PRACTICA DE LA DEVOCIÓN
“Condúzcanse con amor, lo mismo que
Cristo nos amó y se entregó para ser
sacrificado por nosotros, como ofrenda y
sacrificio de olor agradable a Dios” (Ef 5, 2).
¿Cómo se practica la Devoción al Corazón de Jesús?
En primer lugar mediante la práctica del mandamiento nuevo del amor y la lucha por la justicia social. Como bien dice San Ignacio de Loyola el amor se debe poner más en las obras que en las palabras. Obras son amores y no buenas razones , añade el refranero castellano.
A veces se ha identificado la Devoción al Corazón de Jesús casi exclusivamente con medallas, insignias y prácticas devotas. Esas insignias y prácticas son muy necesarias y buenas, pero sólo si acompañan y testimonian nuestra lealtad y entusiasmo por el modo de sentir y de obrar según el Corazón de Jesucristo.
Hoy, más que nunca, el mundo es sensible a aquellas palabras del Apóstol Santiago: Hermanos, ¿qué provecho saca uno que dice que tiene fe, pero no la demuestra con su manera de actuar? Eso pasa con la fe, si ésta no se demuestra por la manera de actuar : está completamente muerta (Sant 2, 14-17).
Una primera exigencia, pues, y característica de la auténtica Devoción al Corazón de Jesús es la práctica sincera y eficaz de la caridad. La Iglesia nos ha enseñado reiteradamente y con fuerza, en estos últimos años, que la construcción del Reino y el camino de nuestra santidad son inseparables de la lucha por la justicia. El amor auténtico a Cristo nos exige a los cristianos comprometernos radicalmente en la lucha por la justicia y la hermandad social.
Conversión
Sin convertirnos no podremos seguir a Jesús, ni servirle o amarle en los pobres con los que El se ha identificado. Para eso, ¡necesitamos un corazón nuevo Y sólo Dios puede realizar este cambio en nosotros: Les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo (Ez 36,26-27).
Pero, ese Corazón nuevo el Padre ya nos lo ha dado ya nos lo ha dado: ¡Y es, desde luego, el de Jesucristo Tenemos, eso sí, que imitarlo, que asimilarnos a El; que apropiarnos de sus sentimientos (Fil 2, 5).
Ofrenda
San Francisco de Sales decía que aprendemos a hablar hablando; a estudiar estudiando; y a correr corriendo, etc. Aprendes a ofrendarle tu vida con Jesús al Padre, haciéndolo. Y así como para correr no hace falta tener puestos unos zapatos tennis , pero ayudan mucho, de la misma manera, hay un modelo de oración de ofrenda que puede ayudarte bastante.
Hacerla al comenzar el día te ayuda para ponerte desde temprano en esa actitud de disponibilidad y de ofrenda al Padre, que marcó la vida de Jesús. Es sencilla, pero si te fijas, también es profunda y tiene mucho contenido teológico. Lástima que no podamos comentártela extensamente. Es la que usan diariamente los miembros del Apostolado de la Oración. Juan Pablo II ha dicho que este movimiento espiritual es un “tesoro precioso del corazón del Papa y del Corazón de Cristo”.
- Ven, Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrendemos de veras nuestras personas y obras, en unión con El, por la redención del mundo.
Señor mío, y Dios mío Jesucristo,
por medio del Corazón Inmaculado de María,
(Madre Tuya y madre mía),
me consagro (entrego) a tu Corazón,
y me ofrendo contigo al Padre
en tu santo sacrificio del altar,
con mi oración y mi trabajo,
alegrías y sufrimientos de hoy,
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido especialmente por el Papa, y por esas necesidades la humanidad y de la Iglesia que él nos ha encomendado este mes por medio del Apostolado de la Oración.
A continuación añades todas las demás necesidades familiares y personales, que quieras, consciente de que lo haces en actitud y unión sacerdotal con Cristo, que continúa ofrendándose sacramentalmente en la Eucaristía por nosotros al Padre.
Hay un enorme caudal de espiritualidad en el contenido de esta oración de ofrenda. Leamos la Carta a los Hebreos: Los sacerdotes (de la Antigua Alianza) para cumplir su oficio ofrecen repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca tienen el poder de perdonar los pecados. Cristo por el contrario ofreció por los pecados un único y definitivo sacrificio... Cristo ha venido a nosotros como el Sumo Sacerdote... No llevó (al altar) sangre de animales, sino su propia sangre... Cristo llevó a cabo algo mucho mejor cuando, movido por el Espíritu, se ofreció a Dios como víctima sin mancha; su sangre nos purifica... (He 9, 11-14).
En breve: los intermediarios (sacerdotes) entre Dios y el pueblo en la primera alianza entre Dios y la humanidad cumplían su oficio ofrendándole a Dios cosas o animales en nombre del pueblo para pedirle su perdón o su favor. En esta de ahora - la nueva y definitiva alianza entre Dios y la humanidad - el sacerdote y la ofrenda es Jesucristo mismo, nuestro divino Redentor.
Nosotros, a los que el Apóstol Pedro llama “sacerdocio santo que debe ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2, 5), ¿cómo vamos a ejercer nosotros nuestra vocación sacerdotal? ¡Como Cristo Jesús , desde luego. Si El se ofrendó amorosamente al Padre, nosotros vamos a ofrendarnos, también, con amor, al Padre. Nosotros no tenemos un sacerdocio que nos pertenezca. Somos sacerdotes únicamente por participación en el único sacerdocio de Cristo.
Hay diversos grados de participación en dicho sacerdocio. La participación de los presbíteros, es decir de los “curas” o sacerdotes “ministeriales” es esencialmente diferente al que se confiere a todos por el bautismo, pero aquí no tenemos espacio para entrar en esa catequesis.
Dios quiera que el contenido de esta oración se nos meta de tal manera en el alma que durante el día y la noche diciéndole con frecuencia al Padre que le ofrendamos nuestros sudores, nuestras alegrías concretas, nuestros achaques, ansiedades, etc., etc., con el amor de Jesús y desde su Corazón.
¡Cuidado!
Fíjate que si haces tu ofrenda por tu propia cuenta, sin asociarte a la ofrenda eucarística de Jesús, esa ofrenda tuya francamente no vale gran cosa. Así seas la alcaldesa del pueblo, o el presidente del Banco mayor de tu país. Nos agarra un virus mal administrado, y nos manda al más importante de nosotros sin chistar para el cementerio. Es muy poco lo que realmente podemos ofrendarle por nuestra cuenta al Señor.
Pero si nos asociamos a Jesús, si unimos nuestra ofrenda a la suya, si la hacemos desde su Corazón, nuestra ofrenda - en virtud de ese asociarnos al Amor más grande - nuestra ofrenda cobra entonces un valor un infinito...
Reparación
La Devoción al Corazón de Jesús nos exige ponerle una atención particular al amor redentor del Verbo Encarnado. Por eso incluye, necesariamente, lo que llamamos la reparación, que no es otra cosa que una participación solidaria en el amor redentor de Cristo.
Jesucristo es la Cabeza del Cuerpo que formamos todos los cristianos. Por eso, si El, que es nuestra Cabeza, es el gran Reparador de los pecados de la humanidad contra el Dios, es lógico y natural que nosotros que somos su Cuerpo, debamos ser reparadores también en algún grado y de alguna manera.
Es decir, que la reparación es una consecuencia lógica de la doctrina del cuerpo místico de Cristo y de la comunión de los santos. Es un participar libre, gozosamente, por solidaridad y amor en el dolor redentor de Jesucristo, nuestra cabeza.
¿Cómo reparamos?
1. Acercándote con mayor preparación, devoción y amor al Sacramento de la reconciliación. Cuando la Iglesia te pide que hagas tal o cual penitencia , ¿qué hace sino pedirte que repares ...? De hecho, fue precisamente al tratar del sacramento de la reconciliación que el Concilio de Trento estableció la posición oficial de la Iglesia con relación al pecado y su reparación.
2. Participando con la mayor devoción y el amor posible en la Eucaristía, que es la reparación perfecta y por excelencia.
3. Amando al Señor con todo tu corazón, en primer lugar por ti mismo, y en segundo lugar, y en cuanto puedas con mucha humildad y sin aspavientos, ni dártelas de santo (a), por quienes, injustamente, no lo aman, ¡que son muchos
4. Sirviendo con reverencia y afecto sincero a los pobres, a los enfermos, a los presos, a los marginados, porque el Señor Jesús se identifica con ellos: Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicieron conmigo (Mt 25, 40).
5. No olvides sus palabras a Saulo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues (He 9, 5). El se identifica con todos los perseguidos, maltratados y abusados por defender el derecho y la justicia. No rehúses comprometerte en la lucha por la paz y la justicia social. El cuenta contigo para reparar y rehacer este espacio humano donde viven sus hijos.
La práctica de las tres primeras sugerencias te capacitará para hacer realidad en tu vida la cuarta y la quinta sugerencias, porque sin El no podemos hacer nada
(Jn. 15, 5).6. La sexta sugerencia abarca, si bien lo miras, a todas las anteriores... Y es, quizás, la más difícil. ¿Quieres reparar como Jesús? : Disponte a hacer, como Jesús - siempre y sin reservas algunas - la santa voluntad del Padre. Eso es lo que hizo Jesús para reparar nuestros pecados. Eso mismo, desde luego, es lo que debemos hacer a nosotros.
Consolación
Si algo está claro en las Sagradas Escrituras es que a nuestro Dios le duelen y le hieren realmente nuestras traiciones, frialdad y desamor, y que desea ardientemente y le importa muchísimo nuestro amor: Si un enemigo me insultara, sin duda lo soportaría. Si el que me odia se alzara contra mi, me escondería de él. Pero fuiste tú mi compañero, mi familiar y mi amigo, con el que me unía una dulce amistad (Sal 55, 13 -14).
No entristezcan al Espíritu Santo de Dios... , leemos en el capítulo 4, verso 30 de la carta a los Efesios. En la carta a los Hebreos, así mismo, leemos: ... es imposible moverlos por segunda vez a penitencia, cuando vuelven a crucificar por su cuenta al Hijo de Dios y hacen burla públicamente de El (Heb 6, 6).
Cuando Jesús dice desde la Cruz: Tengo sed (Jn 19, 28), Juan nos indica que se cumple la palabra profética del Salmo 69, verso 22. En el verso anterior de este salmo mesiánico y profético leemos también: Tanta ofensa me ha destrozado el corazón y no sanaré; esperé, inútilmente, comprensión, esperé alguien que me consolara y no lo hallé (Sal 69, 21).
La consolación, entonces, viene a ser como el ángulo afectivo de la reparación. Cuando nos ofenden a alguien a quien queremos nos sentimos afectados por esa ofensa. Si el afecto es grande nos afecta mucho, y si es pequeño, menos. La consolación, entonces, es una urgencia afectiva que sólo pueden experimentarla y entenderla quienes aman apasionadamente y sin reservas a Jesucristo.
Curiosamente, el Señor no les dijo a todos sus apóstoles: Siento en mi alma una tristeza mortal. Quédense aquí y permanezcan despiertos (Mc 14, 34). Esa invitación a acompañarle en esos momentos se la hizo a tres de los apóstoles solamente, de los cuales, dos sabemos que eran sus hombres de confianza, sus grandes amigos: Pedro y Juan. Santiago, al parecer, lo era también.
Esto de consolar al Señor quizás no sea para todos los cristianos, no es para todo el mundo. Pero es una obligación y urgencia ineludible para los que quieran formar parte del grupo de sus amigos y colaboradores más íntimos...