I.
LA HISTORIA DEL SANTO ROSARIO

Los momentos históricos del desarrollo del Rosario se pueden fijar en el arco que abarca los siglos XII al XVII. Al comienzo del siglo XII se difunde en Occidente la práctica de la recitación del Ave María. El saludo angélico era conocido en la cristiandad mucho antes de éste siglo, pues está contenido en el Evangelio y constituía desde el siglo VII la antífona del ofertorio del IV Domingo de Adviento: pero aquí nos referimos a la repetición devota del Ave, análoga a la continua repetición litánica del Pater, ciento cincuenta veces, en correlación con el Salterio de David.

En los monasterios, los monjes que no sabían leer sustituían con estos salterios de Pater o de Ave el salterio bíblico. El Avemaría era conocida y recitada sólo en su primera parte evangélica, que contenía el saludo del ángel y la bendición de Isabel. El nombre de Jesús y el Amén finales se introducirán sólo a finales del siglo XV, cuando, en 1483, se difundió el uso de recitar el “Santa María...”.

Hay que recordar también como dato interesante para la historia del Rosario, que el salterio de los Pater se subdividía entre los monjes conversos y los laicos devotos en tres grupos de 50 y se recitaba en ritmos diurnos a imitación de la liturgia de las horas. Pío V lo prescribió con la publicación del breviario en 1586 y sucesivamente entró en el Rosario el “Santa María...” aunque con algunas excepciones.

En el siglo XIV, el cartujo Enrique de Kalkar realizó una ulterior subdivisión en el salterio de las Ave, dividiéndolo en 15 unidades, es decir, en 15 decenas, intercalando entre decena y decena el rezo del Pater. Por el mismo tiempo se va imponiendo la leyenda de la institución del Rosario por Santo Domingo, leyenda difundida sobre todo por Alano de la Roche, Op. Aunque tal leyenda no se puede aceptar en todos sus detalles, sin embargo no se puede decir que sea falsa totalmente. El salterio mariano, como hemos visto, está documentado antes de Santo Domingo (11701221); pero ciertamente Santo Domingo y sus hermanos predicadores utilizaron esta forma popular de oración. Piénsese, por ejemplo, en las archicofradías marianas fundadas por San Pedro de Verona, discípulo de Santo Domingo y en el influjo que tuvieron estas archicofradías en la divulgación de la devoción a la Virgen María.

La simple repetición litánica del Pater y del Ave no incluía todavía la meditación de los misterios. El primer documento que testimonia el intento de unir la recitación de las Ave con la meditación de los misterios evangélicos principales se remonta al siglo XV. Entre los años 1410 y 1439. Domingo de Prusia, cartujo de Colonia, propuso a los fieles una forma de salterio mariano en el cual el número de las Ave se reducía a 50, pero a cada una de ellas se le añadía una referencia verbal explícita a un suceso evangélico, a modo de cláusula, que cerraba la misma Ave María. De estas cláusulas, formalizadas por Domingo de Prusia. Catorce se referían a la vida escondida y preapostólica de Cristo, seis a la vida pública, veinticuatro a Su Pasión y muerte y las seis restantes a la glorificación de Cristo y de Su Madre María.

A Domingo de Prusia hay que atribuirle el comienzo de la forma renovada de salterio mariano que desembocará en el Rosario entendido en sentido moderno. El ejemplo del cartujo de Colonia tuvo numerosos continuadores. El siglo XV vio proliferar muchos salterios de este género. Las cláusulas referidas al Evangelio alcanzaron cifras altísimas, unas 300, variando de una región a otra, según las devociones que más se quería acentuar.

Contemporáneo de Domingo de Prusia, el ya citado dominico Alano de la Roche (14281478) difundió extraordinariamente el salterio mariano, que desde este tiempo comenzó a llamarse «Rosario de la Bienaventurada Virgen María», a través de la predicación y sobre todo de las archicofradías marianas por él fundadas. El mismo Alano de la Roche habla de “Rosario viejo” y “Rosario nuevo”, queriendo distinguir entre el simple salterio de las Ave y el salterio que incorpora la meditación de los misterios, los cuales se proponen ordinariamente en tres partes: Encarnación, Pasión y muerte de Cristo, y gloria de Cristo y María.

Al difundirse entre el pueblo, el Rosario se simplificó posteriormente, y en 1521 el dominico Alberto de Castello redujo estos misterios, escogiendo los 15 principales para proponerlos a la meditación de los devotos del Salterio Mariano, concibiendo las cláusulas relativas como simples comentarios al misterio a lo largo de la recitación del Ave.

Fueron las formas experimentadas por Alano de la Roche y Alberto de Castello las que poco a poco se impusieron. Nuevas archicofradías marianas esparcidas por toda Europa adoptaron y divulgaron esta devoción reformada. Los primeros documentos pontificios sobre el Rosario consideraban ante todo la disciplina, alabanza, privilegios, indulgencias etc., de estas mismas fraternidades. En 1569, San Pío V, con la bula Consueverunt romani Pontifices, consagró una forma de Rosario que había llegado a un momento áureo en su evolución y que sustancialmente es la forma que hoy se usa entre nosotros.

Entre tanto, el Rosario ha dejado de ser patrimonio y peculiaridad de las archicofradías marianas. Ha arraigado en el pueblo cristiano y es una forma universal de Oración. Piedad Mariana y Rosario se confundirán de tal modo, que la primera encontrará en el segundo su expresión orante más simple y rica. Desde las más pequeñas parroquias a las Catedrales, desde los territorios de Europa a los de misión, llegó a los confines de la Cristiandad. La época de oro del Rosario se extenderá hasta hace unos decenios, cuando una evolución crítica del sentimiento devocional y, más en profundidad, una discusión de la devoción a María causarán indiferencia y abandono del Rosario.
Sin embargo, en años recientes, el Santo Rosario ha sido redescubierto por los fieles católicos y su rezo vuelve a difundirse más y más cada día. A ello, definitivamente, ha contribuido –como veremos más adelante– la gran devoción que el Santo Padre Juan Pablo II tuvo a esta hermosa oración mariana.

 
 
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