El crecimiento hacia la perfección
Algunos podrían objetar que crecer en la virtud —ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto— es una visión irrealista para las parejas casadas. Después que se casan, las parejas siguen siendo ellas mismas, con todos sus defectos y fallas personales. Los sacramentos, cada uno a su propia manera, sí nos configuran realmente al amor de Cristo revelado en su Pasión, Muerte y Resurrección (el Misterio Pascual), pero no traen perfección al instante.
En el bautismo todos nosotros nos liberamos plenamente del pecado. Recibimos una nueva identidad: “Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros”.92 Y sin embargo, con el bautismo nuestro camino espiritual sólo acaba de empezar. Tenemos que crecer según el amor al cual hemos sido configurados. Por el bautismo hemos sido configurados a semejanza de Cristo a fin de que podamos crecer en la santidad de la vida y conformarnos crecientemente a su semejanza divina y resucitada. Tenemos que “ser lo que somos”.93
Aunque la Iglesia es santa por su unión con el Cristo santísimo, la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (véase Ap 22:17), ella está “siempre necesitada de purificación”.94 Cristo ama a la Iglesia “hasta el extremo” (Jn 13:1), y continuamente purifica y reforma a la Iglesia. La Iglesia está siempre llamada a “ser lo que ya es”, la Esposa santa de Cristo.
De manera similar, el sacramento del matrimonio configura a los cónyuges en un signo de la amorosa e inquebrantable comunión de Cristo con su Esposa, la Iglesia. Al hacerse una promesa de fidelidad hasta el extremo, su comunión se convierte en una participación en el amor esponsal eterno de Jesús por su Iglesia.95 Al simbolizar y compartir el amor purificador y santificador de Cristo por su Iglesia, las parejas casadas están llamadas a una santidad de vida cada vez más profunda, tal como Cristo llama a su Iglesia a una santidad de vida cada vez más profunda.
Por lo tanto, casarse no confiere mágicamente la perfección. Más bien, el amor en el que los cónyuges han sido configurados es lo bastante poderoso para transformar el camino de toda su vida de modo que se convierta en un encaminarse hacia la perfección. En este camino, los cónyuges se conforman cada vez más a la imagen y semejanza de Cristo de modo que puedan amarse más perfectamente el uno al otro como Cristo ama a su Iglesia.
92 CIC, núm. 1269; véanse 1 Cor 6:19, 2 Cor 5:15.
93 FC, núm. 17.
94 CIC, núm. 827.
95 Véase FC, núm. 20.