María Siempre Precede a Jesús

La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe en 1531 en la Nueva España, la tierra conquistada por los españoles, es un poderoso ejemplo de cómo María precede a Cristo. Es una historia maravillosa de cómo encontramos a Jesús a través de María.

En su carta Ecclesia in America, el Papa Juan Pablo II escribió: ¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen tiene respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino al encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen, « de manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de [...] los pueblos de América, que por María llegaron al encuentro con el Señor ».(18)

En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de Dios ha sido muy intensa desde los días de la primera evangelización, gracias a la labor de los misioneros. En su predicación, « el Evangelio ha sido anunciado presentando a la Virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes —en su advocación de Guadalupe— María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión ».(19)

En 1521 los españoles conquistaron México bajo el mando de Hernán Cortez. En Tenochtitlán (hoy Ciudad de México), encontraron a los aztecas. Los aztecas eran un pueblo bastante desarrollado y extremadamente religioso. Sus prácticas religiosas incluían los sacrificios humanos en los altares de sus pirámides. Ofrecían estos sacrificios principalmente a dos dioses poderosos: Quetzalcoatl, la Serpiente emplumada, y Huitzilopochtli, el dios de la guerra y del sol.

Los conquistadores quedaron estupefactos ante esta práctica de sacrificio humano, durante la cual el corazón de la víctima era arrancado de su pecho, aun latiendo, y puesto sobre los labios de los dioses labrados en piedra. Las pirámides y estatuas aztecas fueron derruidas en un intento por destruir esta religión y expulsar al demonio del país, a quien los españoles creían ser el responsable de dichos sacrificios. Con las piedras tomadas de las pirámides se construyeron las primeras iglesias católicas como un gesto de consagración del país a Cristo.

A pesar de los esfuerzos evangelizadores de los frailes franciscanos traídos a México por los españoles, los aztecas no aceptaron fácilmente el Cristianismo. No podían, en primer lugar, acoger a un Dios que se había sacrificado por la humanidad, era justamente lo contrario a lo que ellos hacían: sacrificar a humanos en honor de los dioses. Por otro lado, si bien los franciscanos les hablaban de una religión regida por el amor, la conducta mostrada por muchos de los conquistadores era totalmente opuesta a lo que les era predicado.

Ciertamente, una cantidad de los aztecas se convirtió al Cristianismo. Pero lo hizo más bien forzada por los mismos conquistadores. Sólo unos cuantos lo hicieron verdaderamente de corazón. Al final, el número de conversiones era mínimo y el trabajo de los misioneros era desalentador. Había muchas revueltas y levantamientos.

Temiendo lo peor, Fray Juan de Zumárraga, el primer Arzobispo de la Nueva España, apeló a la ayuda del cielo. Sabía que se avecinaba un nuevo levantamiento y temía lo peor. Y la ayuda de Dios llegó a través de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. La tilma bendita de Juan Diego, donde la Virgen Santísima dejó plasmada su imagen, sirvió como un códice divino que animó a los indígenas a abrir su corazón al verdadero Dios. En el lapso de diez años, nueve millones de indígenas abrazaron la fe católica. En Europa se habían perdido cinco millones de fieles que habían migrado a las iglesias protestantes.

María Santísima en su advocación de Guadalupe convirtió a los habitantes del Nuevo Mundo. Y los convenció al mismo tiempo de terminar con la abominable práctica de los sacrificios humanos. En nuestros días, la Virgen de Guadalupe es considerada la Patrona de los Bebés No Nacidos y su imagen y las enseñanzas que Ella dejó a Juan Diego son utilizadas para evangelizar a este "nuevo mundo" de América, lleno de paganismo y que ha retornado a la práctica de los sacrificios humanos a través del aborto, la eutanasia y el suicidio asistido.

Cabe señalar que la aparición de Guadalupe ha sido siempre una aparición controversial. Por un lado, es la aparición que más rápidamente fue aprobada por el Obispo local. En efecto, en ninguna aparición de María a lo largo de la historia de la Iglesia se había dado que la autoridad eclesiástica local la aprobara inmediatamente después de su manifestación. Y es que el hecho que el Arzobispo Zumárraga se llevara a la Catedral la tilma bendita y ordenara la edificación urgente de una ermita para cumplir los deseos de la Señora del Cielo constituyeron en su tiempo la aprobación oficial del hecho sobrenatural.

Sin embargo, la aprición guadalupana tuvo en su tiempo y sigue teniendo detractores. Unos cincuenta años después del suceso, aparecieron voces contrarias a la aparición e, increíblemente, por parte de algunos clérigos. Ellos consideraban que Guadalupe era un peligro porque la gran devoción del pueblo hacia la Morenita, podría desviarlos de Cristo. Ciertamente, se trata de un pensamiento muy desafortunado, porque María Santísima nunca busca nada para sí misma, Ella siempre nos conduce a Jesús.

En nuestros días, ante el anuncio de la canonización del Beato Juan Diego, el vidente del Tepeyac, por parte de Juan Pablo II también se levantaron voces contrarias a esta elevación a los altares y, nuevamente, por una parte mínima del clero. Pero esta vez destacó una voz: la del Abad de la Basílica de Guadalupe, Monseñor Guillermo Schulemburg, quien después de haber sido custodio del santuario mariano más importante del mundo por más de quince años, afirmó que él no creía en que Guadalupe hubiese sido un hecho sobrenatural y la tilma bendita, producto de la aparición de la Virgen.

Sin embargo, como sucede siempre con las cosas que son de Dios, las voces contrarias de estos clérigos y de muchos intelectuales y masones mexicanos, no encontraron eco alguno. Por el contrario, el pueblo de México desechó con desprecio este atentado contra un elemento tan cercano a su fe y a su corazón como es la aparición de la Morenita del Tepeyac.

Uno de los argumentos esgrimidos por los antiaparicionistas fue que Fray Juan de Zumárraga nunca escribió nada respecto al suceso guadalupano. Y en efecto, hasta ahora no se ha encontrado ningún texto que lo refiera. ¿Pero qué más prueba de que el Arzobispo Zumárraga creyó en las apariciones que la ermita que mandó construir y luego las diversas edificaciones para honrar a Nuestra Señora? ¿Qué más prueba que los cerca de veinte millones de personas que visitan anualmente a la Virgen Morenita para honrarla, darle gracias o pedirle un favor? ¿Qué más prueba que los incontables exámenes e investigaciones científicas a la Tilma de Guadalupe, la cual permanece intacta a casi 500 años del suceso del Tepeyac?

Para que la Iglesia dé mucho fruto en la obra de la nueva evangelización, debe invocar el auxilio de Nuestra Señora. San Juan Bosco escribió: "Confíen en María y esperen milagros." La Madre Teresa de Calcuta escribió: "Denle a Jesús una mano. Pidan a María su auxilio." Y el Papa Juan Pablo II escribió: "Confío la responsabilidad de la Iglesia entera a la intercesión maternal de María, Madre del Redentor. Ella, la Madre del amor hermoso, será para los cristianos del tercer milenio la estrella que los guíe seguros a los pasos del Señor."

Si el entonces Santo Padre confió a la Iglesia entera al cuidado de María, nosotros hemos de seguir su ejemplo. ¿Cómo? Atendiendo lo que nos dice María: "Hagan lo que El les dice..." Oremos incesantemente a nuestra Madre Santísima para que Ella ruegue a su vez por nosotros. Démosle un lugar de honor en nuestras casas y en nuestras iglesias. No sólo llamemos a María Madre nuestra, sino que acerquémonos a Ella como hijos con todas nuestras necesidades y deseos. Ella es la Madre del Redentor y nos fue dada a cada uno de nosotros en lo personal por el mismo Cristo. Confiemos, pues, en María y escuchemos sus palabras.

 
 
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