La Semana Santa

Sabemos bien que durante la Semana Santa, la Iglesia celebra los misterios de la reconciliación, realizados por el Señor Jesús en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén.

El tiempo de Cuaresma continúa hasta el día jueves de la Semana Santa. La Misa Vespertina de la Cena del Señor es la gran introducción al santo Triduo Pascual. El Triduo Pascual comienza con el Viernes de la Pasión, prosigue con el Sábado Santo, tiene su cúlmen en la Vigilia Pascual y acaba con las Vísperas del domingo de la Resurrección.

Es importante recordar que «las ferias de Semana Santa, desde el lunes hasta el jueves inclusive, tienen preferencia sobre cualquier otra celebración» y por tanto en estos días no deben administrarse los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Más bien sí es importante que en estos días se ofrezcan en todas las parroquias, capellanías, colegios, hospitales y centros de evangelización, horarios amplios para facilitar a los fieles cristianos el acceso al Sacramento de la Reconciliación como preparación espiritual para acompañar al Señor Jesús en la entrega de Sí mismo por nosotros. Es muy conveniente que el tiempo de la Cuaresma termine con alguna celebración penitencial que prepare a una más plena participación en el misterio pascual.

Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos inicia la Semana Santa con el recuerdo de las palmas y de la pasión, de la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero no una entrada de Jesús como el esperado Rey, sino como humilde ‘servidor’ que vive de la palabra de Dios.

Los Ramos de olivos tienen un significado: en aquel entonces los olivos eran uno de los tantos símbolos de vida. Los ciudadanos de Jerusalén ven a Jesús trayendo ‘vida’ al paso por el monte de los Olivos y buscan ramas para saludarlo.

El domingo de ramos da comienzo a la semana en la que contemplamos el dolor de Dios. Amor de Dios por nosotros. Este Domingo se lee la pasión en forma muy solemne y así nos introduce en el espíritu de Semana Santa.

Santo Triduo Pascual

El santo Triduo pascual de la Pasión y Resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico, ya que Jesucristo ha cumplido la obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación de Dios: por su misterio pascual, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida.

Esta centralidad del Triduo pascual en el curso litúrgico ha quedado plenamente manifestada en la renovación de las celebraciones pascuales llevada a cabo durante el pontificado de Pío XII en 1951 y 1955 y en los resultados de la reforma auspiciada por el Concilio Vaticano II.

Durante el Triduo, la Iglesia conmemora los grandes acontecimientos que jalonaron los últimos días del Señor y nos invita a celebrar los misterios de nuestra redención. La bienaventurada Pasión y Resurrección del Señor se hará sacramentalmente presente en los oficios litúrgicos, de gran belleza, de modo que los fieles puedan renovar su vocación cristiana en el costado abierto de Jesús, fuente de vida del mundo y de la iglesia.

La expresión Triduo pascual, aplicada a las fiestas anuales de la Pasión y la Resurrección, es relativamente reciente, pues no se remonta más allá de los años treinta de nuestro siglo; pero ya a finales del siglo IV San Ambrosio hablaba de un TriduumSacrum para referirse a las etapas históricas del misterio pascual de Cristo que, durante tres días et passus est, et quievit et resurrexit (San Agustín utilizó parecida expresión – Sacratissimum Triduum- para indicar los tres días de Cristo crucifixi, sepulti, suscitati.)

La celebración de la pascua del Señor hunde sus raíces en la comprensión que la Iglesia posee de sí misma. Deslumbrada por la realidad histórica de la muerte y la resurrección de Cristo, acontecimiento restaurador del orden establecido por Dios en la Creación, la primitiva Iglesia advirtió la necesidad de celebrar litúrgicamente este hecho salvífico por medio de un rito memorial donde, en obediencia al mandato expreso del Señor, se renovara sacramentalmente su sacrificio.

De este modo, durante los primeros compases de la vida de la Iglesia, la Pascua del Señor se conmemoraba cíclicamente, a partir de la asamblea eucarística convocada el primer día de la semana, día de la resurrección del Señor –dominicus dies- o domingo. Y muy pronto, apenas en el siglo II, comenzó a reservarse un domingo particular del año para celebrar este misterio salvífico de Cristo. Llegados a este punto, el nacimiento del Triduo Pascual era sólo cuestión de tiempo. La Iglesia comenzaría a revivir los misterios de Cristo de modo histórico-mimético, hecho que acaeció por primera vez en Jerusalén donde aún se conservaba la memoria del marco topográfico de los sucesos de la pasión y glorificación de Cristo.

De todos modos, en el origen de la celebración pascual, tampoco puede subestimarse la benéfica influencia de la respuesta dogmática y litúrgica de la ortodoxia frente a la herejía arriana; reacción que supuso una atracción de la piedad de los fieles hacia la persona de Jesús – Hijo de Dios e hijo de María- y hacia sus hechos históricos.

La celebración del Triduo Pascual no es, por tanto, un simple recuerdo subjetivo de unos hechos acaecidos en el pasado. Por medio de los ritos pascuales los fieles revivimos, en el presente siempre continuo de la Iglesia, los misterios salvíficos de nuestro Señor Jesucristo; participamos de su pasión y glorificación; accedemos a los tesoros de la redención obtenida con el precio de su sangre...

No basta, sin embargo, esta donación objetiva de la gracia salvadora: cada fiel necesita unirse personalmente a Cristo, paciente y glorioso. De aquí que, como recuerda la Iglesia, durante estos días sea muy conveniente que cada fiel muera al pecado y renazca a la gracia por medio de la recepción del sacramento de la Penitencia, de modo que avance en su identificación con Jesús que, inocente, muere por los pecados de los hombres.

Cada celebración del Triduo presenta una fisonomía particular: la tarde del Jueves Santo conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía; el viernes se dedica entero a la evocación de la pasión y muerte de Cristo en la cruz; durante el sábado la Iglesia medita el descanso de Jesús en el sepulcro; por último, en la Vigilia Pascual, los fieles reviven la alegría de la resurrección.

La praxis litúrgica actual de la iglesia romana considera que el Triduo Pascual de la Pasión y Resurrección del Señor comienza la tarde del Jueves santo con la Misa in Cena Domini, culmina en la Vigilia de la Pascua y se cierra con las vísperas del Domingo de Resurrección. El derecho establece que el viernes es día de ayuno y abstinencia. Los colores litúrgicos son: blanco para el Jueves, Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección y rojo para el viernes Santo. La Vigilia Pascual debe comenzar después de caída la noche y antes de despuntar el alba.
Jueves Santo

La Misa vespertina in Cena Domini abre el Triduo Pascual de la Pasión y Resurreción del Señor. La Iglesia de Jerusalén conocía ya, en el siglo IV, una celebración eucarística conmemorativa de la Última Cena y de la institución del sacramento del sacrificio de la cruz. A finales de la misma centuria esta tradición se vivía también en numerosas Iglesias de Occidente, pero habrá que esperar hasta el siglo VII para encontrar los primeros testimonios romanos.

La celebración eucarística in Cena Domini conmemora un triple misterio: la institución de la Sagrada Eucaristía, la institución del sacerdocio de la Nueva Ley y el amor infinito de Cristo por los hombres con su mandamiento sobre la caridad fraterna, manifestado con el signo del lavatorio de pies. Los dos últimos misterios encuentran su fundamento en el sacramento eucarístico, fuente de todo don y máxima expresión de la entrega a los demás.

En la última cena Jesús celebraba con sus discípulos la cena de la Pascua Judía. Ésta fue celebrada por primera vez en Egipto, en virtud de una orden dada a Moisés por Jehová. El 14 del mes de Nisán Abid, y de acuerdo con el mandato divino, cada familia hebrea sacrificó un cordero con cuya sangre fueron teñidos el dintel y las jambas de la puerta de las viviendas. Ésto sucedió a fin de que el ángel exterminador, que había de dar muerte a los primogénitos de los egipcios, perdonase a los judíos. Este milagro, al que siguió el de la separación de las aguas del mar Rojo, debería conmemorarse anualmente con idéntico sacrificio. Celebrada por segunda vez en el Sinaí y a la salida del desierto, la pascua fue desde entonces para los judíos la fiesta religiosa por excelencia, evocadora de la providencial liberación del pueblo hebreo de su triste exclavitud bajo los egipcios e impregnada de un profundo significado histórico, social y familiar. En este contexto Jesús da inicio a una nueva Pascua e instituye la eucaristía, invitándonos a celebrarla continuamente en su memoria. La eucaristía será para los cristianos comida de Nueva Alianza.

La Pascua cristiana, conmemorativa de la Resurreción del Salvador, se solemnizaba en los albores del cristianismo al mismo tiempo que la Pascua hebrea, pero ya en el siglo II surgieron contraversias entre los fieles del Asia Menor y la Iglesia romana acerca de la fecha en que debería celebrarse. El primer concilio de Nicea resolvió que fuese el domingo siguiente al 14 de Nisán, es decir, el domingo después de la luna llena que sigue el equinoccio de marzo. La situación de esta fiesta en el calendario puede variar en 36 días y de ella depende la de las fiestas movibles de la Iglesia Católica.

Viernes Santo

El Viernes Santo conmemora la Pasión y muerte del Señor.

Dos documentos de venerable antigüedad – Traditio Apostólica y Didaskalia Apostolorum- testimonian como práctica común entre los cristianos el gran ayuno del Viernes y Sábado previos a la Vigilia Pascual. Sin embargo habrá que esperar hasta finales del siglo IV d. C para encontrar, en Jerusalén, las primeras celebraciones litúgicas de la pasión del Señor. Se trataba de una jornada dedicada íntegramente a la oración itinerante: los fieles acudían del cenáculo –donde se veneraba la columna de la flagelación- y al Gólgota, donde el obispo presentaba el madero de la cruz. Durante las estaciones se leían profecías y evangelios de la Pasión, se cantaban salmos y se recitaban oraciones.

Los testimonios más antiguos de una liturgia del Viernes Santo en Roma proceden del siglo VII d. C. Manifiestan dos tradiciones distintas y nos han llegado a través del Sacramentario Gelasiano (oficio presbiteral con adoración de la cruz, liturgia de la palabra y comunión con los presanificados) y el Sacramentario Gregoriano (liturgia papal, limitada a lecturas bíblicas y plegaria universal).

El oficio romano actual, recuperado a partir de la reforma de Pío XII y Concilio Vaticano II, contiene los tres elementos de la antigua liturgia presbiteral romana: liturgia de la Palabra –incluye tres lecturas y oración universal, adoración de la Cruz y comunión.

La teología del Viernes Santo es particularmente rica: durante este día la Iglesia conmemora la Pasión de su Señor y Esposo, adora su Cruz, recuerda su nacimiento del costado de Cristo y, por la plegaria universal, intercede por la salvación del universo.

El Viernes Santo es, para el cristiano, un día de esperanza y confianza en Dios en medio del dolor: los sufrimientos de Cristo atraen la benevolencia del Padre al mundo. La Cruz, símbolo del patíbulo y de la ignomna, es adorada: el instrumento de la humillación se ha convertido en el término de la gloria. Hoy, el cristiano se encuentra de modo especial con la Cruz: recuerda así que, para ser fiel discípulo del Maestro, deberá tomar su cruz de cada día y que sólo ella es la respuesta a las ansias de salvación y liberación de una humanidad que gime bajo el peso de los pecados.

El Viernes Santo se reza el vía crucis, que consiste en una serie de estaciones que recuerdan el Camino de Jesús al calvario deteniéndose a meditar en cada estación.

Este día no debe ser de llanto ni de luto, sino de amorosa y gozosa contemplación del sacrificio del que brotó la Salvación. Cristo no es un vencido sino un vencedor, un sacerdote que consuma su ofrenda que libera y reconcilia. Por eso nuestra alegría.

Sábado Santo

El sábado santo, denominado Gran Sábado por los cristianos de Oriente, honra el descanso de Cristo en el sepulcro, su descenso a los infiernos y su encuentro con cuantos esperaban la apertura de los Cielos. Este día los cristianos se recogen en silencio y, mediante la oración y el ayuno, esperan la Resurreción del Señor. Por esta razón, la Iglesia no conoce reunión litúrgica alguna fuera de la celebración cotidiana de las Horas.

En los primeros siglos de la historia de la Iglesia el Sábado Santo se caracterizaba por ser un día de ayuno absoluto, previo a la celebración de las fiestas pascuales. Pero a partir del siglo XVI, con la anticipación de la vigilia a la mañana del sábado, el significado litúrgico del día quedó completamente oscurecido -<<sábado de gloria>> se le denomina popularmente- hasta que las sucesivas reformas de nuestro siglo han devuelto su originaria significación.

El Sábado Santo debe ser para los fieles un día de intensa oración, acompañando a Jesús en el silencio del Santo Sepulcro. Parece que la historia de Cristo ha terminado, que la causa de Dios se ha perdido. Pero Jesús desciende a los infiernos para librar a los justos de la Antigua Ley en premio a su vida de fe en las promesas mesiánicas. El cristiano, unido a los dolores de María, sabe que el silencio de Dios en el mundo es sólo aparente y se llena de esperanza para la vida futura.

La celebración del sábado por la noche es una Vigilia en honor del Señor según una antiquísima tradición, de manera que los fieles tengan encendidas las lámparas como los que aguardan a su señor cuando vuelva para que, al llegar, los encuentre en vela y los haga sentar a su mesa.

La Vigilia Pascual

La Vigilia Pascual, la noche santa de la Resurrección del Señor, es considerada como <<la madre de todas las vigilias>> (San Agustín, Sermo 219). En ella la Iglesia espera velando la Resurreción de Cristo y la celebra en los sacramentos.

Con la Vigilia Pascual, el Triduo Sacro y todo el año litúgico alcanzan su centro, el punto donde confluyen las celebraciones anuales de los misterios de la vida de Cristo.

La celebración litúrgica de la Pascua del Señor se encuentra en los orígenes mismo del culto cristiano. Desde la generación apostólica los cristianos conmemoraron semanalmente la resurreción de Cristo por medio de la asamblea eucarística dominical.

Además, ya desde el siglo II, la Iglesia celebra una fiesta específica como memoria anual de la Pascua de Cristo, aunque las distintas tradiciones subrayen uno u otro contenido pascual: Pascual- Pasión (se celebra el 14 de Nisán, según el calendario lunar judío y acentuaba el hecho histórico de la Cruz) y Pascua- Glorificación que, privilegiando la resurreción del Señor, se celebra el domingo posterior al 14 de Nisán, día de la Resurreción de Cristo. Esta última práctica se impuso en la Iglesia desde comienzos del siglo III.

La Vigilia Pascual es el quicio de todo el misterio de la Pasión y Resurreción de nuestro Señor Jesucristo. Con la Noche Santa culmina el Santo Triduo e inicia el tiempo pascual: comienza cuando Cristo descansa aún en el sepulcro y termina en la madrugada del día consagrado a la gloria de la resurreción del Señor. De aquí su contenido teológico encierra el misterio de Cristo salvador y del cristiano salvado.

La Vigilia Pascual posee hoy día una estructura litúrgica articulada a partir de ritos con un hondo carácter simbólico: lucernario o liturgia de la luz, liturgia de la Palabra, liturgia bautismal y liturgia eucarística.

La Liturgia de la luz tiene su orígen en el antiguo oficio de <<lucernario>>, que se celebra cada anochecer con la bendición de las lámparas. El rito actual simboliza a Cristo luz del mundo que, con su muerte y resurrección, vence a las tinieblas del pecado. El oficio de lucernario consta, a su vez, de bendición del fuego, bendición del cirio, procesión y pregón pascual.

Domingo de Pascua de Resurrección

Toda la fe cristiana se fundamenta en la resurrección. La palabra pascua quiere decir “paso”, “pasar”. La pascua de Jesús no es otra cosa que celebrar el paso de Dios en medio nuestro. Celebrar la pascua no es sólo recordar la Pascua de Jesús, sino decidir si queremos o no que haya un paso salvador del Señor por nuestras vidas.

La resurrección de Cristo nos llama a la vida. Por el bautismo, la iglesia nos llama a nuestra vida en Cristo. “Si hemos sido sepultados con él”, dice Pablo a los Romanos, “también hemos resucitado con él”.

La resurrección de Cristo nos invita a una renovación personal. Hoy damos gracias a Dios por su amor y por su triunfo sobre el pecado y le pedimos que siga transformando nuestras vidas en la presencia de su Hijo Resucitado entre nosotros.

 
 
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