AL CONFESONARIO POR MARIA

Del Padre J. Ladino

En las glorias de María San Alfonso María de Ligorio nos cuenta el siguiente hecho: Mientras él estaba confesando en una Iglesia, se puso a sus pies un joven que parecía estaba incierto sobre si se confesaría o no. Habiéndole mirado muchas veces el Padre, le preguntó al fin si quería confesarse. Respondió que sí pero debiendo ser la confesión muy larga, el confesor le condujo a una estancia retirada.

Allí empezó a decir el penitente que él era forastero y de categoría pero que no sabía cómo Dios le podría perdonar habiendo llevado una vida tan depravada.  Además de los innumerables pecados que había cometido contra la castidad, homicidios y otros, declaró que, desesperado de su salvación, había continuado en su mala vida, no tanto para satisfacer sus pasiones como para ofender a Dios y por el odio que le tenía.

Entre otras cosas dijo que llevaba encima un crucifijo al que había arrojado por desprecio, y que aquella misma mañana había ido a comulgar sacrílegamente con el objeto de pisar luego la ostia consagrada y que habiendo recibido la sagrada forma quería ejecutar su horrible designio, pero que no lo había realizado por habérselo impedido la gente que le miraba, y entregó entonces al sacerdote la hostia envuelta en un papel.

Refirió después que pasando por el frente de aquella iglesia se había sentido fuertemente impulsado para entrar en ella y que no pudiendo resistirlo, había entrado. Que después había experimentado un gran remordimiento de conciencia  con cierta voluntad de confesarse, y que hallándose  indeciso y confuso se había colocado delante del confesionario.  Pero que era tanta su confusión y desconfianza que se hubiera ido de no haberse sentido detenido y con fuerza hasta que añadió: Vos, Padre mío, me habéis llamado.  Ahora me veo aquí, voy a confesarme pero no sé cómo. Preguntóle entonces el Padre si durante aquel tiempo había practicado alguna devoción principalmente hacia María Santísima, pues tales conversiones no pueden proceder sino de la poderosa intercesión de la Santísima Virgen.

-  Ninguna, Padre, contestó el joven, ¿qué devoción habría de practicar si ya me creía condenado?.-

-  Recuérdalo mejor, replicó el Padre.

-  Ninguna, Padre, dijo el penitente; mas al poner la mano en el pecho recordó que allí tenía el escapulario de la Virgen de los dolores.

 “Ah, hijo mío, exclamó entonces el confesor, ¿no ves que esta gracia te viene de María? Has de saber que esta Iglesia se halla consagrada a la Santísima Virgen María.

Al oír esto, el joven se enterneció, empezó a compungirse, y a llorar, y continuando luego la confesión de sus pecados, se aumentó de tal modo su sentimiento y su amargo llanto que cayó desmayado, al parecer de dolor,  a los pies del Padre, el cual le hizo volver en sí con aguas espirituosas  y él concluyo su confesión, recibió la absolución  con inefable consuelo y después, contrito y decidido a mudar de vida, regresó a su patria, dando permiso a su confesor para referir y publicar por todas partes la gran misericordia que María había usado con él.
 

 
 
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