Capitulo 14 - Pistas para la oración
Llegados a esta parte de nuestras reflexiones , es posible que tú, amable lector, obedeciendo a los delicados requerimientos de la Madre sientas el deseo de entrar por los caminos de la oración pero por no haberla practicado hasta ahora te puedas sentir un poco perturbado.
Mira cuán buena, tierna y delicada es nuestra Madre. Ella , que ha puesto en tus manos la publicación que has estado leyendo, ahora te gasta un gesto más de su ternura y te proporciona unas pistas que te van a orientar en esta nueva etapa de tu vida y que, a no dudarlo, con la asistencia sapientísima del Espíritu Santo y tu propia y decidida colaboración, te pueden llevar muy alto en las esferas de la intimidad con Dios y con la Reina.
Pero quizá ya eres tú una persona muy versada en los caminos del Señor, con una larga práctica de la vida de oración. En ese caso bien puedes prescindir de la lectura del presente capítulo.
De todos modos, sea como sea, para que puedas obtener mayor provecho, revístete de gran paciencia para la lectura. Y por favor, hermano o hermana , no te olvides de elevar una plegaria por el autor de estas líneas que solo busca ayudarte para que logres realizar los planes que el Señor se ha trazado sobre ti.
Solo Dios sabe el esfuerzo que se ha impuesto para llegar a poner en tus manos la presente publicación. Pero con inmenso gusto lo ha hecho sabiendo que al hacerlo le está colaborando a la dulce Madre en su anhelo de que se multipliquen en el mundo las almas de oración que serán los pararrayos encargados de neutralizar los rayos de la justicia divina.
Recuerda, para empezar, el mensaje de la Madre de fecha 12 de Junio de 1986 en que decía:“ Uds., queridos hijos, desean alcanzar gracias pero no rezan. Deseo enseñarles a orar. De esa manera comprenderán la razón por la que he estado tanto tiempo con Uds ”
Ella pues pretende ser nuestra Maestra en una tarea tan trascendental como ninguna. ¡Y qué Maestra !
De modo que a medida que vayas leyendo las siguientes indicaciones puedes, si lo deseas, imaginártela presente muy cerca de ti , hablándote con la experiencia que Ella tiene y con el deseo vehemente de que algún día llegues a ser lo que Ella anhela que seas: Un cristiano, un católico, un hijo de Dios que ora y vive la oración. Es que Ella puede también decir de sí como su Hijo “aprended de mí”, “Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho.”[1]
1.- Lectura rezada: Puedes tomar una oración escrita, por ejemplo un salmo u otra oración cualquiera. Pero, atención, que no se trata de leer un capítulo de la Biblia o un tema de reflexión, sino de una oración. No vamos simplemente a leer, sino a orar.
Toma una posición exterior y actitud interior orantes. Sosiégate e invoquemos juntos al Espíritu Santo....
Comienza a leer despacio la oración. Muy despacio. Al leerla, trata de vivenciar lo que vas leyendo. Quiero decir, trata de asumir aquello, decirlo con "toda tu alma", haciendo "tuyas" las frases leídas, identificando tu atención con el contenido o significado de las frases que vas leyendo.
Si te encuentras con una expresión que "te dice" mucho, detente ahí mismo. Repítela muchas veces, uniéndote mediante ella al Señor, hasta agotar la riqueza de la frase, o hasta que su contenido haya inundado tu alma. Piensa que Dios es como la Otra Orilla; para ligarnos con esa Orilla no necesitamos de muchos puentes; basta un solo puente, una sola frase para mantenernos enlazados.
Si no sucede esto, prosigue leyendo muy despacio, asumiendo y cordializando el significado de lo que estás leyendo. Detente de vez en cuando. Vuelve atrás para repetir y revivir las expresiones más significantes.
Si en un momento dado te parece que puedes abandonar el apoyo de la lectura, deja a un lado la oración escrita y permítele al Espíritu Santo manifestarse dentro de ti con expresiones espontáneas e inspiradas.
Esta modalidad, fácil y eficaz siempre, ayuda de manera particular para dar los primeros pasos, para las épocas de sequedad o aridez, o simplemente en los días en que a uno no le sale nada por la dispersión mental o la agitación de la vida.
2. Lectura meditada: Para esta modalidad es necesario escoger un libro cuidadosamente seleccionado, que no disperse sino que concentre, y de preferencia absoluta la Biblia. Es conveniente tener conocimiento personal sobre ella sabiendo dónde están los temas que a ti te dicen mucho; por ejemplo, sobre la consolación, la esperanza, el sufrimiento, la aciencia... para escoger aquella materia que tu alma necesita en ese día. También se puede seguir el orden litúrgico, mediante los textos que la liturgia señala para cada día.
En principio no te recomiendo el sistema de abrir al azar la Biblia, aunque alguna vez puede ser útil. En todo caso, es conveniente saber, antes de iniciar la lectura meditada, qué temas vas a meditar y en qué capítulo de la Biblia los encuentras.
Toma la posición adecuada....... ¿Ya ?....Juntos pidamos ahora al Espíritu Santo que nos asista en nuestro esfuerzo y sosiégate ,sí, sosiégate. Puedes, si quieres, imaginarte que estás cerca, muy cerca de Mí, que te acompaño y te asisto en tu amago de oración. Yo estoy dispuesta a enseñarte, a corregirte, con la paciencia y ternura maternal que me caracterizan porque soy tu Madre y porque te amo como a mi propio Hijo Jesús.
Comienza a leer despacio, muy despacio. En cuanto leas, trata de entender lo leído: el significado directo de la frase, su contexto, y la intención del autor sagrado. Aquí está la diferencia entre la lectura rezada y la lectura meditada: en la lectura rezada se asume y se vive lo leído (fundamentalmente es tarea del corazón) y en la lectura meditada se trata de entender lo leído (actividad intelectual principalmente, en que se manejan conceptos explicitándolos, aplicándolos, confrontándolos para profundizar en la vida divina, formar criterios de vida, juicios de valor; en suma, una mentalidad cristiana).
Sigue leyendo despacio, entendiendo lo que lees. Si aparece alguna idea que te llama fuertemente la atención, para ahí mismo; cierra el libro; dale muchas vueltas en tu mente a esa idea, ponderándola; aplícala a tu vida; saca las conclusiones que tú puedas.
Si no sucede esto (o después que sucedió), continúa con una lectura reposada, concentrada, tranquila.
Si aparece un párrafo que no entiendes, vuelve atrás; haz una amplia relectura para colocarte en el contexto; y trata de entender el texto que estás leyendo dentro de todo su contexto . Prosigue leyendo lenta y atentamente.
Si en un momento dado sientes que se te conmueve el corazón y experimentas ganas de alabar..., agradecer..., suplicar...o pedir perdón...o de pronto hasta de llorar...,hazlo libremente. Es a eso que te invita el Espíritu Santo y debes saber que te encuentras en la parte central de tu oración. Y no vaciles en gastar en esto todo el tiempo que desees.
Si no sucede esto, prosigue leyendo lentamente, entendiendo y ponderando lo que lees. Pero recuerda que es normal y conveniente que la lectura meditada acabe en oración.
Para ello toma el conjunto de las ideas que has encontrado en la lectura, y alaba al Señor por esas luces que has estado recibiendo, dale gracias por todo ello, pídele perdón porque no has obrado conforme a lo que el Señor te ha iluminado.. suplícale con todo tu corazón que te conceda la gracia de llevar en adelante a la práctica lo que El te acaba de enseñar.
Es de desear que la lectura meditada se concretice en criterios prácticos de vida, para ser aplicados en el programa del día.
Es de aconsejar absolutamente que durante la meditación se tenga siempre en la mano un libro, sobre todo la Biblia. De otra manera se pierde mucho tiempo. No es necesario leer todo el rato. Santa Teresa, durante catorce años, era una nulidad para meditar, si no tenía un libro en mano. ¿Y tú ...? No te vas a imaginar que eres un ser superdotado.
3. Pequeña pedagogía para meditar y vivir la Palabra
a) Disposición previa: Procura tener el alma vacía, abierta, tranquila, sin ansiedad, serenamente expectante, pues es el Señor el que viene, en su Palabra, a tu encuentro.
Una vez escogido el texto y después de invocar al Espíritu Santo, haz una lectura lenta, muy lenta, con pausas frecuentes, pensando que Dios te está hablando a ti en este momento, con las palabras que estás leyendo.
Tiene que ser una lectura desinteresada, sin buscar utilidad alguna, como solución a tus problemas, doctrinas o verdades...; el Señor se manifestará libremente según sus designios y proyectos para tu vida.
b) Lectura escuchada. Mientras vas leyendo lentamente, escucha a Dios: es el Señor el que te está hablando de persona a persona. Estas palabras tan antiguas las está pronunciando el Señor en este momento para ti. Escúchalo con una atención receptiva y serena, sin ansiedad alguna.
No pretendas tanto entender intelectualmente lo que estás escuchando; no te esfuerces tanto por averiguar qué significa esta frase, qué quiere decir este versículo sino “qué me está queriendo decir el Señor a mí con estas palabras”.
Si algunas expresiones no < te dicen > mucho, o no las entiendes, no te quedes estancado o ansioso. Pasa adelante con calma y libertad.
c) Detalles prácticos: Puede suceder que algunas expresiones te conmuevan, despertando en ti resonancias profundas y desconocidas. Detente ahí mismo: dales vueltas en tu mente y en tu corazón rumiando, ponderando y saboreando esas expresiones.
Toma un lápiz y subráyalas; y escribe al margen una palabra o una breve frase que sintetice aquella impresión.
Cuando en la lectura escuchada aparezcan nombres propios como Israel, Jacob, Samuel, Moisés... sustitúyelos por tu propio nombre personal, pensando y sintiendo que el Señor está dirigiéndose a ti con tu propio nombre.
Si la lectura no < te dice> nada, quédate tranquilo y en paz. Podría suceder que ese mismo pasaje, leído otro día, < te diga> mucho. Por encima de nuestra actividad humana está el misterio de la gracia que, por esencia, es imprevisible. La <hora> de Dios no es nuestra hora. En las cosas de Dios es necesario tener mucha paciencia.
No te esfuerces tanto por captar y poseer exactamente el significado doctrinal de la Palabra, sino más bien procura meditarla gozosamente en tu corazón como María, dándole vueltas en la mente, dejándote inundar por dentro de las vibraciones y emociones que se desprenden de la proximidad de Dios. Y <conserva la Palabra> , es decir: que sigan vibrando en tu interior esas resonancias a lo largo del día.
En cuanto a los Salmos, éstos no se leen, se rezan. Ten anotados en tu cuaderno los salmos que más < te dicen >, clasificados según diferentes sentimientos como admiración, gratitud, comprensión, alabanza...
Esfuérzate por sentir con toda el alma el significado de cada frase, identificando tu atención y emoción con el contenido de las expresiones, expresándolas con el mismo tono interior que sentirían los salmistas.
Colócate imaginativamente en el corazón de Jesucristo, y trata de sentir lo que Él sentiría al pronunciar estas mismas palabras. Con la ayuda del Espíritu Santo trata de identificarte con la disposición interior de adoración, asombro y acción de gracias del corazón de Jesús, en el espíritu de los salmos.
d) Compromiso de vida: Y por favor, hijo querido : no olvides que mi oración en la tierra siempre concluía con un compromiso de servicio a mi Dios y un compromiso de servicio a mis hermanos. Por eso cuando tuve la entrevista con el Ángel que fue un momento de oración, todo concluyó con un compromiso de servicio expresado en mis palabras : «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»Y no fueron solo palabras sino que, como narra San Lucas, a continuación me dirigí a la casa de mi prima Isabel que necesitaba de mí: “En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” Luc.1,38-40
Procura cuestionar tu vida a la luz de la Palabra, aplicando permanentemente la Palabra escuchada a la situación concreta de tu vida, preguntándote a cada momento :
En la medida en que tu mente se adapte a la < mente> de Dios, serás tú discípulo del Señor. Y como son siempre las ideas las que rigen la conducta de los seres humanos, en la medida en que tú vayas apropiándote las ideas del Señor y las vayas poniendo en práctica, tu vida irá cambiando y te irás haciendo más semejante a la persona de mi Hijo.
Si en cualquier momento de la lectura escuchada tu corazón siente el impulso de orar, déjalo libremente desahogarse con el Señor. Esa es la parte fundamental de todo tu esfuerzo de oración. Todo lo demás es como el andamiaje, como los medios que te pueden ayudar a entrar en comunicación íntima con tu Dios .
4. Ejercicio auditivo: Toma una expresión fuerte que te llene el alma (por ejemplo "mi Dios y mi Todo") o simplemente una palabra (por ejemplo "Jesús", "Señor", "Padre").
Comienza a pronunciarla, con sosiego y concentración, en voz suave, cada diez o quince segundos. Al pronunciarla, trata de asumir vivencialmente el contenido de la palabra pronunciada. Toma conciencia de que tal contenido es el Señor mismo.
Comienza a percibir cómo la "presencia" o "Sustancia", encerrada en esa expresión va lenta y suavemente inundando tu ser entero, impregnando tus energías mentales.
Ve distanciando poco a poco la repetición, dando lugar, cada vez más, al silencio. Repite siempre la misma expresión.
Variante: Cuando aspiramos, el cuerpo queda tenso, porque se inflan los pulmones. Al contrario, cuando espiramos (expulsamos el aire de los pulmones) el cuerpo se relaja, se afloja.
En esta variante aprovechamos la fase de la espiración (momento natural de descanso) para pronunciar esas expresiones. De esta manera, el cuerpo y el alma entran en una combinación armónica. La concentración es más fácil porque la respiración y la irrigación son excelentes. Y así, los resultados son sumamente benéficos tanto para el alma como para el cuerpo.
5. Oración escrita: Se trata de escribir aquello que el orante quisiera decir al Señor. Para momentos de emergencia puede resultar la única manera de orar; en tiempos de suma aridez o de aguda dispersión, o en los días en que uno se siente despedazado por graves disgustos. Tiene la ventaja de concentrar mucho la atención; y la ventaja también de que puede servirme para orar tiempos más tarde.
6. Ejercicio visual: Toma una estampa expresiva, por ejemplo una imagen de Jesús o de María u otro motivo, estampa que exprese fuertes impresiones, como paz, mansedumbre, fortaleza... Lo importante es que a ti te diga mucho.
a) Toma la estampa en tu mano y, después de sosegarte e invocar al Espíritu Santo, quédate quieto mirando simplemente la estampa, en su globalidad, en sus detalles.
b) Trata de captar como intuitivamente, con concentración y serenidad las impresiones que esa imagen evoca para ti. ¿Qué te dice a ti esa estampa?.
c) Con suma tranquilidad trasládate mentalmente a esa imagen, como si tú fueras esa imagen, o te pusieras tú en el interior de ella. Y, reverente y quieto, haz "tuyas" las impresiones que la figura despierta para ti. Y así identificado mentalmente con esa imagen, permanece largo rato, impregnada toda tu alma con los sentimientos de Jesús que la estampa expresa. Es así como el alma se reviste de la figura de Jesús y participa de su disposición interior.
d) Finalmente, en este clima interior, trasládate mentalmente a la vida, imagina situaciones difíciles y supéralas con los sentimientos de Jesús. Y así trata de ser fotografía de Jesús en el mundo.
Esta modalidad se presta especialmente para personas que tienen facilidad imaginativa.
7. Oración de abandono: Es la oración (y actitud) más genuinamente evangélica. La más libertadora. La más pacificadora. No hay anestesia que tanto suavice las penas de la vida como un "yo me abandono en Ti".
Se aconseja aprender de memoria la oración que viene al final de este artículo para rezarla al estilo del Padre nuestro cuando uno se topa a cada paso con grandes o pequeñas contrariedades.
Ponte en la presencia del Padre, que dispone o permite todo, en actitud de entrega. Puedes utilizar como fórmula la oración antes mencionada, u otra fórmula más simple como: “hágase tu voluntad” o también “en tus manos me entrego”.
Como disposición incondicional, reduce a silencio tu mente que tiende a rebelarse. El abandono es un homenaje de silencio en la fe.
Ve depositando, pues, en silencio y paz, con una fórmula, todo aquello que te disguste: tus progenitores, aspectos de tu figura física, las enfermedades, la ancianidad, las impotencias y limitaciones, los rasgos negativos de tu personalidad, personas próximas que te desagradan, historias dolientes, memorias dolorosas, fracasos, equivocaciones...
Puede ser que, al recordarlos, te duelan. Pero, al depositarlos en las manos
del Padre, te visitará la paz.
Oración de abandono
Padre, en tus manos me pongo. Haz de mí lo que quieras. Por todo lo que hagas de mí, te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más. Dios mío. Pongo mi alma entre tus manos, te la doy, Dios mío, con todo el ardor de mi corazón porque te amo, y es para mí una necesidad de amor el darme, el entregarme entre tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre. Amén
[1] Mat.11,29; Juan 13,15