El matrimonio como vocación
Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano.78
La Iglesia enseña que el matrimonio es una vocación auténtica, o llamado divino. Como vocación, el matrimonio es tan necesario y valioso para la Iglesia como otras vocaciones. Por esta razón, todos nosotros debemos orar para que los hombres y las mujeres contraigan matrimonio con la debida comprensión y motivación y para que lo vivan con generosidad y gozo.
Como con toda vocación, el matrimonio debe ser entendido dentro de la vocación primordial al amor, porque la humanidad “fue [creada] a imagen y semejanza de Dios, que es Amor”.79 En el bautismo, Dios llama a los fieles a crecer en el amor. Esta vocación al amor, en imitación del infinito amor de Dios, es también una vocación a crecer en santidad, pues una mayor participación en el amor de Dios supone necesariamente una mayor participación en la santidad de Dios. El Concilio Vaticano II enseña que “los fieles todos, de cualquier condición y estado que sean. . . son llamados por Dios cada uno por su camino a la perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto”.80 Dentro de esta vocación universal a la santidad, Dios llama a algunos hombres al sacerdocio o al diaconado, y a otros hombres y mujeres a la vida consagrada. Sin embargo, para la gran mayoría de los hombres y las mujeres, Dios pone esta vocación universal a la santidad dentro de la vocación específica al matrimonio. Aquéllos cuyas circunstancias en la vida no incluyan el matrimonio, la ordenación o la consagración están, no obstante, llamados a discernir y hacer un don personal de sí en la manera en que viven una vida cristiana.
¿Cómo disciernen los hombres y las mujeres el llamado al matrimonio? El discernimiento y la preparación para el matrimonio empiezan temprano en la vida. Familiaris Consortio identifica tres etapas en la preparación para el matrimonio: una preparación remota, una próxima y otra inmediata.81 La preparación remota se produce en la primera etapa de la vida, cuando los niños experimentan el amor y cuidado de los padres casados y empiezan a aprender los valores y virtudes que formarán su carácter. La preparación próxima empieza alrededor de la pubertad y abarca una preparación más específica para los sacramentos, incluyendo una comprensión de las relaciones saludables, la sexualidad, la virtud de la castidad y la paternidad responsable.
Para la época de la preparación inmediata, la pareja ha crecido en la convicción de que Dios los está llamando al matrimonio con una persona particular. La oración, especialmente en busca de orientación por el Espíritu Santo, y la ayuda de mentores sabios son decisivos en este proceso de discernimiento. El discernimiento implica también una evaluación honesta de las cualidades que son fundamentales para el matrimonio. Éstas incluyen la capacidad para asumir y mantener un compromiso, el deseo de una relación fiel y para toda la vida, y la apertura a los hijos. La pareja querrá también reflexionar en los valores que comparten, en su capacidad para comunicarse y en la coincidencia en torno a cuestiones significativas.
La vocación conyugal no es un asunto privado o meramente personal. Sí, el matrimonio es una unión y relación profundamente personal, pero es también para el bien de la Iglesia y la comunidad entera. El Concilio Vaticano II enseña que “el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar”.82 Como vocación, o llamado de Dios, el matrimonio tiene un estatus público y eclesial dentro de la Iglesia. Los cónyuges católicos intercambian ordinariamente el consentimiento conyugal dentro de un entorno eclesiástico, ante un sacerdote o diácono.83 La vida del matrimonio tiene lugar dentro del Cuerpo de Cristo en su conjunto, al que sirve y en el que encuentra sustento.
Además, el Estado y la comunidad secular reconocen oficialmente el estado conyugal y familiar de la pareja y están obligados a ayudar a apoyarla y sostenerla. La naturaleza eclesial y pública del matrimonio y la vida familiar es lo que impide que los matrimonios y familias queden aislados. El matrimonio y las familias están obligados, por su misma naturaleza, a contribuir a la vida de la Iglesia y a las necesidades más amplias de la sociedad.
78 CIC, núm. 1604.
79 CIC, núm. 1604.
80 LG, núm. 11; véanse CDC, c. 210; CCIO, c. 13.
81 Véase FC, núm. 66.
82 GS, núm. 47.
83 Véanse CDC, c. 1108; CCIO, c. 828.