Los dos fines o propósitos del matrimonio
Las dos historias de la creación del libro del Génesis comunican dos verdades importantes sobre la identidad de hombre y mujer y la relación entre ellos. En el primer relato, Dios crea tanto al varón como a la mujer al mismo tiempo y a la divina imagen. Este acto completa la El matrimonio tiene dos fines o propósitos fundamentales hacia los cuales se orienta, o sea, el bien de los cónyuges así como la procreación de hijos. Por consiguiente, la Iglesia enseña que el matrimonio es tanto unitivo como procreador, y que no se pueden separar ambas cosas.
Unitivo
La teología del cuerpo del papa Juan Pablo II considera que el cuerpo humano tiene un significado esponsal. Esto quiere decir que el cuerpo humano por su misma naturaleza significa que los humanos estamos dirigidos a relacionarnos, que hemos de buscar la unión con otros. Pues es sólo al relacionarnos que logramos una verdadera plenitud como comunión de personas. Antes que Eva fuera creada, Adán estaba solo. Su gozo al percibir a Eva indicó que con Eva logró la “unidad original” que la naturaleza humana busca. Dios hizo claramente a los seres humanos para amar y ser amados, para vivir en relaciones en que el acto de darse a sí y recibir al otro se vuelve completo.
En este contexto, la palabra “original” significa no sólo que estas experiencias se remontan al alba de la historia humana sino que, lo más importante, son clave para comprender nuestras experiencias humanas más básicas. La experiencia de Adán y Eva habla poderosamente de nuestra búsqueda no sólo para comprendernos a nosotros mismos sino también para amar y ser amados, para vivir una relación de amor con una persona del sexo opuesto.
Dios estableció el matrimonio a fin de que hombre y mujer pudieran participar en su amor y así darse desinteresadamente el uno al otro en amor. Un hombre y una mujer que por su acto de consentimiento no son ya dos sino una sola carne (véase Mt 19:6ss.) se brindan ayuda mutua y se sirven el uno al otro mediante una unión íntima de sus personas y de sus acciones.12
“Mi amado es para mí y yo para mi amado” (Ct 2:16; véase Ct 6:3). Con toda la dignidad y simplicidad de la poesía, la Novia en el Cantar de los Cantares canta sobre el significado unitivo del amor matrimonial.“Me has robado el corazón, hermana y novia mía. . . ¡Qué hermosos son tus amores!” (Ct 4:9-10, NBJ). Así responde el Novio del Cantar, abrumado con la maravilla del amor conyugal que le extiende la Novia.13 Éste es el amor que es tan fuerte como la muerte (véase Ct 8:6b).
Con igual belleza, Tobías ora con su esposa, Sara, en su noche de bodas, sobrecogido ante la misericordia del Dios de sus padres, esto es, el Dios de la alianza, al juntarlos en una unión de verdadero amor conyugal:
Bendito seas, Dios de nuestros padres y bendito sea tu nombre por los siglos de los siglos. Que te bendigan los cielos y todas tus creaturas por los siglos de los siglos. Tú creaste a Adán y le diste a Eva como ayuda y apoyo, y de ambos procede todo el género humano. Tú dijiste: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacer a alguien como él, para que lo ayude”. Ahora, Señor, si yo tomo por esposa a esta hermana mía, no es por satisfacer mis pasiones, sino por un fin honesto. Compadécete, Señor, de ella y de mí, y haz que los dos juntos vivamos felices hasta la vejez. (Tb 8:5-7)
El amor que es tan fuerte como la muerte es el amor que ora y alaba, asumido en el amor divino.14
Procreador
Es la naturaleza del amor desbordarse, ser vivificante. Por lo tanto, no es ninguna sorpresa que el matrimonio esté ordenado no sólo a crecer en el amor sino a transmitir la vida: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia”.15
El amor conyugal mismo está ordenado a la procreación de los hijos, pues, después de todo, el primer mandamiento dado a Adán y Eva es “sean fecundos y multiplíquense” (Gn 1:28). La oración de Tobías, incluso cuando pide una unión feliz y para toda la vida, recuerda que el género humano desciende de Adán y Eva. Su oración por la felicidad incluye ciertamente, si bien de modo implícito, una oración por la prole. De hecho, Dios envía a la pareja siete hijos (Tb 14:3) y les da larga vida (Tb 14:14). Una vez más, en palabras del Concilio Vaticano II:
Los hijos son el don más excelente del matrimonio. . . El cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.16
Los hijos son un don en un sinnúmero de maneras. Traen alegría incluso en medio de las penas; dan mayor dirección a la vida de sus padres. Los hijos, que son el fruto del amor y de un compromiso significativo, son una causa de amor y significado.
Es verdad que algunos matrimonios no terminarán en la procreación debido a infertilidad, aunque la pareja sea capaz de realizar el acto natural por el cual se produce la procreación. De hecho, esta situación suele llegar como una sorpresa y puede ser fuente de profunda desilusión, ansiedad e incluso gran sufrimiento para los esposos. Cuando tal tragedia afecta un matrimonio, una pareja puede verse tentada a pensar que su unión no está completa o verdaderamente bendecida. Esto no es cierto. La unión matrimonial de un hombre y una mujer es una comunión de personas única. Una pareja infértil sigue manifestando este atributo.
Aunque sus años fértiles hayan pasado, una pareja debe continuar afirmando la vida. Pueden hacer eso participando en la vida de los jóvenes, y especialmente sus nietos, como mentores espirituales, maestros y figuras de sabiduría. Pueden también seguir brindando sus cuidados mediante el ejercicio de la aten-ción a los necesitados, discapacitados o empujados a los márgenes de la sociedad, y con su apoyo o participación en obras de caridad y justicia.
12 Véase GS, núm. 48.
13 Véase papa Juan Pablo II, Audiencia General, 30 de mayo de 1984.
14 Véase GS, núm. 48: “El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino”.
15 GS, núm. 48; véase CIC, núm. 1652.
16 GS, núm. 50; véase CIC, núm. 1652.