LAS PRÁCTICAS CUARESMALES

Siguen siendo las mismas que Jesús indica en el evangelio que se lee el miércoles de Ceniza: oración, ayuno y limosna (cf. Mt 6,1-18).

La oración no consiste en repetir fórmulas compuestas por otros. Como dice San Juan Crisóstomo, debemos practicar: «una plegaria que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas. Conviene que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones».

El ayuno consiste en privarnos de cosas y entretenimientos (que pueden ser útiles y buenos en sí mismos), para dedicarnos a cosas más importantes, recordando que Jesús dijo que «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Tal como enseña Jesús, el verdadero ayuno consiste en amar el alimento espiritual más que los alimentos corporales.

La limosna. Desde sus orígenes, la Iglesia ha considerado siempre que el ayuno sirve para comprender mejor el sufrimiento de los pobres y para darles a ellos el fruto de nuestras privaciones. La limosna ayuda a tener una relación correcta con las cosas (los bienes no son fines en sí mismos, sino sólo medios) y con las personas (todos somos responsables del bien de los demás y no podemos desinteresarnos de la suerte de los desfavorecidos).

Por último, hay que practicar las tres (oración, ayuno y limosna) a la luz de la enseñanza de Cristo, que dice: «No hagáis el bien para que os vean los hombres» (Mt 6,1). Las tres deben ser la expresión exterior de unas actitudes interiores (generosidad, amor de Dios, esencialidad). De poco sirve realizarlas por otros motivos (tradición, moda, convencionalismos sociales). Las buenas obras se deben hacer porque estamos convencidos de que son buenas, sin otras intenciones, y procurando que pasen desapercibidas, para evitar la vanagloria. Si no es así, no tienen valor religioso.

Que el Señor nos conceda a todos la gracia de amarle más que las cosas, más que la vida, más que a nosotros mismos. Que su amor sea conocido por todos y que nuestro amor por Él crezca cada día. Que su espíritu Santo nos dé la fuerza para perseverar en su servicio, con corazón puro e íntegro. Que, después de servirle con fidelidad en la Cuaresma de esta vida, Él nos conceda participar un día en la Pascua del cielo. Amén. Os adjunto dos enlaces, con las canciones más famosas de la Cuaresma: “Attende, Domine” (en latín) y “Perdona a tu pueblo” (en español).

 

P. Eduardo Sanz de Miguel, o..c.d.

Roma, Febrero 2010

 
 
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