¡Llena de gracia!

Emilio José Siman

Dios te salve, María, llena eres de gracia. Es u hecho insólito. Señora, en estos tiempos de ateísmo práctico, saludarte públicamente, desde las páginas de un diario. Lo que hoy está de moda es hablar de reinas de belleza y artistas de cine, publicar sus fotos en "bikini", contar sus aventuras amorosas, conocer su vida y "milagros", imitar sus gestos, sus modales, sus posturas y sus costumbres.

Ellas son, Señora, las "modelos" en que se admiran y remiran nuestras mujeres. Hemos olvidado, María que tú eres manos de Dios, el ideal sublime de madres, el dechado incomparable de esposa, la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres, la que todas las generaciones han proclamado como la bienaventurada.

Llena eres de gracia, Madre Purísima, Madre admirable, Madre inmaculada. Llena eres de gracia, Vaso espiritual, Rosa mística, Torre de marfil, Estrella matutina, Llena eres de gracia, e Señor es contigo, Hija predilecta del Padre, Madre amorosa del Hijo, Esposa fecunda del Espíritu Santo.

Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús, que quiso ser nuestro hermano para que tú fueses también nuestra Madre.

Ruega por nosotros, Santa María, tú que eres la Madre de Dios, la omnipotencia suplicante. Ruega por nosotros, los pecadores….¿Qué puede negarte tu divino Hijo? Ruega por nosotros, los pecadores….¿Qué puede negarnos nuestra Madre?

Ruega por nosotros, María, ahora que tanto lo necesitamos, ahora que hay tanta miseria material y espiritual, ahora que la familia humana está dividida por tantos odios y rencores, ahora que el oleaje de la corrupción amenaza con cubrirnos de lodo, ahora que la barca de Pedro se estremece por los vientos de la tormenta. Ahora, Señora, sálvanos que perecemos.

Ruega por nosotros, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Ruega por nosotros, Espejo de justicia, Sede de la sabiduría, Causa de nuestra alegría, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de la Paz.

Ruega, Señora, por nosotros, los pecadores, en la hora de nuestra muerte, en el momento angustioso de nuestra partida, entre los estertores de la dolorosa agonía, cuando sintamos que la vida se nos escapa, cuando nuestras almas estén a punto de comparecer ante el tribunal de Dios. En aquella hora terrible, definitiva, suprema, ruega por nosotros, lo pecadores, para que no seamos juzgados por las debilidades de nuestra carne, sino según la misericordia infinita de un Dios que nos redimió con su preciosa sangre.

Llena eres de gracia, María, bendita eres entre todas las mujeres, bienaventurada te llamarán todas las generaciones, por todos los siglos de los siglos. Amén.

La Prensa Gráfica, Enero de 1971

 
 
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