El matrimonio cristiano como sacramento
El matrimonio es uno de los “misterios”, o sacramentos, de la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa de este modo: “El Matrimonio cristiano viene a ser. . . signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia”.51 Un “signo eficaz” es un signo que no simplemente simboliza o significa algo, sino que realmente hace presente lo que significa. El matrimonio significa y hace presente a los cónyuges bautizados el amor de Cristo por el cual él formó la Iglesia como su esposa: “así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio”.52
Al usar la imagen de la relación entre el esposo y la esposa para explicar la relación entre Cristo y la Iglesia, la Escritura está apelando a una relación humana natural que ya es bien conocida. Todos nosotros sabemos algo sobre la profundidad, la intimidad y la belleza del don de sí que se produce en el matrimonio de marido y mujer. Sin embargo, la Escritura muestra también que el amor de Cristo por la Iglesia supera el amor humano natural. El amor de Cristo por la Iglesia es un amor que se da por completo a sí. Este amor se expresa de la forma más completa con su muerte en la Cruz. El matrimonio cristiano aspira no sólo al amor humano natural, sino al amor de Cristo por la Iglesia:
Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola con el agua y la palabra, pues él quería presentársela a sí mismo toda resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada. (Ef 5:25-27)
Los cónyuges cristianos están llamados a esta imitación de Cristo, una imitación que sólo es posible porque, en el sacramento del matrimonio, la pareja recibe una participación en su amor. Como sacramento, el matrimonio significa y hace presente en la pareja el don total de amor que hace Cristo de sí. El mutuo don de sí que hace la pareja, conferido en sus promesas de fidelidad y amor hasta el extremo, se convierte en participación en el amor hasta el extremo por el cual Cristo se dio a sí mismo a la Iglesia como a una Esposa (véase Jn 13:1).
Los cónyuges bautizados son los ministros del sacramento del matrimonio. Además, para que los matrimonios se celebren dentro de la Iglesia Católica Latina, la forma canónica requiere, entre otras cosas, que un obispo, sacerdote o diácono autorizado pida y reciba el consentimiento de los cónyuges como el testigo oficial de la Iglesia en la celebración del matrimonio. En el caso de los matrimonios de miembros de las Iglesias Católicas Orientales, se requiere la asistencia y bendición de un obispo o sacerdote autorizado.53 El Espíritu Santo junta a los cónyuges mediante su intercambio de promesas en un lazo de amor y fidelidad hasta la muerte. Su alianza matrimonial se convierte en una participación en la alianza inquebrantable entre Cristo el Esposo y su Esposa, la Iglesia. El mismo amor que define a la Iglesia define ahora la comunión entre los dos cónyuges: “El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia”.54
Cuando las parejas cristianas reciben la gracia del sacramento del matrimonio,
Cristo permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros “sometidos unos a otros en el temor de Cristo” y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo.55
Por el poder del Espíritu Santo, los cónyuges se vuelven dispuestos a brindarse los actos y atenciones del amor el uno al otro, independientemente de los sentimientos del momento. Están formados por el amor de Cristo que se da a sí por su Iglesia como su Esposa, y así adquieren la capacidad de desempeñar actos de amor que se da a sí para beneficio de ellos mismos, sus familias y la Iglesia en su conjunto. El sacramento del matrimonio, así como el sacramento de las Sagradas Órdenes, “están ordenados a la salvación de los demás. Contribuyen ciertamente a la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que prestan a los demás”.56 Los que reciben estos sacramentos reciben una consagración especial en el nombre de Cristo para llevar a cabo los deberes de su estado particular en la vida.
La imitación del amor de Cristo por la Iglesia llama también a curar las relaciones entre el hombre y la mujer. Ésta no debe ser una sujeción unilateral de la esposa al esposo, sino más bien una sujeción mutua de esposo y esposa. San Pablo habló en verdad de un modo que, según el papa Juan Pablo II, estaba “profundamente arraigado en la costumbre y en la tradición religiosa de su tiempo”: “que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor” (Ef 5:22). El Santo Padre explica, sin embargo, que esta expresión “ha de entenderse y realizarse de un modo nuevo”, esto es, a la luz de lo que san Pablo dijo inmediatamente antes: “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo” (Ef 5:21). El Sumo Pontífice enfatiza que esto es algo nuevo, “la novedad evangélica”, que ha apremiado y seguirá apremiando a las sucesivas generaciones después de san Pablo.57
51 CIC, núm. 1617.
52 GS, núm. 48.
53 Véanse CIC, núm. 1623; CDC, cc. 1055, 1057, 1108; CCIO, cc. 776, 817, 828.
54 GS, núm. 48.
55 CIC, núm. 1642.
56 CIC, núm. 1534.
57 Véase MD, núm. 24.