¿Porqué se aparece la Santísima Virgen María?

En 1984, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, declaró: “... uno de los signos de nuestros tiempos es que los anuncios de ‘Apariciones Marianas’ se están multiplicando en todo el mundo. Por ejemplo, llegan reportes de África y de otros continentes a la sección de esta Congregación que es la encargada de tratar estos asuntos.” É l hizo esta observatción como un comentario a los innumerables reportes de apariciones de la Santísima Virgen María a individuos localizados en una amplia variedad de países, culturas y sistemas políticos.

Las apariciones, visiones y mensajes proféticos son parte integral del Cristianismo. Son dones del Espíritu Santo –carismas– que son provistos por Dios para asistir a Sus fieles mientras éstos intentan lidiar con un ambiente crecientemente hostil desde el punto de vista cultural y político. Existen dos tipos de revelación en la historia de la Iglesia: la Revelación Pública y la privada. La Revelación Pública es la que Cristo reveló y enseñó durante Su ministerio en la tierra, culminando con los escritos apostólicos de la Biblia y por tanto ya concluyó. Es decir, fue completada. La revelación privada –que incluye apariciones y visiones– usualmente la recibe un individuo o un grupo selecto por el bien de los demás fieles. Por regla general, la revelación privada no debe intentar cambiar o alterar la Revelación Pública. Además, la revelación privada no pertenece al depósito de la fe y los católicos no están obligados a aceptarla. Cambiar la Revelación Pública porque así lo demanda alguna revelación privada sería en esencia alterar la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica así:

“ A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, agunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Éstas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sin la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de Sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones”.

Las Apariciones de la Virgen María

Desde tiempos antiguos se han reportado apariciones de la Virgen María en todos los rincones de la tierra. Debido al papel excepcional que María Santísima desempeña dentro de la Iglesia como intercesora, protectora, madre espiritual y corredentora junto con Cristo, la mayoría de todas las apariciones divinas desde el siglo 11 han sido de María.

Las apariciones marianas en el último siglo revisten una naturaleza especial por los mensajes recibidos y transmitidos por varios de los videntes. En todo caso, parecen ser un caso particular de revelaciones puesto que conforman una serie que ha sido de gran importancia en fortalecer a la Iglesia en los tiempos modernos.

Ciertamente difieren de las diversas revelaciones privadas otorgadas a santos en lo individual que concernían, por ejemplo, a la fundación de una orden religiosa. En otras palabras, muchas de estas revelaciones eran dirigidas únicamente a una parte de la Iglesia, mientras que las apariciones marianas principales han sido asumidas por la Iglesia como un todo. Así lo explica el Padre William Most: “Algunas revelaciones privadas de nuestro tiempo, tales como Fátima, están dirigidas a todos los cristianos, no sólo al individuo; con todo, siguen siendo llamadas técnicamente como “privadas” para distinguirlas de la Revelación que concluyó con la muerte de San Juan Evangelista.”

Hay, pues, revelaciones hechas a individuos para su propio bien y otras dirigidas a la Iglesia entera. Fátima y Lourdes caen seguramente en esta segunda categoría y –dado los eventos milagrosos que las rodearon, que son evidencia de lo divino– parecen llamar a más que a una simple fe “humana”, si bien esto no implique que demanden una fe auténticamente “teológica”. El hecho que estas apariciones, desde el punto de vista secular e histórico, hayan sido de poca importancia, no es el punto crucial; lo mismo podría decirse de Israel, que también causó una impresión insignificante en la historia. Y con todo, nuestra civilización entera está edificada en el fundamento que construyó esa pequeña nación.

De igual modo, las apariciones marianas tienen un significado que va más allá de su importancia superficial como una reiteración del mensaje evangélico de oración y arrepentimiento. También pueden ser vistas como los primeros presentimientos del hecho cierto que Cristo vendrá de nuevo el Ültimo Día. María desempeñó un papel protagónico en la primera venida de Cristo. De manera similar, Ella juega hoy un rol importante en preparar el camino para Su segundo Adviento, particularmente –así parece– por medio de sus apariciones.

Con todo, a pesar de las expectativas aparentemente pesimistas sobre el futuro a corto plazo, los eventos, fenómenos y profecías son al final signos de gran esperanza. Esto se sustenta en las palabras de Nuestra Señora de Fátima en 1917, cuando dijo: “... al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre consagrará a Rusia a Mí y se convertirá, y al mundo se le dará un tiempo de paz.”

La Virgen Santísima nunca viene a a menazarnos con castigos, sino a hacernos reflexionar, para llevarnos a su Hijo. En otras palabras, Ella nos enseña a evitar los castigos. Sin duda, la importancia de las apariciones privadas es muy variada, según los casos. Por ejemplo, las apariciones de Fátima tienen elementos que repercuten en todo el mundo y a lo largo de todo el siglo: lo que sabemos y que ya se ha cumplido, es suficiente para permitirnos afirmar esto con seguridad. María es siempre quien se interpone, quien intercede. Así se expresaba Pío XII en una carta dirigida a los obispos polacos: “Todavía arde la batalla; su lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra quienes rigen este mudno tenebroso, contra el espíritu maligno, hostil a las cosas divinas. Todavía soportan ustedes grandes asaltos enemigos. Pero sobre ustedes vela la Madre de Misericordia... Ella, Virgen potente y vencedora de las fuerzas infernales, les concederá grandes victorias” (1o. de septiembre de 1951). No hay duda que el único Salvador es Jesús; El es el único Redentor, el Mediador, el único Maestro, Camino, Verdad y Vida. María es la colaboradora que actúa en unión y en dependencia de Cristo, por Su voluntad.

Jesús pudo haber nacido directamente, pudo prescindir de María. En cambio, quiso nacer de Ella y asociarla a Su obra. Todo lo que la Virgen hace, es porque Jesús se lo permite. Pero es indudable que le ha dado un poder inmenso; y se lo ha dado para nuestro bien. No existirá nunca el riesgo de ofuscar al Salvador exaltando a Su Madre, exaltar a María significa exaltar lo que Diosha hecho en Ella. A nosotros nos corresponde saber comprender el papel fundamental que la Virgen ha recibido en el plano de la salvación. Esto es conforme a la voluntad de Dios.

Aunque las apariciones marianas se extendieron a partir del siglo quinto, María nunca había sido tan popular ni se había aparecido con tal consistencia y frecuencia como en el siglo veinte, que ha sido llamado “la era de María”. De casi todos los continentes más de 400 apariciones han sido reportadas durante este período—más que en los tres siglos previos combinados. Las apariciones marianas contemporáneas se distinguen de las más antiguas principalmente por dos rasgos: son públicas y en serie. Esto es, múltiples apariciones ocurren en secuencia, a veces durante un muy largo período y las apariciones no tienen lugar privadamente sino más bien frente a una audiencia. Otra diferencia es que un número creciente de apariciones son experimentadas por niños o adolescentes, ya sea a un solo vidente o a un grupo de ellos.

Las apariciones generalmente van acompañadas de otros signos milagrosos. Los peregrinos a menudo afirman ver el sol girar en el cielo en lugares actuales de aparición. Otros signos incluyen la transformación de rosarios color plateado a dorado o vice versa. Los devotos experimentan también extrañas sensaciones físicas, los objetos sagrados brillan o irradian calor o un aroma de rosas que impregna el ambiente. Los peregrinos señalan frecuentemente que en las fotografías que toman aparecen ángeles y otras criaturas divinas. Asimismo ha ocurrido que imágenes o estatuas adquiridas en los sitios de aparición, una vez llevados a casa, han llorado, exudado aceite, sangre o mostrado otros fenómenos sobrenaturales.

De los aproximadamente 400 casos de apariciones marianas que han sido sometidos a la Iglesia para su calificación durante el siglo veinte, sólo unos cuantos han sido aprobados plenamente. Un número igualmente pequeño han sido aprobado, desaprobado o declarado neutral por la autoridad eclesiástica local, mientras que en la mayoría de los casos (más de 300) la Iglesia no ha emitido un veredicto.

Apariciones plenamente aprobadas en el siglo XX:

Las siguientes apariciones han sido aprobadas por los Obispos del lugar, pero no por el Vaticano: 1900 – Tung Lu, China: a numerosas personas

¿Por qué tantas apariciones de María en el siglo veinte?

A fin de entender el por qué de tantas apariciones de María, sería recomendable recordar cuál es el papel de la Virgen Santísima en la Fe Católica.

Los católicos veneramos a María, la Madre de Jesús. Ella es importante para nosotros porque nos señala a Jesús y es, además, el camino que Dios eligió para venir a nosotros en Jesús. En efecto, Dios dispuso que María fuese la Madre de Su Hijo, haciéndola de manera única libre de la mancha del pecado original (Inmaculada Concepción). Jesús es plenamente Dios y plenamente hombre. Este misterio maravilloso se realiza porque Dios es el Padre de Jesús y María es Su Madre. Puesto que María es Su Madre, Jesús es plenamente uno de nosotros, es plenamente humano. El toma para Sí, a través de María, la plenitud de nuestra humanidad a fin de que todo lo humano pueda ser redimido. En María vemos a dios que nos ama eligiendo venir a nosotros por medio de una joven mujer, sencilla y humilde.

María es también modelo de la Iglesia y, por tanto, de todos los cristianos. Ella da su “sí” a Dios y a causa de ello, Dios hace cosas maravillosas a través de Ella. María no aparece mucho en el Nuevo Testamento, pero cada vez que lo hace es en un momento vital. María está ahí aceptando el mensaje del Ángel (cf. Lc 1,25-38) para dar lugar a la Encarnación del Verbo de Dios. Está ahí proclamando el poder de Dios que pone de cabeza el orden establecido del mundo “derribando a los poderosos y enalteciendo a los humildes” (Lc 1,46-55). Está también ahí en las Bodas de Caná, justo al comienzo del ministerio de Jesús. Ella le dice a los sirvientes de la boda: “Hagan todo lo que Él les dice” (cf. Jn 2,2-12). Está ahí durante el ministerio de Jesús y ahí donde escuchamos a Jesús decir que más que por el vientre que lo dio a luz y los pechos que lo amamantaron, María es bendita porque “escucha la palabra de Dios y la guardan” (cf. Lc 11,27) o bien, “ Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (cf. Lc 8,21), algo que con toda seguridad describe a María. Ella está ahí, al pie de la cruz, sufriendo con su Hijo (cf. Jn 19,25-27). Está ahí después de la Resurrección, orando con los apóstoles, cuando el Espíritu Santo se derrama sobre ellos y nace la Iglesia (cf. Hch 1,14).

Existe el peligro de hacer de María un modelo de mujer sumisa. De hecho, Ella es una mujer fuerte: una mujer que puede enfrentar el dolor y el sufrimiento; una mujer que puede encarar la desgracia social; una mujer que puede ser una refugiada. En María vemos a la mujer que tiene el valor de escuchar la Palabra de Dios y actuar en consecuencia. Una mujer con la sabiduría para decir al ángel: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 2,38). La fortaleza para acoger la palabra de Dios es verdadera fortaleza.

María no es únicamente un principio teológico. No sólo es el modelo de cómo debemos comportarnos. Ella es una persona con la que nos relacionamos. Acudimos a Ella como una madre que nos ama y nos acogió al pie de la cruz. Fue ahí donde Jesús pronunció esas maravillosas palabras: “ Mujer, he ahí a tu Hijo” y a Juan: “Hijo, he ahí a tu madre” (cf. Jn 19,27). Los católicos siempre nos hemos visto representados por Juan en este intercambio.

Así pues, nosotros, los seguidores de Jesús, tenemos a María como nuestra Madre. Y María nos tiene a nosotros como sus hijos. Y es en esta relación personal que le pedimos a María, nuestra Madre, que nos auxilie. No estamos equiparándola a Dios, sino que le pedimos que ruegue a Dios por nosotros, tal como le pediríamos a un amigo en el que confiamos que nos ayude. Si María Santísima sigue apareciéndose hoy es porque tomó de corazón las palabras de Cristo en la Cruz: “Madre, he ahí a tu hijo.” Ella, como Madre de la Iglesia y Madre de todos nosotros, acude en nuestro auxilio para ayudarnos a ponernos a salvo en medio de un mundo dominado en nuestros días por el secularismo, el materialismo, la pérdida del sentido del pecado y el desprecio absoluto a la ley de Dios.
 
 

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