Jubileo de los Obispos
Comentario a la Homilía

El Papa insta a convertir el mundo en un "jardín" y no en "cúmulo de escombros"

Su Santidad el Papa encomendó ayer el mundo al tercer milenio a la Virgen de Fátima, cuya imagen fue traída expresamente desde Portugal. En la plaza de San Pedro y ante la mayor concentración de prelados desde el Concilio Vaticano II, el Pontífice pidió a la Virgen que ayude a la Humanidad en una época como la actual, en la que el hombre tiene poder para convertir el mundo en un "jardín" o en un "cúmulo de escombros". Así mismo, instó a los hombres a utilizar la extraordinaria capacidad de intervenir en las mismas fuentes de la vida "para el bien dentro de la ley moral", en vez de ceder "al orgullo miope" de una ciencia que no acepta límites, llegando incluso a pisotear el respeto a los Derechos Humanos. Durante su homilía, que congregó a miles de fieles, Juan Pablo II encomendó su oración a la protección de los miembros más frágiles de la sociedad, "los bebés que no han nacido, los que nacen en la pobreza y el sufrimiento y aquellos que sufren de hambre y enfermedad". Junto a estas líneas, el Papa con varios niños durante la ceremonia, concluyó el Jubileo de los Obispos, ayer, en el Vaticano.

Ante la mayor asamblea de Obispos reunida desde el Concilio Vaticano II, el Papa ha recordado a la humanidad que se encuentra ante una grave encrucijada. El hombre, gracias a su ingenio científico y técnico, que desmiente su pretendida pequeñez, posee hoy instrumentos de potencia inaudita y ha logrado intervenir en las fuentes mismas de la vida para someterlas bajo su control. El dilema es que estas fuerzas pueden, según el Pontífice, ser utilizadas para el bien, es decir, conforme a los criterios de la ley moral, o fuera de ellos, para el mal, no aceptando sus límites y despreciando el respeto debido a la dignidad humana, especialmente en la persona de los más débiles, como los aún no nacidos, los niños, los pobres, los enfermos y los marginados. Juan Pablo II advierte que en nuestras manos está convertir el mundo en un jardín o en un montón de escombros. A medida que se reduce el riesgo de la guerra atómica, aumenta el de utilizar incorrectamente los avances de la biomedicina.

Se trata de una urgente advertencia que no invoca la autoridad de la fe, sino la validez de los principios clásicos del humanismo. La aparente paradoja del sigloXX, y quizá de toda la evolución de la humanidad, es que el progreso científico no garantiza el moral. La centuria que termina ha albergado la maravilla de la nueva física junto a los terrores de los campos de exterminio y la aceptación social del aborto.

Hoy ya sabemos que el progreso de la ciencia es compatible con el retroceso o el estancamiento moral, y que la más sofisticada cultura no vacuna contra la degradación espiritual. Incluso las teorías de la evolución del hombre y de las localizaciones cerebrales han corroborado esta tesis. Por eso el conocimiento no es capaz de resolver los problemas que su propio desarrollo plantea. Y sólo el ejercicio responsable de la libertad y el respeto a la dignidad humana en todas sus formas puede impedir que lo que podría ser un jardín habitable se convierta en un vertedero.

Brevería - Diario ABC - Madrid-España
Lunes 9/10/2000

 
 
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