La Eucaristía, dignificadora del obrero
Después de treinta años de vida oculta y laboriosa, deja Jesús su taller de Nazaret para predicar Su doctrina. Hasta aquí se había revelado como un hermano y modelo de los pobres; al iniciar su vida pública se convierte en su redentor: el Evangelio será la liberación, el consuelo, la redención, la luz de los pobres, de los humildes, de los débiles. Con ellos vivía, se sentaba a su mesa y los distinguía siempre con un amor entrañable, ante el escándalo de los hipócritas fariseos. Entre ellos escogió al pequeño núcleo de apóstoles que constituirían Su Iglesia, el diminuto e insignificante grano de mostaza que se convertiría con el tiempo en un árbol gigantesco que abarcaría con sus ramas todos los siglos y que cubriría la extensión inmensa de la tierra y las alturas inconmensurables del cielo.
¿Cómo se explica que el Divino Maestro haya confiado a doce hombres flacos e ignorantes una empresa gigantesca que sólo Dios es capaz de realizar? ¿Cómo se explica que la naciente Iglesia haya logrado triunfar de las persecuciones sin tener a su alcance ninguna clase de medios humanos? Por más que nos devanemos los sesos buscando una explicación, solo la encontraremos en el misterio admirable e incomprensible de la Divina Eucaristía, el sacramento de los sacramentos, el compendio de las maravillas de Dios, el corazón de la Iglesia, el venero inagotable de vida para las almas.
Fundó Cristo Su Iglesia como depositaría de su doctrina y continuadora de Su Obra, pero instituyó la Eucaristía para dar a la Iglesia, a los hombres flacos y débiles, la fortaleza, la santidad, la caridad, el empuje necesario para realizar la empresa redentora que El inició en el mundo.
Una vez que Cristo cumplió Su misión en la tierra y terminó Su vida mortal, prosiguió Su obra redentora desde el Sagrario, conquistando los corazones de los hombres, inspirando en Su Iglesia milagros de fe, esperanza y caridad, que se han traducido en obras admirables y realizaciones maravillosas.
La Iglesia no ha faltado a su misión divina. Como su Fundador, ha pasado por la tierra haciendo el bien, mereciendo el nombre de gran bienhechora del género humano.
Desde un principio hizo penetrar en la sociedad, corrompida por el paganismo, las ideas generosas de libertad, igualdad y fraternidad. Estas tres palabras, que hoy están en todos los labios, estas tres aspiraciones que hoy están en todos los corazones, eran completamente desconocidas.
El primer árbol de la libertad plantado en la tierra, fue la Cruz del Calvario. Jesucristo lo regó con su sangre para dar a los hombres la libertad de los hijos de Dios. La Iglesia continuó la obra de Cristo, luchando por la libertad de los esclavos, rehabilitándolos, devolviéndoles su dignidad de hombres y substrayéndoles a la tiranía de sus amos. La caridad cristiana inspiró heroísmo maravillosos en los fieles, hasta el grado de que muchos de ellos se condenaban espontáneamente a la esclavitud para libertar a sus hermanos. San Ambrosio. San Agustín, San Hilario, llegaron hasta vender los ornamentos de sus basílicas para comprar la libertad de los esclavos. "¡Es todo un milagro!", exclamó el impío Renán, al contemplar la revolución moral operada por el cristianismo en aquel mundo pagano y corrompido…..
La fuerza grande e inexpugnable del proletariado, según la idea católica, están en su dignidad de hombre y de obrero. Porque el obrero es grande por ser hombre y de obrero. Porque el obrero es grande por ser hombre pero también es grande por ser obrero. Porque el hombre, como obrero, está hecho de manera eminente a imagen y semejanza del obrero. Y nadie cambiará la estructura del reino de Dios, en el cual, a la diestra del Padre omnipotente, el Obrero Eterno del Universo, está formada por una legión de innumerables obreros de la virtud y del apostolado, del campo y del taller, de la ciencia y del arte, que han seguido el ejemplo admirable del Dios Obrero, beneficiando a la humanidad con su trabajo noble y redentor.
¡Hermano obrero! Aquí tienes a un compañero poderoso que anhela ayudarte, a un médico que ansía curarte, a un amigo que te quiso hasta dar su vida por ti, a un hermano que es a la vez Dios y obrero, a un Dios que quiere alimentarte con su Cuerpo y con su sangre.
Eras esclavo y te hizo rey. Te consideraban a nivel de las bestias y Cristo te convirtió en hijo de Dios. Si ahora padeces pobreza por culpa de embaucadores
que arrancaron de tu alma la luz de la fe, no reniegues de Su santo nombre, sino que acude a El con toda confianza. Allí está el dulce Jesús, prisionero de tu amor, esperándote ansiosamente; anhelando entrar en tu corazón. Hoy, desde el Sagrario, como hace veinte siglos en los campos de Palestina, Sus labios repiten con angustia el "misereos super turbam", tengo compasión de las muchedumbres. Y tú, hermano obrero, acude presuroso al divino llamamiento: acércate con devoción a la Sagrada Mesa y recibe en tu corazón a Jesús Sacramentado: y después de entregarle tu alma y todas tus facultades, suplícale con fervor, como los discípulos de Emaús: "Mane nobiscum Domine." "¡Señor, quédate con nosotros!".