Palabras del Papa Juan Pablo II
Al final del rezo del Santo Rosario con los Obispos

  1. Al final de este intenso momento de oración mariana, deseo dirigiros a todos vosotros, amadísimos hermanos en el episcopado, un cordial saludo, que extiendo de corazón a los numerosos fieles presentes con nosotros esta tarde aquí, en la plaa de San Pedro, o en conexion con nosotros mediante la radio y televisión.
  2. Hemos meditado en los misterios gloriosos. Desde el cielo, a donde el Señor la elevó, María no deja de orientar nuestra mirada a la gloria de Cristo resucitado, en el que se revela la victoria de Dios y de su designio de amor sobre el mal y sobre la muerte. Como obispos, partícipes de los sufrimientos y de la gloria de Cristo (cf. 1 P 5, 1) somos los primeros testigos de esta victoria, fundamento de esperanza segura para cada persona y para todo el género humano.
  3. En el marco del gran jubileo del año 2000, hemos querido expresar la gratitud de la iglesia por la solicitud materna que María ha mostrado siempre por sus hijos, peregrinos en el tiempo. No hay siglo, no hay pueblo en el que ella no haya hecho sentir su presencia, llevando a los fieles, especialmente a los humildes y pobres, luz, esperanza y consuelo.
     
     
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