RECONCILIACIÓN DE LOS PENITENTES

Por medio del bautismo, los que se habían convertido recibían el perdón de los pecados y la incorporación a la Iglesia. Con el tiempo, se presentó el problema de los cristianos que cometían pecados graves, como el adulterio, el homicidio y la apostasía (el abandono de la fe). Para ellos se estableció la «penitencia pública», que debían realizar durante el tiempo y con las modalidades determinados por el obispo. Finalmente, al inicio de la Cuaresma, se vestían de saco, se cubrían la cabeza con ceniza y se dirigían al templo. El obispo oraba por ellos y, después de las lecturas y de la homilía, los expulsaba ritualmente de la comunidad. Durante toda la Cuaresma tenían que observar un ayuno severo, dormían en el suelo, no podían tener relaciones matrimoniales ni participar en actos sociales de ningún tipo. Durante las celebraciones litúrgicas, permanecían de rodillas en el atrio del templo, hasta el Jueves Santo por la mañana, en que eran reconciliados públicamente. Al desaparecer la penitencia pública, desde el s. IX, se comenzó a imponer la ceniza a todos los fieles que lo solicitaban, como gesto de piedad personal.

 
 
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