Breve resumen doctrinal

Amamos y reverenciamos el Corazón de Jesucristo porque su entrega total al Padre hasta la muerte, supremo acto de amor, es la causa de nuestra salvación.

Miramos con devoción agradecida su Corazón, porque de él brotan las aguas vivas del Espíritu Santo (Jn 7, 37). De él nació la Iglesia, de él brotan sus sacramentos (Jn 19, 34-37). Su obediencia y entrega rehacen lo que destruyó nuestra desobediencia. Su Corazón es, para siempre, Buena Noticia de redención, acceso y camino seguro al Corazón del Padre.

El Espíritu Santo va conduciendo a la Iglesia hacia un conocimiento cada vez más profundo del Misterio de Cristo. El es quien iluminó a Juan, al pie de la cruz para que calara en la profundidad de aquel signo histórico y salvífico: Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua . (Jn 19, 34).

Tras Juan, la Iglesia toda entendió que de ese costado atravesado de tu Cuerpo exánime, Señor Jesús, irradió la vida del Espíritu para tu Iglesia en el eterno designio del Padre, que aceptó tu entrega redentora al resucitarte glorioso para siempre. Fue tu Espíritu Santo y no la mirada humana de Juan la que descubrió tu Corazón Herido como centro focal de tu Pascua, fuerza de nuestra fe, raíz de nuestra esperanza y fuente de nuestra vida.

Señor Jesús, Dios y hombre verdadero, veneramos tu Corazón dado que todo tu ser, toda tu Persona merece nuestra adoración y acatamiento incondicional. Veneramos, Jesús Resucitado, tu glorioso Corazón humano - divino, porque tu sagrada humanidad ha sido asumida para siempre en el Ser de Dios, Misterio inefable e inconmensurable de Amor, garantía y preludio de nuestra inserción en tu vida misma, Dios que eres Amor (1 Jn 4, 16).

Contigo, y desde tu Corazón queremos reparar todos los pecados de la Humanidad contra tu Amor Redentor. Sólo la fuerza de tu Amor puede transformarnos de manera que prefiramos mil veces morir antes que pecar y ofenderte. Solamente si nos apropiamos de los sentimientos de tu Corazón, vamos a hacer nuestra la santa voluntad de tu Padre, y vamos a estar dispuestos a desgastarnos generosamente para que venga a nosotros tu Reino.

 
 
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