II.
EL SANTO ROSARIO EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
Los Documentos Pontificios
Sería sumamente largo examinar todo lo que los papas han dicho acerca del Santo Rosario, por lo cual nos vamos a limitar a ver en forma sintética las aportaciones particularmente originales al respecto de los romanos pontífices.
1. San Pío V.
El Primer Papa que nos habla del Rosario fue San Pío V. Al igual que León XIII, se le conoce como el Papa del Rosario. Perteneció a la orden de los padres dominicos, por siglos los grandes propagadores del «Salterio de la Bienaventurada Virgen María». Él definió el Rosario así:
“Un modo piadosísimo de oración y plegaria a Dios, modo fácil al alcance de todos, que consiste en alabar a la Santísima Virgen repitiendo el Saludo Angélico por ciento cincuenta veces, tantas cuantos son los salmos del salterio de David, interponiendo entre cada decena la Oración del Señor (Padrenuestros), con determinadas meditaciones que ilustran la vida entera de Nuestro Señor Jesucristo.”
En 1571, los turcos bajo Selim et Sat invadieron Europa. Selim era hijo de Tino, uno de los más grandes gobernantes del Imperio Otomano, Suleiman el Magnífico. Selim, embriagado de poder, decidió invadir Europa con el poderoso ejército (armada y marina) que su padre había creado. Uno de los más poderosos de todo el imperio.
El Papa Pío V, que ocupaba el Trono de Pedro, convocó una cruzada contra los turcos y unos cuantos respondieron: Don Juan de Austria, los españoles, los venecianos y una pequeña flota papal. El ejército de los turcos aventajaba al europeo tres a uno en poderío, armas y hombres. El Papa convocó como dominico a una cruzada del Rosario a Europa cristiana para combatir la invasión turca, y el 7 de Octubre de 1571, las tropas cristianas bajo el mando de don Juan y de Andrea Doria se enfrentaron a los turcos en el Golfo de Lepanto (cerca de Grecia).
La doctrina de Pío V se puede sintetizar así:
a) Necesidad de la oración para superar las dificultades de la guerra y otras calamidades.
b) El Rosario, recomendado por Santo Domingo, es un medio sencillo al alcance de todos.
c) Se ha revelado, tal medio, de gran eficacia contra las herejías y los peligros para la fe, y ha obrado grandes conversiones.
d) Recomienda encarecidamente el rezo del Rosario a todo el pueblo cristiano.
Desde Gregorio XII a León XIII, son numerosísimos los documentos pontificios que nos hablan del Rosario. Dirigidos principalmente a las fundaciones de archicofradías, su disciplina y privilegios. Pío IX invitó al rezo del Rosario por el buen éxito del Concilio Vaticano I. No obstante, conviene detenernos en la figura de León XIII.
2. León XIII (18781903)
Fue llamado con razón, al igual que Pío V, el Papa del Rosario. Llevan su firma doce cartas encíclicas y dos cartas apostólicas que desarrollan con suma doctrina los temas del Rosario. Nace en este período la práctica de consagrar el mes de Octubre a esta oración «distintivo honorífico de la piedad cristiana, la más agradable de las oraciones, el Rosario es como un mosaico de nuestra fe y compendio del culto que se le tributa a la Virgen.»
Con agudeza, León XIII ve en el Rosario «una manera fácil de hacer penetrar e inculcar en las almas los dogmas principales de la fe cristiana.» Mirando los males de la sociedad, el papa de la Rerum novarum anima e invita a hacer esta oración para superar la aversión al sacrificio y al sufrimiento, poniendo la propia fe y la mirada en los padecimientos de Cristo. La aversión a la vida humilde y laboriosa la supera el cristiano meditando sobre la humildad del Salvador y de María. La indiferencia hacia los misterios de la vida futura y el apego a los bienes materiales se curan meditando y contemplando los misterios de la gloria de Cristo, de María y de los Santos. León XIII, en verdad, no ahorró palabras ni escritos para elogiar y potenciar el Rosario. Se calculan en unos 22 los documentos suyos mayores y menores al respecto.
3. Pío X y Benedicto XV
Las intervenciones de Pío X y de Benedicto XV revisten un tono menor. Pío XI, con la encíclica Ingrevescentibus malis (20 de Septiembre de 1937), invita a rezar a la Reina del cielo en la hora de peligros que amenazan al mundo, utilizando la oración del Rosario, que entre las oraciones a la Virgen ocupa el «primer puesto», y es valiosísimo instrumento para suscitar las virtudes evangélicas, para nutrir la fe católica, para reavivar la esperanza y la caridad.
4. Pío XII
Escribió sobre el Rosario una encíclica y ocho cartas, sino contar numerosísimos discursos. El Rosario, nos dice, es «síntesis de todo el evangelio, meditación de los misterios del Señor, sacrificio vespertino, corona de rosas, himno de alabanza, oración de la familia, compendio de vida cristiana, prenda segura del favor celeste y de la esperada salvación». Más solemnemente, en la encíclica Ingruentium malorum (1951), afirma: «Porque, si bien puede conseguirse con diversas maneras de orar [la ayuda de la Virgen], sin embargo, estimamos que el Santo Rosario es el medio más conveniente y eficaz, según lo recomienda su origen, más celestial que humano, y su misma naturaleza... De nuevo, y solemnemente, afirmamos cuán grande es la esperanza que nos ponemos en el Santo Rosario para curar los males que afligen a nuestro tiempo. No es con la fuerza, ni con las armas, ni con la potencia humana, sino con el auxilio divino obtenido por medio de la oración –cual David con su honda– como la Iglesia se presenta inalterable ante el enemigo infernal...»
5. Juan XIII
Honró de modo constante el Rosario. Éste se revela en su vida como un componente esencial de su espiritualidad, según las revelaciones de Diario del alma. Explicó su magisterio sobre el Rosario reiteradamente, en encíclicas y discursos. Entre las primeras recordemos Grata recordatio (1959), en la que se recomienda la devoción del mes de Octubre. En ella, después de haber recordado el magisterio de sus predecesores, sobre todo de León XIII, refresca la bella definición de Pío V: «El Rosario, como todos saben, es una muy excelente forma de oración meditada, compuesta a modo de mística corona, en la cual las Oraciones del Pater Noster, del Ave María y del Gloria se entrelazan con la meditación de los principales misterios de nuestra fe, presentando a la mente la meditación tanto de la doctrina de la Encarnación como de la Redención de Jesucristo, Nuestro Señor». También de Juan XXIII es la carta apostólica «il Religioso Convegno» (1961), exposición conmovedora y paterna para los fieles, que presenta en un lenguaje nuevo el valor y la eficacia del Rosario, y constituye una verdadera suma del mismo.
6. Paulo VI
En la encíclica «Cristi Mater», pormenorizará el texto del Vaticano II: «El Concilio Ecuménico Vaticano II, aunque no explícitamente, pero sí con una indicación clara, ha enfervorizado el ánimo de todos los hijos de la Iglesia hacia el Rosario, recomendando estimar grandemente la práctica de los ejercicios de piedad hacia ella, tal como han sido recomendados por el magisterio a lo largo de los tiempos».
En la misma encíclica, el Papa recuerda que «el Rosario es oración para obtener la paz, defensa y alimento de la Fe». Sobre el Rosario como oración para obtener la paz insiste el Papa en la exhortación apostólica Recurrens mensis october (1969): «Meditando los misterios del Rosario aprenderemos, siguiendo el ejemplo de María, a convertirnos en almas de paz, por mediación del contacto amoroso e incesante con Jesús y con los misterios de su vida redentora». Esta gran oración, «pública y universal», podrá ser rezada «en su forma establecida por Pío V», o también «en aquellas formas más recientes, que con el consentimiento de la legítima autoridad lo adaptan a las necesidades de hoy día».
Esta alusión a nuevas formas de recitación alentará nuevas experiencias de adaptación del Rosario, según las exigencias de la pastoral, experiencias que se desarrollarán en distintas formas, y sobre las cuales volveremos más adelante.
7. Juan Pablo II
Este papa sorprendía al mundo cuando, poco después de ser elegido, decía a los fieles en la plaza de San Pedro: «El Rosario es mi oración predilecta» (29 de Octubre de 1978). Y dando pruebas de su mentalidad, profundamente teológica, ponía en relación esta oración mariana con la orientación que el Vaticano II había dado sobre la Virgen: «Se puede decir que el Rosario es un comentario oración sobre el capítulo final de la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, capítulo que trata de la presencia de la madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia» (ib).
Desde esta convicción se explican las múltiples alabanzas que en las más variadas ocasiones ha realizado sobre esta forma de oración: «Es una escala para subir al cielo» (29 de Abril de 1979); «la oración mental y vocal son las dos alas que el Rosario ofrece a las almas cristianas» (en la beatificación de J.D. Laval y F. Coil, el 29 de Abril de 1979); «Es unión familiar con la Virgen y su misión en la oración mariana más sencilla y humilde pero no por eso menos llena de contenidos bíblicos» (21 de Octubre de 1979); «el Rosario lenamente meditado en familia, en comunidad, individualmente os hará entrar poco a poco en los sentimientos de Cristo y de su Madre evocando todos los acontecimientos que son la clave de nuestra salvación» (5 de Mayo de 1980), etc.
Pero es sobre todo, con ocasión de su visita al Santuario de Pompeya, cuando Juan Pablo II realiza en la homilía del 21 de Octubre de 1979, una catequesis profunda sobre el Rosario. «Esa oración que María reza con nosotros se llama el Rosario. Es nuestra oración predilecta. Se la dirigimos a ella, a María. Pero no olvidemos que, al mismo tiempo, el Rosario es nuestra oración con María... Venimos aquí para rezar con María, para meditar junto con ella los misterios que ella, como Madre, meditaba en su corazón (Lc 2,19). Y sigue meditando, porque éstos son los misterios de la vida eterna. Están inmersos en Dios mismo... Y tan estrechamente ligados a la historia de nuestra salvación. Por eso, esta oración de María, inmersa en la luz de Dios, sigue al mismo tiempo abierta siempre hacia la tierra. Hacia los problemas de cada hombre; hacia todos los problemas humanos... hacia toda la misión de la Iglesia, hacia sus dificultades y esperanzas... Esta oración de María, este Rosario, es precisamente así, porque desde el principio ha estado invadido por la lógica del corazón. En efecto, la Madre es corazón. Y la oración se formó en ese corazón mediante la experiencia más espléndida: mediante el misterio de la encarnación».
En fin, y por no alargar estas líneas con innumerables textos hay que destacar que el profundo teólogo Juan Pablo II nos ha contado de qué manera tan sencilla reza el Santo Rosario: «Nuestro corazón puede incluir en esas decenas del Rosario todos los hechos que forman la trama de la vida del individuo, de su familia, de la Iglesia, de la humanidad... Experiencias personales, o de las personas que llevamos más en el corazón. De este modo, la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida diaria. En las últimas semanas [está hablando del 29 de Octubre de 1978] he tenido ocasión de encontrarme con muchas personas... Os aseguro que no he dejado de traducir estas relaciones en el lenguaje de la plegaria del Rosario, para que todos se vuelvan a encontrar en la oración, que da a todo una dimensión plena. En estas semanas he tenido abundantes pruebas de benevolencia, he plasmado mi gratitud en decenas del Rosario... A todos exhorto a recitar fervorosamente esta oración».