prácticas anticonceptivas, para cerrar al acto sexual la posibilidad de la procreación es una manera de separar el significado unitivo del matrimonio del significado procreador. Esto está objetivamente mal en y de sí mismo, y es esencialmente opuesto al plan de Dios para el matrimonio y el desarrollo humano verdadero. Hace que el acto sexual signifique, o hable, algo menos que el don sin reservas de uno mismo conllevado en los votos matrimoniales. El lenguaje del cuerpo que busca expresar el don de sí mismo se mezcla con otro mensaje, un mensaje contrario, a saber, la negativa a darse uno mismo enteramente. De este modo se falsifica el significado unitivo de ese lenguaje.24

“Al usar anticonceptivos”, las parejas casadas “pueden pensar que están evitando problemas o calmando tensiones, que están ejerciendo control sobre sus vidas”.25 Al mismo tiempo, pueden pensar que no están haciendo ningún daño a sus matrimonios. En realidad, la separación deliberada de los significados procreador y unitivo del matrimonio tiene el potencial de dañar o destruir el matrimonio. Además, produce muchas otras consecuencias negativas, tanto personales como sociales.

El amor conyugal se ve disminuido cuando la unión de marido y mujer se reduce a un medio de autogratificación. La capacidad procreadora de varón y mujer se deshumaniza, se reduce a una especie de tecnología biológica interna que uno domina y controla tal como cualquier otra tecnología. El papa Pablo VI advierte contra el hecho de tratar las facultades sexuales como simplemente una tecnología más que controlar:

Usufructuar el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio”.26

La capacidad procreadora de hombre y mujer no debe ser tratada como sólo otro medio tecnológico, como sucede también con la fertilización in vitro (FIV) o la clonación. Cuando eso sucede, la vida humana misma se degrada porque se convierte, cada vez más, en algo producido o fabricado de diversas maneras, maneras que sólo se multiplicarán a medida que la ciencia avance. Los hijos empiezan a ser vistos menos como dones recibidos en una comunión personal de darse mutuamente, y cada vez más como una elección de estilo de vida, una mercancía a los que todos los consumidores tienen derecho. Lo que está en juego aquí es en verdad la cuestión de la dignidad de la vida humana. En este contexto, la advertencia del papa Pablo VI parece profética en retrospectiva:

Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. . . [y con ello] los verdaderos valores humanos.27

Finalmente, vivir conforme a los designios de Dios para el amor y la vida no significa que las parejas casadas no puedan planificar sus familias. El principio de paternidad responsable describe la forma en que los cónyuges pueden trabajar con el don de la fertilidad dado por Dios. Con base en “el orden moral objetivo, establecido por Dios”, los cónyuges pueden reconocer “plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad” al decidir cuándo tratar de lograr un embarazo o concluir que hay razones suficientemente serias para justificar posponerlo.28 Hoy en día, la Iglesia está particularmente bendecida con el hecho de que ya existan métodos científicos viables de planificación familiar natural en apoyo de una paternidad responsable.

Los métodos de planificación familiar natural (PFN) representan una planificación familiar auténtica. Pueden usarse tanto para lograr como para posponer un embarazo. La PFN hace uso de la abstinencia periódica de las relaciones sexuales con base en la observación de las señales naturales de fertilidad de la mujer, a fin de espaciar los partos o limitar el número de hijos cuando hay una razón seria para hacerlo. Los métodos de PFN requieren que las parejas aprendan, acepten y vivan con las maravillas de cómo Dios las hizo. Esto es esencialmente diferente de los anticonceptivos.

La apertura a la procreación en el acto conyugal implica “reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana”.29 Usar la tecnología de los anticonceptivos es un intento de ser tales árbitros. Por el contrario, las parejas que usan métodos de PFN no hacen nada por alterar el acto conyugal. En vez de ello, se abstienen de las relaciones conyugales durante la parte del ciclo menstrual de la mujer en que es más probable la concepción. Esta práctica fomenta en las parejas una actitud de respeto y maravilla ante la vida humana, que es sagrada. Fomenta también un profundo respeto por el otro cónyuge, lo cual es necesario para el mutuo disfrute de una auténtica intimidad.

Como observa el papa Juan Pablo II, toda pareja que trate de vivir esta apertura a la procreación encontrará que requiere un amor sacrificial.30 En ciertos momentos difíciles de la vida, el significado procreador del matrimonio parece estar reñido con el significado unitivo. Aunque en verdad nunca puede ser así, preservar la unidad puede en algunos casos requerir un considerable sacrificio de parte de las parejas. Éstas deben cobrar ánimo con las palabras animadoras de san Pablo de que Dios no nos probará más allá de lo que podamos soportar: “Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas. Antes bien, junto con la tentación os proporcionará el modo de poderla resistir con éxito” (1 Co 10:13, NBJ).

2. Las uniones del mismo sexo1. Los anticonceptivos

Uno de los hechos más preocupantes suscitados por la cultura contemporánea es la proposición de que personas del mismo sexo pueden “casarse”. Esta propuesta intenta redefinir la naturaleza del matrimonio y de la familia y, como resultado, daña tanto la dignidad intrínseca de cada persona humana como el bien común de la sociedad.

El matrimonio es una unión única, una relación diferente de todas las demás. Es el lazo permanente entre un hombre y una mujer cuya comunión de personas en que dos se hacen una sola carne es un bien indispensable en el corazón de cada familia y de cada sociedad. Las uniones del mismo sexo son incapaces de hacer realidad esta comunión específica de personas. Por consiguiente, intentar redefinir el matrimonio para que incluya tales relaciones vacía el término de su significado, pues excluye la complementariedad esencial entre hombre y mujer, tratando la diferencia sexual como si fuera irrelevante para lo que es el matrimonio.

La complementariedad entre varón y mujer es intrínseca al matrimonio. Está ordenada naturalmente hacia la unión auténtica y la generación de nueva vida. Los hijos están destinados a ser el don de la unión permanente y exclusiva de marido y mujer. Un hijo debe tener una madre y un padre. La verdadera naturaleza del matrimonio, vivido en apertura a la vida, es testimonio del precioso don que constituye un hijo o una hija y de los roles únicos de la madre y del padre. Las uniones del mismo sexo son incapaces de tal testimonio. En consecuencia, hacerlas equivalentes al matrimonio hace caso omiso de la naturaleza misma del matrimonio.31

Jesús enseña que el matrimonio es entre un hombre y una mujer. “¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer. . . ‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa’?” (Mt 19:4-6).

Al intentar redefinir el matrimonio para que incluya o se le haga análogo con las alianzas homosexuales, la sociedad está afirmando que la unión permanente de marido y mujer, el patrón único del amor esponsal y familiar, y la generación de nueva vida son ahora sólo de relativa importancia en vez de ser fundamentales para la existencia y bienestar de la sociedad en su conjunto.

Hoy en día, el abogar por el reconocimiento legal de diversas relaciones del mismo sexo suele ser igualado con la no discriminación, justicia, equidad y los derechos civiles. Sin embargo, no es injusto oponerse al reconocimiento legal de las uniones del mismo sexo, porque el matrimonio y las uniones del mismo sexo son realidades esencialmente diferentes. “No atribuir el estatus social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son ni pueden ser matrimoniales no se opone a la justicia, sino que, porel contrario, es requerido por ésta”.32 Promover y proteger el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer es en sí mismo una cuestión de justicia. De hecho, sería una grave injusticia que el Estado ignorase el lugar único y apropiado de esposos y esposas, el lugar de madres y padres, y especialmente los derechos de los hijos, que merecen de la sociedad orientación clara a medida que llegan a la madurez sexual. En verdad, sin esta protección el Estado, de hecho, privaría intencionalmente a los hijos del derecho a una madre y un padre.

La Iglesia defiende la dignidad humana de las personas homosexuales, que han de “ser [acogidas] con respeto, compasión y delicadeza”.33 Asimismo, alienta a todas las personas a tener relaciones castas. “La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo. Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien para todos”.34

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que los actos homosexuales “son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”.35

Todas las personas deben disfrutar de derechos humanos básicos. Esto puede y debe hacerse sin sacrificar el cimiento de la sociedad que es el matrimonio y la familia, y sin violar la libertad religiosa de personas e instituciones.

El reconocimiento legal de las uniones del mismo sexo plantea una amenaza multifacética a la estructura misma de la sociedad, atacando la fuente de la que provienen la sociedad y la cultura y a la que éstas deben servir. Tal reconocimiento afecta a todas las personas, casadas y no casadas: no sólo en los planos fundamentales del bien de los cónyuges, el bien de los hijos, la dignidad intrínseca de cada persona humana y el bien común, sino también en los planos de la educación, la imaginación e influencia cultural, y la libertad religiosa.

3. El divorcio

Por su misma naturaleza, el matrimonio está destinado a ser una unión y alianza para toda la vida. La fidelidad hasta la muerte es aquello a lo que aspiran las parejas y lo que se prometen mutuamente. Por tanto, el divorcio “pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte”.36 Además, Jesús mismo enseña que el divorcio no concuerda con la naturaleza vinculante del matrimonio como es la intención del Creador (véase Mt 19:3-9).

El conflicto, las disputas y los malentendidos pueden encontrarse en todos los matrimonios. Ellos reflejan el impacto del Pecado Original, que “trastornó la comunión original entre hombre y mujer”.37 Reflejan también las tensiones modernas sobre el matrimonio: el conflicto entre el trabajo y el hogar, las penurias económicas y las expectativas sociales.

No obstante, el plan de Dios para el matrimonio persiste, y él sigue ofreciendo misericordia y gracia curativa. Los obispos exhortamos a las parejas en crisis a acudir al Señor en busca de ayuda. Las animamos también a hacer uso de los muchos recursos, incluyendo programas y ministerios ofrecidos por la Iglesia, que pueden ayudar a salvar matrimonios, incluso los que atraviesan serias dificultades.

En algunos casos, el divorcio puede ser la única solución a una situación moralmente inaceptable. Un ejemplo específico es un hogar en que la seguridad de uno de los cónyuges y de los hijos está en riesgo. Como obispos católicos de Estados Unidos, reiteramos lo que dijimos en nuestro mensaje pastoral sobre violencia doméstica, Cuando pido ayuda, a saber, que nadie está obligado en un matrimonio a mantener vida en común con un cónyuge abusivo.38 Queremos asegurar a las personas que están atrapadas en la tragedia de un matrimonio abusivo que la Iglesia está comprometida a ofrecerles apoyo y asistencia.

Comprendemos el dolor de aquéllos para quienes el divorcio pareció ser el único recurso. Los exhortamos a hacer uso frecuente de los sacramentos, especialmente los sacramentos de la sagrada Eucaristía y la reconciliación. Ofrecemos también nuestro aliento a aquéllos que se han divorciado y han vuelto a casarse por lo civil. Aunque la Iglesia no puede reconocer estas uniones ulteriores como matrimonios válidos, espera que las personas en esta situación participen en la vida parroquial y asistan a la Eucaristía dominical, incluso sin recibir el sacramento.

Animamos a las personas divorciadas que desean casarse en la Iglesia Católica a buscar consejo sobre las opciones que existen para remediar su situación, incluyendo la conveniencia de una declaración de nulidad cuando ya no haya ninguna esperanza de reconciliación de los cónyuges. Tal declaración es una constatación por parte de un tribunal, o corte, eclesiástico, de que no se formó ningún lazo matrimonial válido porque los requisitos para el consentimiento válido no se cumplieron en el momento de la boda. Si se otorga una declaración de nulidad, y no hay otras restricciones, ambos están libres de casarse en la Iglesia Católica. Aunque el propósito de este proceso canónico es determinar si verdaderamente existió o no un lazo matrimonial, el proceso no obstante puede muchas veces llevar a la curación y cierre de una parte dolorosa del pasado de una persona.

4. La cohabitación sin matrimonio

Hoy muchas parejas viven juntas en una relación sexual sin el beneficio del matrimonio. Muchas parejas convivientes creen que su deseo recíproco justifica la relación sexual. Esta creencia refleja una comprensión errónea del propósito natural del acto sexual humano, que sólo puede realizarse en el compromiso permanente del matrimonio. El acto sexual tiene por objeto expresar el total e irrestricto don de uno mismo que tiene lugar en el amor conyugal. Tener relaciones sexuales fuera de la alianza matrimonial es gravemente inmoral porque comunica físicamente el don de uno mismo a otro cuando, al mismo tiempo, uno no está dispuesto o no puede asumir un compromiso total y permanente.

Las parejas ofrecen diversas razones para cohabitar, que van desde la economía hasta la conveniencia. Con frecuencia han aceptado la difundida creencia de la sociedad de que la cohabitación premarital es una prudente manera de determinar si son verdaderamente compatibles. Creen que necesitan un período de prueba antes de proceder al compromiso del matrimonio, que es para toda la vida.

Sin embargo, la investigación de las ciencias sociales encuentra que la cohabitación no tiene efectos positivos sobre un matrimonio. 39 En algunos casos, la cohabitación puede en verdad dañar las oportunidades de una pareja de tener un matrimonio estable. Lo más importante, no obstante, es que la cohabitación “implica el pecado serio de la fornicación. No se conforma al designio de Dios para el matrimonio y es siempre mala y objetivamente pecaminosa”.40

Es claro que no hay sustituto para el compromiso del matrimonio, vinculante y para toda la vida, y, por definición, no hay ciertamente ninguna manera de “probar”. Sólo el compromiso público y legal del matrimonio expresa el completo don de uno mismo que es la base del matrimonio.41 Negarse al compromiso pleno del matrimonio expresa algo distintivamente menos que la confianza incondicional requerida para darse completamente a sí.42 En la esencia de la cohabitación está la renuencia o rechazo a asumir un compromiso público y permanente. Los jóvenes deben desarrollar la virtud requerida para mantener un compromiso tan elevado.

La cohabitación puede también tener impactos negativos sobre los hijos. Muchas parejas convivientes traen hijos a la relación, o nacen hijos de la relación. La naturaleza inestable de la cohabitación pone a estos hijos en riesgo. Con respecto al bien de los hijos, un matrimonio estable entre los padres es “el ámbito de por sí más humano y humanizador para la acogida de los hijos: aquél que más fácilmente presta una seguridad afectiva, aquél que garantiza mayor unidad y continuidad en el proceso de integración social y de educación”.43 Las constataciones de las ciencias sociales confirman que el mejor entorno para criar hijos es un hogar estable constituido por el matrimonio de sus padres.44

Tal como las familias prestan un servicio invalorable a la sociedad, la sociedad tiene la obligación recíproca de proteger y apoyar a las familias. El Concilio Vaticano II afirma que el bienestar de la sociedad está ligado estrechamente a matrimonios y familias saludables.45 El Catecismo de la Iglesia Católica explica:

La familia es la “célula original de la vida social”. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad.46


22 HV, núm. 12; CIC, núm. 2366.

23 Véase, por ejemplo, papa Juan Pablo II, Audiencias Generales, 5 y 26 de enero de 1983.

24 Véase FC, núm. 32; véase también CIC, núm. 2370.

25 USCCB, El amor matrimonial y el don de la vida (Washington, DC: USCCB, 2006), 17.

26 HV, núm. 13.

27 HV, núms. 18 y 23, citando al papa Juan XXIII, Sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana (Mater et Magistra), 1961.

28 HV, núm. 10.

29 HV, núm. 13.

30 Véase FC, núm. 3.

31 Véase USCCB, Entre hombre y mujer: Preguntas y respuestas sobre el matrimonio y las uniones del mismo sexo (Washington, DC: USCCB, 2003).

32 Congregación para la Doctrina de la Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (2003) (www.vatican. va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_ homosexual-unions_sp.html), núm. 8.

33 CIC, núm. 2358.

34 CIC, núm. 2347.

35 CIC, núm. 2357.

36 CIC, núm. 2384.

37 USCCB, Catecismo católico de los Estados Unidos para los adultos (Washington, DC: USCCB, 2007), 303.

38 Véase USCCB, Cuando pido ayuda: Una respuesta pastoral a la violencia doméstica contra la mujer (Washington, DC: USCCB, 2002), 11.

39 Véase David Popenoe y Barbara Dafoe Whitehead, “Should we live together?” [¿Debemos vivir juntos?] (2002) (marriage.rutgers.edu/publicat.htm). Sólo en inglés.

40 Catecismo católico de los Estados Unidos para los adultos, 435.

41 Véase Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y “uniones de hecho” (2001) (www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/family/documents/rc_pc_family_ doc_20001109_de-facto-unions_sp.html), núm. 25.

42 Véase Familia, matrimonio y “uniones de hecho”, núm. 25.

43 Familia, matrimonio y “uniones de hecho”, núm. 26.

44 Véase Institute for American Values, “Why Marriage Matters: Twenty-Six Conclusions from the Social Sciences” [“Por qué el matrimonio es importante: 26 conclusiones de las ciencias sociales”] (www.americanvalues.org/html/r-wmm.html). Sólo en inglés.

45 Véase GS, núm. 47.

46 CIC, núm. 2207.

 
 
Imprimir esta pagina