INTRODUCCIÓN:
La bendición y el don del matrimonio
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales. (Ef 1:3)
Entre las muchas bendiciones con que Dios nos ha colmado en Cristo está la bendición del matrimonio, un don conferido por el Creador desde la creación del género humano. Su mano ha grabado la vocación al matrimonio en la naturaleza misma del hombre y la mujer (véanse Gn 1:27-28, 2:21-24).
Oh Dios, que unes a la mujer y al varón y otorgas a esta unión, establecida desde el principio, la única bendición que no fue abolida ni por la pena del pecado original, ni por el castigo del diluvio.1
El pecado original introdujo el mal y el desorden en el mundo. Como consecuencia de la ruptura con Dios, este primer pecado quebró la comunión original entre el hombre y la mujer. No obstante, la bendición original del matrimonio nunca fue revocada.
Jesucristo no sólo ha restablecido la bendición original en su plenitud, sino que la ha elevado al hacer del matrimonio entre cristianos bautizados un signo sacramental de su propio amor por la Iglesia, como escuchamos proclamar en la liturgia nupcial:
Señor. . . para revelarnos el designio de tu amor, quisiste dejarnos en el amor de los esposos una imagen de la alianza que hiciste con tu pueblo, a fin de que, completado con el sacramento, en la unión conyugal de tus fieles, quedara patente el misterio nupcial de Cristo y de la Iglesia.2
Aunque el matrimonio es una bendición especial para los cristianos debido a la gracia de Cristo, es también una bendición y don natural para todos en todo tiempo y cultura. Es una fuente de bendición para la pareja, para sus familias y para la sociedad, e incluye el maravilloso don de co-crear la vida humana. De hecho, como el papa Juan Pablo II nunca se cansó de recordarnos, el futuro de la humanidad depende del matrimonio y la familia.3 Es precisamente tal convicción lo que nos ha llevado a nosotros, los obispos católicos de Estados Unidos, a escribir esta carta pastoral.
Nos regocija ver que tantas parejas viven fieles a su compromiso conyugal. Les agradecemos por proclamar en su vida diaria la belleza, bondad y verdad del matrimonio. De incontables maneras, tanto ordinarias como heroicas, en los buenos tiempos y en los malos, somos testigos del don y bendición que ellas han recibido de la mano de su Creador. Asimismo, estamos agradecidos por todos los que trabajan con los jóvenes y con las parejas comprometidas para establecer buenos matrimonios, que ayudan a las parejas casadas a crecer en el amor y fortalecer su unión, y que ayudan a las que pasan por crisis a resolver sus problemas y traer sanación a sus vidas.
Al mismo tiempo, nos preocupa el hecho de que demasiadas personas no comprendan lo que significa decir que el matrimonio —como institución natural a la vez que como sacramento cristiano— es una bendición y un don de Dios. Observamos, por ejemplo, que algunas personas estiman el matrimonio como un ideal pero pueden ser renuentes a asumir el compromiso concreto necesario para contraerlo y sostenerlo. Algunos más bien eligen vivir en relaciones de cohabitación que pueden o no llevar al matrimonio, y que pueden ir en detrimento del bienestar de ellos mismos y de los hijos que llegasen.
Además, la incidencia de divorcios sigue siendo elevada. Las sanciones sociales y las barreras legales para que alguien termine con su matrimonio han desaparecido casi por completo, y los efectos negativos del divorcio sobre los hijos, las familias y la comunidad se han hecho más visibles en las últimas décadas.
Nos suscita alarma ver que la responsabilidad de una pareja de servir a la vida estando abierta a los hijos está siendo negada y abandonada con mayor frecuencia en estos tiempos. Las parejas, muy a menudo, reflejan no comprender los propósitos del matrimonio. Se está perdiendo la creencia en el valor de dichos propósitos cuando las parejas abordan fácilmente, como opciones separadas, las decisiones de casarse y de tener hijos. Esto indica una mentalidad en que los hijos no son vistos como parte integral del matrimonio sino como algo opcional. Cuando los hijos son vistos de esta manera, pueden producirse consecuencias perjudiciales no sólo para ellos sino también para el matrimonio mismo.
Observamos hoy una inquietante tendencia a ver el matrimonio como un asunto mayormente privado, un proyecto individualista no relacionado con el bien común sino orientado principalmente a lograr satisfacción personal. Finalmente, los obispos nos sentimos obligados a manifestarnos contra todo intento de redefinir el matrimonio de modo que no sea ya exclusivamente la unión de un hombre y una mujer como Dios lo estableció y como lo bendijo en el orden natural de la creación.
Las oportunidades y urgencias del momento actual son muchas y variadas. Hace casi treinta años, el papa Juan Pablo II convocó a la Iglesia a afrontar un desafío que se ha vuelto más importante aún hoy en día:
En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios.4
La tarea de proclamación a la que se refiere el Santo Padre es una tarea que los obispos ejercemos hoy como maestros y pastores, específicamente en esta carta pastoral. Dirigimos la carta pastoral primero y sobre todo a los fieles católicos de Estados Unidos. Los exhortamos a resistir todos los ataques contra el matrimonio y defender el significado, dignidad y santidad del matrimonio y la familia. Asimismo, en espíritu de testimonio y de servicio, ofrecemos nuestro mensaje a todos los hombres y mujeres con la esperanza de inspirarles a adoptar esta enseñanza.
Buscamos que esta carta pastoral constituya una base teológica y doctrinal. Puede ser un recurso para ayudar y alentar a los que están avanzando hacia el matrimonio, a los que están viajando en la vida de casados, y a los que están acompañando y ayudando a quienes están llamados a la vocación al matrimonio.
Nuestra carta pastoral presenta las creencias y enseñanzas de la Iglesia Católica —impregnadas de la razón humana e iluminadas por la Divina Revelación— que resumen y expresan el plan de Dios para el matrimonio. Este plan divino, como el don del matrimonio mismo, es algo que recibimos, no algo que elaboramos o cambiamos para adaptarlo a nuestros propósitos. Es un cimiento firme, una guía veraz, una luz confiable para el camino. Pues todos los que buscan encontrar significado en su matrimonio lo encontrarán cuando estén abiertos a aceptar el transcendente significado del matrimonio de conformidad con el plan de Dios. Sobre esta búsqueda de significado y verdad, el papa Benedicto XVI escribe:
Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros.5
Nuestra carta pastoral es una invitación para descubrir, o tal vez redescubrir, la bendición dada cuando Dios estableció por primera vez el matrimonio como una institución natural, y cuando Cristo lo restableció y lo elevó como un signo sacramental de salvación.
1 Ritual del matrimonio (Washington, DC: Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos; Chicago, IL: Liturgy Training Publications; Yonkers, NY: Magnifi cat; Collegeville, MN: Liturgical Press, de próxima aparición), núm. 74. Todos los textos subsiguientes del Ritual del matrimonio se refi eren a esta edición.
2 Ritual del matrimonio, núm. 207.
3 Véase papa Juan Pablo II, Sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual (Familiaris Consortio [FC]) (1982) (www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_ exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio_sp.html), núm. 75: “El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia”. Véase también FC, núm. 86.
4 FC, núm. 3.
5 Papa Benedicto XVI, La caridad en la verdad (Caritas in Veritate) (Washington, DC: Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos [USCCB, por sus siglas en inglés], 2009), núm. 1.