Teología popular para el hombre común
Todos los días de trabajo encontramos, Señor, a tu Catedral, para hacerte una visita. A esa Catedral en interminable construcción.
Algunos dicen que el dinero estaría mejor empleado si se distribuyera entre los pobres. Argumento viejo, Señor, que los fariseos esgrimieron delante de ti, cuando la pecadora arrepentida ungió tus pies con esencias aromáticas. Otros pretenden que no se acepte la pequeña subvención compromiso político. Como si el dinero del fisco no fuese dinero del pueblo.
Como si la Catedral del Salvador del mundo no tuviese a la vez un profundo significado cívico y religioso. Todos los días, Señor, entramos a tu templo. Allí contemplamos, con devoción de católicos y con fervor de salvadoreños, la divina imagen que venera tu pueblo "escogido" para el honor de llevar tu nombre. Allí te adoramos expuesto permanentemente en la custodia de oro, colocada en lo más alto del altar mayor, como para abarcar toda la extensión de nuestro territorio, como para proteger y bendecir a todos los hijos de tu pueblo salvadoreño.
Todos los días, Señor, entramos a tu templo. Allí te encontramos, realmente presente, escondido en el Sagrario. Tú que no cabes en la inmensidad del Universo, te quedas allí, esperándonos, como prisionero de nuestro amor. Pero muchos de tus hijos, Señor, ni siquiera se te acercan. Muy bien dijo un pagano, que los católicos éramos unos locos o unos incrédulos, porque sabiendo que estás realmente en la Eucaristía, ni te visitamos con la debida frecuencia ni participamos diariamente de tu mesa.
Falta de fe hay, Señor, hasta en algunos de tus ministros, los sabiondos que han estudiado en grandes universidades europeas y que nos exponen sus dudas, con sutilezas teológicas, sobre el misterio de tu presencia. Hazles comprender, Señor, como a Agustín, que en el agujero de arena de nuestra inteligencia, no puede caber el océano infinito de tu grandeza inconmensurable.
Hay, también falta de respeto. Sabemos, Señor que tu cuerpo es comida y tu sangre es bebida. Pero comida y bebida sagrada, que debe tratarse con reverencia. No es como para mandarla a los cantones de nuestro campo, empacada en bolsas de plástico, cual si se tratase de caramelos o bombones.
Pero tu pueblo, Señor, te ama, te adora, te venera, porque sabe muy bien que en la Eucaristía estás realmente, verdaderamente, personalmente presente, con tu cuerpo, con tu sangre, con tu alma, con tu divinidad. Tu presencia es sacramental, escondida, revestida de señales especiales, que no dejan ver tu figura divina, humana. Sabemos, Señor, que ahora estás viviendo en la gloria del cielo. Pero estamos seguros de que estás también realmente presente, en la Eucaristía. Es un misterio. Es un milagro. ¿Acaso Dios no puede hacer milagros?
Nosotros, Señor, no podemos comprender, ni nos importa.
No te vemos, pero te sentimos. Especialmente cuando nos acercamos a tu mesa y comemos tu carne y bebemos tu sangre. Cuando asistimos al santo sacrificio del altar y vemos a tus sacerdotes, a tus ministros cualificados, ejercer el poder extraordinario y maravilloso que les conferiste, de hacerte realmente presente bajo las especies de pan y vino.
No, Señor, ellos no son hombres como todos los demás. En hombre cualquiera no puede perdonar, en tu nombre, nuestros pecados, aunque esté en la cumbre de las grandezas humanas. Un hombre cualquiera no puede darnos a Dios.
Todos los días, Señor, nos acercamos a tu altar. No es que nos creamos dignos, los pobres gusanos de la Tierra. Pero Tú, Señor, lo mandaste. Si no comemos tu cuerpo y no bebemos tu sangre, no tendremos vida eterna. Además, ¡necesitamos tanto de Ti! Estamos enfermos y Tú nos curas. Estamos sucios y Tú nos lavas. Somos pobres y Tú nos enriqueces. Somos duros y fríos y Tú nos enciendes el amor en nuestros corazones. Somos frágiles y débiles y Tú nos fortificas y confortas. Estamos afligidos y Tú nos consuelas. Tenemos problemas y Tú los resuelves. Somos malos y Tu nos santificas.
En realidad, Señor, si no somos santos es porque somos insensatos, ya que no apreciamos en lo que vale esta verdad milagrosa, este misterio de la fe, este sacramento del amor, este punto focal de nuestra religión, por el cual, habiendo nacido para nosotros, "nobis natus,nobis datus".