Se necesitan jóvenes
"Yo estoy con ustedes siempre , hasta el final de los tiempos" (Marcos 28,20)
Desde hace 2000 años, Nuestro Señor Jesucristo ha cumplido fielmente esta palabra. Primero a través de los Apóstoles y después de los sucesores de ellos, y los Sacerdotes ordenados, El se hace diariamente presente para Su pueblo a través de Su palabra y Su presencia real en la Eucaristía. No podía ser de otra manera, Dios ha querido seguir acompañando y alimentando a Su Iglesia y para ello nos dio el sagrado don del Sacerdocio.
Tratándose justamente de un don, el Sacerdocio no es algo que pueda adquirirse a voluntad. Es un regalo que el Altísimo concede según Sus designios divinos. Es una semilla que siembra en el corazón de aquellos jóvenes escogidos por El desde toda la eternidad. Pero, como cualquier semilla, toda vocación sacerdotal debe ser cuidada, protegida, alimentada. Generalmente, al término de la Santa Misa estamos acostumbrados a pedirle al Señor que nos dé vocaciones, que nos dé Sacerdotes y Religiosos santos. ¿Sabemos realmente valorar en su justa dimensión el maravilloso Sacramento del Orden?
El valor del sacrificio
Hoy en día, pareciera que las vocaciones al Sacerdocio son menos abundantes que en épocas anteriores. Sin embargo, la realidad es muy distinta porque éstas son más abundantes de lo que pudiera esperarse. De 3,500 adolescentes menores de quince años interrogados para una encuesta en un país sudamericano, 1,800 dijeron que sentían tener vocación. Con todo, no más de cuarenta jóvenes son educados para el sacerdocio en ese país cada año. ¿Qué ocurre con los demás? Será el mundo, la atracción de la carne? Sin duda. Pero también habría que preguntarse el papel que juega la comunidad católica en esta cuestión. Muchas veces son justamente los padres de familia, los hermanos y hermanas los primeros en combatir la vocación sacerdotal de uno de sus miembros. ‘¿Sacerdote, mi hijo? No, pobrecito, aún no ha vivido, es demasiado joven. Le falta mucho por vivir". Cuantas veces hemos escuchado estas palabras de los labios de madres preocupadas porque el hijo les ha comunicado su intención de ingresar al seminario.
Por otro lado, el mismo ambiente que priva en las familias católicas hoy en día no es nada propicio para que esa pequeña semilla sembrada por Dios desde toda la eternidad pueda brotar y dar fruto abundante. Nuestras familias cristianas han abandonado la costumbre de orar unidas, de leer la Sagrada Escritura, de asistir a la Santa Misa, de realizar visitas al Santísimo Sacramento y participar en la adoración nocturna, de hacer sacrificios y ayunos, limitándose únicamente a cumplir apenas con lo indispensable para seguir llamándose católicos. Tal vez se piensa que el sacrificio no va con La niñez y la juventud de hoy, que es algo pasado de moda. Resulta, sin embargo, interesante revisar los resultados de un estudio que se efectuó en un país sudamericano entre 300 jóvenes para determinar qué tipo de sacerdotes los inspiraba más. La primera preferencia fue por los misioneros extranjeros; la segunda, por aquellos involucrados en el trabajo con los pobres; La tercera, por el apostolado entre los trabajadores. El caso es que los jóvenes prefieren a los sacerdotes heroicos y sacrificados.
Los cristianos de hoy hemos fracasado, entonces, en vivir y transmitir el valor del sacrificio. No hemos sido capaces de mostrar a Cristo crucificado en nuestras vidas. Pero los jóvenes poseen un sentido de oblación personal que nosotros subestimamos. ¡Ellos quieren encontrar una misión, un reto! Y es precisamente nuestro fracaso como católicos en abrazar alegremente el sacrificio lo que desalienta a los jóvenes a entrar en el seminario, perseverar y convertirse en sacerdotes.
Otra razón de peso que hace dudar a estos elegidos del Señor es el trato que damos hoy en día a los Sacerdotes y Obispos. Desde hace varias décadas, lo más común es criticar y juzgar abiertamente a los Consagrados. Al hacerlo, no nos damos cuenta que echamos más leña al fuego, que desacreditamos su labor y convertimos el sacerdocio en un simple empleo, en una forma más de ganarse la vida. Tristemente, ha quedado atrás aquella época en que el Sacerdote era venerado por todos los fieles. Y esto se ha revertido en nuestra contra.
Sería importante, por tanto, recordar lo que significa realmente el Sacerdocio. El Sacerdote es, por definición, un <<alter Christus>>—otro Cristo. Esto significa que el Sacerdote debe, como Jesús mismo lo hizo, entregar su vida por nosotros, por el Pueblo de Dios. El debe ser un hombre de sacrificio porque, después de todo, habrá de ofrecer el Sacrificio de la Misa. Sin el Sacerdote, no podemos tener la Misa ni los demás sacramentos, no podemos tener a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía. ¿No debiéramos entonces tener siempre el Sacerdocio en alta estima?
El Papa Juan Pablo II, el mejor promotor de vocaciones entre los jóvenes
Recientemente, se congregaron 2 millones de jóvenes en Roma, Italia, para participar en el Festival Mundial de la Juventud del Jubileo del Año 2000. Ahí, el Santo Padre los cautivó con sus palabras, con su invitación a entregarse enteramente a Cristo y a no cerrarle las puertas de su corazón. Entre otras cosas les dijo:
"…es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis en la felicidad; es El quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es El la belleza que tanto os atrae; es El quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es El quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es El quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna."
Y no les ofreció un lecho de rosas, les planteó justamente que el seguir a Cristo en el mundo de hoy implica un gran sacrificio, incluso un martirio. "También hoy creer en Jesús, conlleva una opción por El y, no pocas veces, es Como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente para seguid al Divino Maestro. Quizás a vosotros no se os pedirá la sangre, pero si ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día."
El Sumo Pontífice señaló también la necesidad urgente de la Cruz que tiene nuestra sociedad. Este testimonio, dijo el Papa, lo necesitan más que nunca los jóvenes "tentados a menudo por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por la droga y el hedonismo, que llevan después a la espiral de la desesperación, del sinsentido, de la violencia."
Al final expresó su deseo de que ojalá haya siempre en cada comunidad un sacerdote que celebre la Eucaristía, de la cual surgen las vocaciones a la vida religiosa. Y pidió al Señor que entre los jóvenes participantes brotaran numerosas y santas vocaciones al sacerdocio. "Si alguno de vosotros, queridos jóvenes, siente en sí la llamada del Señor a darse totalmente a El para amarlo <<con corazón indiviso>> (cf. 1 Co 7,34), que no se deje paralizar por la duda o el miedo. Que pronuncie con valentía su propio <<sí>> sin reservas, fiándose de El que es fiel en todas sus promesas. ¿No ha prometido, al que lo ha dejado todo por El, aquí el ciento por uno y después la vida eterna? (cf. Mc 10,29-30)".
El llamado a la vocación sacerdotal
Nuevamente, citando al PapaJuan Pablo II, "cuando Cristo atraviesa una vida, imprime un profundo cambio en Ia propia historia y en los propios proyectos". Así le ocurrió a los pescadores de Galilea pues después cambiarían Ia historia de la humanidad y que, al escuchar Su palabra en el lago "llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron..
La historia de la Iglesia está llena de testimonios de hombres de todas Las condiciones sociales y económicas que, habiéndose cruzado Cristo en su vida, sintieron el llamado a dejarlo todo por eI Unico que lo es todo— Dios.
Entre ellos se cuenta San Francisco de Asís. Perteneciente a una adinerada familia de Asís y habiendo llevado una vida despreocupada, dedicado únicamente a disfrutar de todo lo que La vida le brindaba, sus perspectivas cambiaron totalmente cuando tuvo un encuentro definitivo con Nuestro Señor. El entendió su vocación personal Como un llamado a ser imitación exacta de Jesús, Después comprendería además que su misión sería difundir su propio ideal entre los hombres. "Imítenme Como yo he imitado a Cristo", estas palabras del Apóstol San Pablo podrián ser el epitafio perfecto de la vida y obra del Pobre de Asís. En los primeros días de su conversión, Francisco interpretó sólo desde el punto de vista material la orden que le dio el Cristo Crucificado de San Damián, para que fuera y reparara Su casa en ruinas. La llegada de nuevos discípulos y percatarse de la gran necesidad de las almas, le aclararon su auténtico propósito y le mostraron las ruinas espirituales de la iglesia que, por La providencia de Dios, el estaba llamado a restaurar.
Cuando Francisco regresó a Cristo, descubrió un nuevo significado en su vida, Ese mismo regreso le dio sentido a la existencia de hombres y mujeres que vagaban Como ovejas, necesitadas más de pastores que de pasto.
"Cristo está vivo —diría entonces— El nos ama. Adhirámonos a El y recibamos la vida. Imitémoslo y encontraremos que somos transformados por El. Por tanto, observemos Su Evangelio al pie de Ia letra y sin añadiduras. Este es el Camino, Ia Verdad y la Vida. Y ésta Vida consiste en identificarnos con Jesucristo"
¿Y qué decir de Ignacio de Loyola, otro ejemplo extraordinario de La gracia do Dios? Pocos Santos en Ia historia de la Iglesia han influido tanto en la vida de los católicos como él. Y es que fue su genio lo que dio a la Iglesia y al mundo dos grandes contribuciones: sus Ejercicios Espirituales y Ia fundación de Ia Compañía de Jesús—Los Jesuitas. En el sitio de Pamplona, lgnacio, líder de la resistencia, fue herido en una pierna (1521). Durante las largas horas de su convalecencia, se dedicó a leer "La Leyenda Dorada" del dominico Santiago de Vorágine y "La Gran Vida de Jesucristo" de Rodolfo, el Cartusiano, un hábil e incansable compilador. En estos libros, Ignacio descubrió una nueva forma de caballerosidad y despertaron en él el anhelo de entregarse a Dios y servir a Su gloria tal Como antes lo hicieron San Benito,y San Francisco la acción contraria "del bien y el espíritu del mal", y resolvió abandonar el mundo.
Pero también en la era moderna ha habido hombres jóvenes que se enamoraron perdidamente de Cristo y dejaron todo para ser sacerdotes. Tenemos, por ejemplo, al Beato Miguel Agustín Pro, glorioso mártir mexicano. El se situó en La historia concreta de su tiempo y en ella supo vivir su fe en el SeñorJesus. Su caso es la imagen viva de un cristiano de carne y hueso, antisolemne y sencillo, que supo ser alegre y supo, también, entregar su vida por Cristo durante la persecución religiosa que desató el gobierno anticlerical que rigió su país después de Ia Revolución de 1910. "iDe esta clase de santos quiero ser yo", dijo una vez a su madre, un santo que come, duerme y hace travesuras y muchos milagros". El 23 de Noviembre de 1927, Miguel Agustín Pro fue fusilado por un piquete de soldados, empuñando un crucifijo en Ia mano derecha y un rosario en Ia izquierda, y gritando: "Viva Cristo Rey, viva Ia Virgen de Guadalupe!"
Recientemente hemos conocido un testimonio que vale la pena citar. Samuele Gardinale, un italiano de 34 años, fue ordenado Sacerdote el 4 de noviembre de 2000 con dos certezas: Ie quedan pocos días de vida y su sufrimiento ofrecido en Cristo es una oración viva. En 1996 entro en el Seminario, pero una larga y penosa enfermedad incurable Ie impidió frecuentar con regularidad s estudios do teoIogicos. Finalmente, La Congregación Vaticana para el culto Divino reconoció la madurez de : fe, su vocación especial y acogió su deseo de ser Sacerdote. Gracias a una dispensa papal, el 22 de octubre fue consagrado Diácono en Ia Catedral de Ferrara por el Arzobispo Carlo Caffara quien luego lo ordenara sacerdote. ¿Que significa hacerse Sacerdote en una situación así?, se Ie preguntó a Samuele. "Es, antes que nada y sobre todo, un regalo del Señor", respondió dl. "Es Jesús quien Ilama. Mi corazón ha buscado siempre una plenitud de vida. Y es su amor quien me Ia da. Estos años de enfermedad me han llevado a conocer de modo mas profundo el amor del Señor por mi y Su proyecto de vida para mi persona. He conocido el valor de la cruz de Jesucristo,.." La primera misión de Samuele como sacerdote será llevar a los enfermos, sus compañeros en el dolor, la luz de Cristo.
Danos vocaciones, danos sacerdotes santos
Si el Señor sigue cumpliendo Su promesa do estar con nosotros y sigue suscitando entre nuestros jóvenes vocaciones sacerdotales y religiosas, también nosotros debemos cumplir con nuestra parte. Debemos orar intensamente por el Santo Padre, por los Obispos y sacerdotes. Pidámosle a Jesús que los fortalezca en su misión. Pidámosle igualmente Ia gracia de saber reconocer esa semilla que El ha sembrado en los jóvenes que nos rodean, para poder cultivara, nutrirla y ayu-darla a despertar.
Hagámoslo de manera sistemática, constante. ‘Todos los Jueves, ofrezcamos nuestra Comonión por los Sacerdotes y por las vocaci000s sacerdotales y religiosas. Participemos en Horas Santas en nuestras parroquias. No permitamos quo so hable mal de los Sacerdotes, los Obispos y el Papa en nuestra prosencia. Si en un momento dado, descubrimos una falta, una debilidad en algún Ministro. de Cristo, no empeoremos las cosas difundiendo las malas noticias entre nuestros familiares y amigos. Acudamos mis bien a Jesús en el Sagrario, compartamos con El nuestra preocupación y pidámosle Ia gracia de ser capaces de ayudar a ese Sacerdote que ha caído. y si no acostumbramos orar en familia y leer Ia Sagrada Escritura juntos, comencemos a hacerlo. ¿Quien nos dice que a lo mejor en medio de nosotros tenemos a un hijo que ha sido llamado por EI Señor a dejarlo todo por El y Su pueblo? Asistamos a Misa con frecuencia, de ser posible diariamente, y hagámoslo con mucho entusiasmo los Domingos. Recordemos ofrecer nuestra Comunión por los Sacerdotes y las vocaciones sacerdotales todos los Jueves y también los Domingos. Ayunemos, al menos, los viernes a pan y agua de ser posible. En fin, ¡renovemos el ambiente cristiano en nuestras familias!
Al mismo tiempo, apoyemos en la medida de nuestras posibilidades económicas a los seminarios y órdenes religiosas. Cada vez que en nuestra parroquia se realice una colecta especial por los seminarios y las misiones, hagamos un esfuerzo por dar una contribución gonerosa. También sería recomendable suscribirse Como patrono para donar mensualmente alguna cantidad, por pequeña que sea, a nuestra diócesis o arquidiócesis para el sostenimiento de Ias vocaciones sacordotales. Pero, sobre todo, ¡amemos mucho a los Sacerdotes! Demos gracias a Dios todos los días de nuestra vida por este sublime don que nos hace posible recibir diariamente a Cristo en Ia Eucaristía. Los Sacerdotes —y de esto no nos quepa la menor duda— son Ia niña de los ojos de Cristo. iPidámosle, pues, al Señor que haga de nosotros igualmente almas sacerdotales!