La familia como iglesia doméstica

La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.64

Aunque el Hijo de Dios fue concebido en el vientre de la Virgen María, haciéndose hombre por el poder del Espíritu Santo, nació no obstante en una genuina familia humana. Aunque María fue su verdadera madre, José, como esposo de ella, fue el padre de Jesús a los ojos de la ley. Al vivir con María y José, Jesús aprendería a orar a su Padre celestial, a leer y estudiar las Escrituras, y en general a vivir como un devoto hombre judío. Jesús asistiría con su familia a la sinagoga local y haría el peregrinaje anual a Jerusalén para la Pascua. Al ser obediente a María y José, “Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres” (Lc 2:52). Dentro del contexto de su familia Jesús llegaría a conocer como hombre la voluntad de su Padre celestial, que lo había enviado al mundo a ser su Salvador y Redentor. Al contemplar la familia judía de José, María y Jesús, las personas hoy pueden comprender cómo esta Sagrada Familia es en verdad el modelo y fuente de inspiración para todas las familias cristianas.

Desde los primeros días de la Iglesia, familias y hogares enteros han encontrado salvación en Jesús. Cornelio, el primer gentil cristiano, fue avisado por un ángel a que mandara por Pedro, pues “lo que él te diga, te traerá la salvación a ti y a toda tu familia” (Hch 11:14). Pablo y Silas predicaron el Evangelio a su ex carcelero y su familia. “Enseguida se bautizó él con todos los suyos” (Hch 16:33). En Corinto, “Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor, junto con toda su familia” (Hch 18:8). El Catecismo de la Iglesia Católica afirma, “Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente”.65 Tal como las primeras familias cristianas eran islotes de fe en su tiempo, así las familias católicas hoy son llamadas a ser rayos de luz, “faros de una fe viva e irradiadora”.66

A través del sacramento del matrimonio, las parejas cristianas son configuradas al amor de Cristo por la Iglesia. Debido a esta participación en el amor de Cristo, la comunión de personas formadas por la pareja casada y su familia es una especie de microcosmos de la Iglesia. Por esta razón, el Concilio Vaticano II emplea la antigua expresión “iglesia doméstica”, ecclesia domestica, para describir la naturaleza de la familia cristiana.67 La familia es llamada una “iglesia doméstica” porque es una pequeña comunión de personas que recibe su sustento de la comunión más grande que es el Cuerpo de Cristo en su conjunto, la Iglesia, y a la vez refleja la vida de la Iglesia en cuanto que constituye una especie de resumen de ella.

El papa Juan Pablo II afirma, “Una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse ‘Iglesia doméstica’”.68 Tal como la Iglesia es una comunidad de fe, esperanza y amor, así la familia cristiana, como la iglesia doméstica,está llamada a ser una comunidad de fe, esperanza y amor. Mediante esta fe, esperanza y amor, Jesús, por el poder de su Espíritu Santo, habita en cada familia cristiana, como habita dentro de la Iglesia en su conjunto, y derrama el amor de su Padre dentro de ella. Cada matrimonio entre cristianos engendra una iglesia doméstica, aunque los matrimonios entre dos católicos reflejan más plenamente la vida de la Iglesia, porque ordinariamente sólo las parejas católicas pueden participar plenamente en los sacramentos de la Iglesia, incluyendo la Eucaristía.69

Aunque todos los miembros de la familia están llamados a vivir las virtudes cristianas fundamentales, los padres y las madres tienen una especial responsabilidad por fomentar estas virtudes dentro de sus hijos. Ellos son los primeros en proclamar la fe a sus hijos. Ellos son responsables de alimentar la vocación de cada hijo, mostrando con el ejemplo cómo vivir la vida conyugal, y poniendo cuidado especial si un hijo pudiera ser llamado al sacerdocio o la vida consagrada.70

Los padres no sólo presentan a sus hijos al bautismo, sino que, habiéndolo hecho, se tornan los primeros evangelizadores y maestros de la fe.71 Ellos evangelizan enseñando a sus hijos a orar y orando con ellos. Llevan a sus hijos a misa y les enseñan relatos bíblicos. Les muestran cómo obedecer los mandamientos de Dios y vivir una vida cristiana de santidad. Las escuelas católicas, los programas de educación religiosa y los recursos católicos de enseñanza en casa pueden ayudar a los padres a cumplir con estas obligaciones.

Cooperando juntos, con la ayuda del Espíritu Santo, los padres cultivan las virtudes dentro de cada uno de sus hijos y dentro de su familia en su conjunto: amor, alegría, paz, generosidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo (véase Ga 5:22-23). El Catecismo de la Iglesia Católica, citando el Concilio Vaticano II, enfatiza que la familia, como iglesia doméstica, recibe su fortaleza y su vida participando en la vida y el culto de la Iglesia mayor de la que es parte:

Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, “en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras” (LG, núm. 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y “escuela del más rico humanismo” (GS, núm. 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.72

A medida que se sumerge cada vez más profundamente dentro de la vida de la Iglesia una familia madura como iglesia doméstica. Esto significa especialmente que los padres y las madres, con su ejemplo y enseñanza, ayudan a sus hijos a llegar a una apreciación de la necesidad de una continua conversión y arrepentimiento del pecado, alentando un amor por el sacramento de la reconciliación y la participación en él.

Además, puesto que es la presencia de Cristo dentro de la familia lo que la hace de verdad una iglesia doméstica, su participación en la Eucaristía, especialmente la Eucaristía del domingo, es particularmente importante. En la Eucaristía, la familia se une al sacrificio de Jesús al Padre por el perdón de los pecados. Asimismo, es al recibir la Sagrada Comunión que los miembros de la familia están más plenamente unidos al Cristo vivo y glorioso y así unos a otros y a sus hermanos y hermanas del mundo entero. Es aquí, en el Cristo resucitado y eucarístico, que esposos, padres e hijos expresan y cultivan con máxima plenitud el amor del Padre y el vínculo del Espíritu.

Aunque los cónyuges cristianos en un matrimonio mixto (esto es, entre un católico y una persona bautizada que no es católica) no comparten ordinariamente la Eucaristía,73 están llamados a dar “testimonio de la universalidad del amor de Dios que triunfa sobre las divisiones”.74

Estas familias pueden experimentar las heridas de la división cristiana, y sin embargo pueden también contribuir a la sanación de dichas heridas. Cuando los dos cónyuges viven juntos en paz, constituyen un recordatorio a todos los cristianos de que es posible el progreso hacia la unidad por la que Cristo oró. Por tanto, los matrimonios mixtos pueden hacer una contribución importante a la unidad cristiana. Esto es especialmente cierto “cuando los dos cónyuges son fieles a sus deberes religiosos. El bautismo común y el dinamismo de la gracia procuran a los esposos, en estos matrimonios, la base y las motivaciones para compartir su unidad en la esfera de los valores morales y espirituales”.75

A veces los católicos contraen matrimonios válidos con personas de otras religiones que no profesan la fe en Cristo. Como tales matrimonios pueden hacer más difícil la perseverancia de un católico en la fe, se pide a la parte católica, después de mucho discernimiento con su futuro cónyuge en cuanto a la conveniencia de que contraigan matrimonio, que obtenga una dispensa para casarse en la Iglesia. Tal matrimonio con una persona no bautizada no es un sacramento, aunque las partes sí se comprometan a la fidelidad, la permanencia y la apertura a los hijos.

Es importante reconocer las presiones religiosas y culturales que a veces hacen difícil que la parte católica comparta su fe con los hijos. La parte católica debe tomar seriamente las obligaciones impuestas por la fe, especialmente con respecto a la crianza religiosa de los hijos. La Iglesia requiere que la parte católica sea fiel a su fe y que “prometa sinceramente que hará cuanto le sea posible”76 para que los niños sean bautizados y criados en la fe católica. El cónyuge no católico debe ser informado en su momento “sobre las promesas que debe hacer la parte católica, de modo que conste que es verdaderamente consciente de la promesa y de la obligación de la parte católica”.77

En Estados Unidos, los matrimonios entre personas de religiones distintas se han vuelto cada vez más comunes. Al reconocer que otras comunidades confesionales consideran el matrimonio como una institución sagrada que contribuye a la edificación de la civilización, la Iglesia Católica advierte a la misma vez que estas uniones enfrentan desafíos particulares que deben ser asumidos con realismo y confianza en la gracia de Dios.


63 Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 93, art. 3, en Fathers of the English Dominican Province [Padres de la Provincia Dominica Inglesa] (New York: Benziger Brothers, 1947). Versión del traductor.

64 CIC, núm. 2205.

65 CIC, núm. 1655.

66 CIC, núm. 1656.

67 Véase Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium [LG]) (www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vatii_ const_19641121_lumen-gentium_sp.html), núm. 11.

68 FC, núm. 21.

69 Véanse CDC, c. 844; Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el ecumenismo (www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/chrstuni/general-docs/rc_pc_chrstuni_doc_19930325_directory_en.html), núms. 125, 131.

70 Véase LG, núm. 11.

71 Véanse CDC, cc. 226 §2, 774 §2, 793, 867 §1, 1125 1°; CCIO, cc. 618, 627, 686 §1,
814 1°.

72 CIC, núm. 1657.

73 Véanse CDC, c. 844; Directrices para la aplicación de principios y normas sobre el ecumenismo, núms. 125, 131.

74 USCCB, Sigan el camino del amor: Un mensaje pastoral a la familia (Washington, DC: USCCB, 1993).

75 FC, núm. 78.

76 CDC, c. 1125 1°.

77 CDC, c. 1125 2º.

 

 
 
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