"El Código Da Vinci" - Suma de disparates históricos

William Navarrete - Especial/El Nuevo Herald

Sinceramente esperaba un bestseller bien documentado como los de Umberto Eco o Arturo Pérez-Reverte, pero El Código Da Vinci, del norteamericano Dan Brown es una lamentable suma infinita de disparates históricos, fanfarronadas teológicas y apabullantes simplificaciones de la trama, último elemento éste que, a la larga, hubiera podido salvarlo reservándole, como máximo, la categoría de libro de playa.

Prefiero ahorrarme la sinopsis de la novela para entrar de lleno en lo que pudiera ser de alguna utilidad para el pobre lector que, después de una ardua faena de lectura, llega a la página quinientos y algo creyendo haber subido un escalón de su enriquecimiento espiritual.

Parte de la base histórica del libro --que el autor tiene el valor de creer y anunciar que es genuina y fidedigna-- se asienta en la obra del genio del Renacimiento italiano Leonardo Da Vinci. Al respecto, Brown utiliza La última cena de Da Vinci para probar que el artista era uno de los Maestros del Priorato de Sión, secta gnóstica que desde los Merovingios protegía el secreto de lo Sagrado Femenino y el Grial, supuestamente silenciados por el Vaticano. En realidad dicha secta, vale que se diga, surgió en Francia a fines de la década de los cincuenta del Siglo XX. Como quien dice, ayer.

El autor insistirá en hacernos creer que Da Vinci fue uno de los Venerables Maestros de esta secta y pretende que el renombrado artista nos ha dejado ''pistas'', a través de sus obras, acerca de sus propias creencias y de su papel directivo en la misma. Para ello no halló nada mejor que La última cena de Milán, afirmando que quien se halla a la derecha de Cristo es María Magdalena y no San Juan. Semejante tontería denota una falta de conocimiento elemental de la iconografía renacentista, en la que siempre se representó a San Juan, por su extrema juventud --con respecto a la edad de los restantes apóstoles-- con rasgos manieristas, como mismo se representaba a San José más viejo y encanecido de la cuenta para no poner en dudas la virginidad de María. Tales recursos iconográficos se aprenden en cursos elementales de Historia del Arte. Como también se aprende que si en La última cena aparecen catorce copas, en lugar del único cáliz, es por la simple razón de que en el momento en que ocurre dicha cena no se ha institucionalizado aún la Eucaristía y tales reuniones seguían el rito pascual judío en que cada comensal disponía de su propia copa.

Los encargos que el Vaticano le hiciera a Da Vinci, contrario a lo que afirma Brown, fueron escasos, pues el maestro apenas vivió en Roma. Pero lo peor es que el profesor de Harvard, encarnado en el personaje de M. Langdon, desconoce algo tan elemental como que Da Vinci solía escribir al revés, de modo que sólo la imagen de lo escrito sobre un espejo devuelve al lector la secuencia lógica de sus frases. Lo que es más, ese mismo genio de Harvard titubea y cree en la posibilidad de que dichos caracteres --que son los que usamos nosotros-- sean 'rachis', un sistema de cursivas a partir de la fonética de la lengua hebrea, que cualquier profesor menos capacitado podría distinguir sin dificultad. Muy mal han de andar las cosas por Harvard, si se le cree a Brown.

Incluso la heroína de la novela, la gran criptóloga Sophie Neveu, que se ha especializado en escuelas inglesas en la materia, demora horas en ordenar y descubrir la secuencia numérica de Fibonacci, que hasta hace poco se utilizaba en los test de inteligencia elemental para adolescentes europeos.

La misma señorita Neveu que, más tarde, en una escena de thriller policíaco en el Louvre logra ''apretar La Virgen de las Rocas de Da Vinci contra su cuerpo, doblándolo''. ¿Qué historiador del arte no sabe que ese célebre cuadro no es un lienzo sino una pintura sobre madera? ¿Cómo se puede doblar una madera cuando no se es el protagónico femenino de Bill Kill I y II, las últimas películas de Tarantino?

Como parte del interés de la novela consiste en demostrar la implacabilidad del Vaticano en su obsesión de ocultar la importancia de la mujer, cualquier argumento, por descabellado que sea, será de utilidad. Brown afirma que fue el Papa Clemente V quien persiguió a los Templarios cuando en realidad nadie ignora que fue el rey Felipe el Hermoso quien les dio encarnizada cacería. Clemente V se encontraba desterrado en Aviñón y ni siquiera pudo arrojar al Tíber las cenizas de los vencidos Templarios, como dice Brown, pues el Tíber es el río de Roma, mientras que el de la ciudad francesa de Aviñón, donde estaba Clemente, se llama Ródano.

Así las cosas, Brown olvida que la única religión cristiana que atribuye valores esenciales a la mujer es justamente el catolicismo a través del culto mariano. Las demás, incluida el protestantismo, pasan la página. Como también olvida que el Concilio de Nicea (325 dC) no trató en lo absoluto de la filiación de Cristo sino de los arrianistas que desde Alejandría negaban que Cristo fuera ''igual'' que el Padre y afirmaban que era ''semejante al Padre''. Un Concilio harto conocido que culminó con la excomunión de Arrio y la publicación del Credo de Nicea que reconoce a Cristo igual que el Padre (homoousion to Patri). Según el autor del Código Da Vinci la votación fue muy reñida. Al parecer Brown llama reñida a una votación en que casi 200 obispos adhirieron los cánones y sólo dos (Teón de Marmárica y Segundo de Tolomeo) mostraron su desacuerdo, razón por la cual fueron anatematizados. Además de esto, a Jesús se le menciona como hijo de Dios unas cuarenta veces en los Evangelios canónicos (250 años de Nicea), y en un sinnúmero de documentos anteriores al Concilio como la Carta a los Efesios (de San Ignacio de Antioquía) o el escrito Contra los herejes (de San Ireneo Lyon). El asunto no podía ser objeto de discusión en dicho Concilio porque el canon había quedado establecido desde hacía mucho tiempo.

Pero hay más, Brown ignora --porque le conviene para su trama contra el Vaticano-- que un Concilio posterior como el de Efeso (449 dC), esta vez en contra del nestorianismo, concluyó estableciendo que María no sólo era la madre de Jesús sino, incluso, la Madre de Dios. ¿De qué complot de la Iglesia contra el Sagrado Femenino habla entonces el autor?

El otro tópico teológico ''fuerte'' del libro es la supuesta paternidad de Cristo y una línea genética que desde el año 33 dC hasta nuestros días se conserva en Francia y de la cual es heredera la heroína de la novela y su familia. El razonamiento es de una simpleza aplastante: Jesús era judío y todos los judíos se casaban, imperativamente, jóvenes. Brown ignora que San Pablo no se casa y que aconseja además el celibato. También ignora, por ejemplo, que los Esenios (uno de los cuatro pueblos principales de Judea cuyo origen se remonta al tiempo de los Macabeos, 150 años del nacimiento de Cristo), practicaban igualmente el celibato en épocas de Jesús. Tal ignorancia no puede ser menos que insólita, sobre todo porque mucho se ha hablado de los Manuscritos del Mar Muerto, hallados en 1947, en una gruta, por el joven beduino Mohamed el Lobo, correspondientes a este pueblo.

Creo que no vale la pena continuar enumerando los disparates de El Código Da Vinci. Incluyamos de paso que las Olimpiadas nunca se celebraron en honor a Venus-Afrodita, sino a Zeus; que las cartas del Tarot no enseñan ninguna doctrina de ninguna Diosa ni tuvieron connotaciones esotéricas hasta muy entrado el siglo XVIII en Francia. Brown ni siquiera se informó de la jerarquía del Vaticano pues pretende que la segunda autoridad del mismo es el ''Secretario de (la) Vaticana'' cuando en realidad todo el mundo sabe que es el Cardenal Secretario del Estado.

Por supuesto, descifrar los errores de este ''Código'' resulta más fácil a sus lectores que a los eruditos personajes del mismo llegar a la conclusión de que Sofía en griego significa ''sabiduría''. Este aliento al menos nos queda.

Sin contar con la esperanza de que el autor le sacó a su novela pagarse unas vacaciones --no en Tahití, donde afirmó hallarse cuando se le ocurrió escribir su libro-- sino en el Cosmos, a donde parece que se podrá ir dentro de poco. Quizás nos hable en la próxima de cosas de otros mundos. Porque lo que es del nuestro, espero haya entendido que todavía quedan lectores que forman parte de él.

 
 
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