Las Siete Palabras de María
P. Donaldo D’Souza

A. Primera Palabra (Lc 1,34): “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”

En esta primera palabra, María pregunta y responde a la vez. Con esta pregunta, María pide una explicación, no propiamente para comprender los planes de Dios, sino para cumplirlos. Ella no sabe cómo conciliar dos realidades incompatibles, la de no “conocer varón” y la llamada a ser madre. La pregunta de María describe su deseo íntimo, su inclinación a la virginidad. Según la cultura de su tiempo, donde la virginidad no estaba bien vista, ella estaba desposada de José, pero su corazón se orienta en otra dirección. Este deseo era la mejor preparación, la disposición más preciosa para cumplir la misión a la que Dios la destinaba: ser la madre del Mesías de modo virginal.

A la madre de Dios, a la mujer que el Altísimo prepara para ser su madre, no se la puede colocar en el plano de una mujer corriente, desde el punto de vista psicológico, ni desde el punto de vista religioso. María, vaciándose, llega a la plenitud. La sola virginidad corporal sería una pobreza. Su virginidad espiritual consiste en la actitud de su alma que se siente pobre y sierva del Señor y se abre a los designios de Dios. Abandonada ciegamente a él. Tiene sentido por el Reino de los cielos (Mt 19,12) para facilitar una disponibilidad plena, permitiendo al corazón no dividido, la entrega total, con todas sus fuerzas a Jesucristo y a su Iglesia, a Dios y a los seres humanos.

La virginidad, tan infravalorada en el judaísmo, fue elegida por María como una forma de pobreza; es una manifestación de que la salvación viene de Dios, de ese Dios que, como manifiesta su modo de obrar en la historia de su pueblo, ha elegido los medios más pobres para llevar a cabo la salvación. Para la tradición de la Iglesia, la concepción virginal de Jesús, no es, pues, un dogma periférico, sino un camino fundamental que nos conduce al dogma de la encarnación; es un signo de la divinidad de Jesucristo.

B. Segunda Palabra (Lc 1,38): “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.

En esta segunda palabra se trata de una completa disponibilidad para todo lo que a Dios le plazca, actualizando la actitud del salmista (Sal 40,9), o mejor la actitud del Mesías (Heb 10,7). Estas son las palabras de sumisión total a la voluntad de Dios.

La clave de la santidad de la Virgen, el secreto de su vida lo proclamó en esta palabra. María al llamarse esclava de Yahvé declara que es propiedad suya, abierta por completo al misterio divino. Al autodefinirse esclava descubre la hondura de su alma religiosa, como uno de los pobres de Yahvé que, en su humillación, colocan toda su confianza en el Señor.

El hágase nos muestra a María plenamente entregada al plan del Padre. Se trata de su entera disponibilidad. Sin entender todo, ni preguntar demasiado, confiando desde su pobreza en el amor del Padre, dijo hágase al plan de Dios sobre ella y a todo el designio de salvación para el mundo.

La grandeza de María está en su hágase, en acoger incondicionalmente los designios de Dios. En esta palabra es donde mejor se transparenta el modelo del creyente: el que se abre para decir sí a Dios. El hágase de la Virgen, más que de una virtud, nos habla de la santidad plena. María porque creyó se entregó y caminó incesantemente tras el rostro del Señor.

María comprendió que todo lo que iba a suceder sería obre de la gracia, por eso dijo: “Hágase en mí”. San Agustín afirma que María “concibió a Dios en su corazón antes que en su cuerpo”.

C. Tercera Palabra (Lc 1,40): “Saludó a Isabel”

Palabra de delicadeza, de cortesía, de amabilidad, es una invitación a llegar hasta el último detalle en la práctica de la caridad. Es hacer la virtud amable, hacer el cristianismo tan atractivo que nuestra vida produzca una llama como el de las primeras comunidades cristianas.

De esta actitud de María emerge una figura femenina de perfiles muy específicos: delicada, concentrada, silenciosa. La figura de María que emerge de esta breve escena evangélica es cautivadora: su alegría contagiosa, su simpatía, su cariño, su fe compartida, su servicialidad, su encanto... Toda esta escena nos regala la pintura más deliciosa de la Señora.

Se puso en camino con presteza y nos enseñó las dos actitudes que debe tener el apóstol: servir al prójimo y llevar a Jesucristo dentro para poder comunicarlo. Es así guía en nuestro caminar por el tiempo en el mundo.

D. Cuarta Palabra (Lc 1, 46-55): “Proclama mi alma la grandeza del Señor...”

Palabra de agradecimiento y amor. La actitud de la criatura, cuando se comprende a sí misma como tal, es la sorpresa del ser, el temblor de haber sido escogida y sentir una gratitud absoluta. La Virgen no tiene solamente una vocación maternal de intercesión y de socorro, sino una vocación de alabanza y adoración.

María, en las duras condiciones de su vida de pobre exulta de alegría por la dicha infinita de saberse amada por Dios, por poder amarle.

La Señora creyó en la elección de que fue objeto de parte de Dios. Se dejó amar por Dios y se convirtió en un prodigio de gracias. Estas maravillas se realizaron por ser María tan pobre, tan limpia de corazón, tan abierta a la verdad y tan audazmente humilde.

E. Quinta Palabra (Lc 2,48): “Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros?”

Palabra de equilibrio. Nuestra Señor, apenada habiendo perdido al niño y gozosa al hallarlo, expresa a la vez dolor y alegría.

La pregunta de María doliéndose de la pérdida del Hijo (Lc 2,50) se hace lenguaje de amor, de docilidad plena, a la vez que manifiesta su pobreza, su íntima humillación, su entrega fiel y ardiente a los planes divinos. Aquí sí que se podría subrayar la fecundidad que encierra el silencio de María ante la misteriosa respuesta de su Hijo.

F. Sexta Palabra (Jn 2,3): “No tienen vino”

Palabra de súplica, de petición. La Virgen sugiere a Jesús su primer milagro y de algún modo anticipa el comienzo de su vida pública. Aunque Jesús descarta su petición, María no es rechazada, y por eso ella confía, espera y alerta a los sirvientes para que presten atención a lo que su Hijo haga o les diga. San Juan parece haber elegido estos rasgos de la Virgen que manifiestan el papel que tendrá siempre: expondrá a Jesús nuestras carencias, mientras nos seguirá pidiendo a nosotros cumplir lo que su hijo nos mande.

“Se celebraba una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí” (Jn 2,1). El papel de la madre de Jesús fue contribuir a que la boda no se estropease, que no quedase mal aquella familia , y que no desapareciera la alegría.

Aquí hay que subrayar su sensibilidad de mujer y de madre. Parece ser la primera que se da cuenta de que peligra la fiesta. “No tienen vino”, del modo más natural menciona una necesidad para que el hijo la remedie. Presenta la situación, interviene, llama la atención de Jesús. Su petición es discreta porque se fía del Hijo ante quien la hace. Este es el estilo de la oración confiada. María dice lo que siente; a Jesús le tocará dar la solución.

Profundizando en este episodio de las bodas de Caná, se vislumbra la mediación maternal de María, una mediación totalmente dependiente de la de Jesucristo y que de ningún modo puede ofuscarla, pues se trata de una mediación de intercesión: la Virgen pide por las necesidades de los hombres y mujeres.

G. Séptima Palabra (Jn 2,5): “Hagan lo que él les diga”

Mediante esta palabra, nos pone en camino hacia Jesucristo. Ella es camino que conduce al Camino verdadero (Jn 14,6). Con esta palabra nos enseña el carácter de vehículo hacia Jesús que tiene la devoción mariana, devoción que nunca podrá ser tomada como una pieza aparte, sino usada como el mejor camino para glorificar a Dios y empeñar a los cristinos/as en una vida absolutamente conforme a la voluntad divina. La tarea de María es infundir en los discípulos una fe más viva en su hijo. La Virgen es el camino por el que el Espíritu santo conduce al Padre.

María es la primera que ha creído y seguido a su hijo; por eso nos orienta hacia él, transmitiéndonos su misma fe, repitiendo lo que un día dijo en Caná. La devoción mariana no separa, sino que lleva a Jesús, a hacer lo que él nos diga, a vivir el evangelio.

Con estas palabras María asume una función nueva, evangelizadora y misionera. Ella ha creído en su Hijo, ha escuchado su palabra y la ha cumplido. Ahora se dirige a los hombres y mujeres para que hagan lo mismo. No sólo es la creyente, sino la promotora de la fe. Con estas palabras nos da el mejor consejo y nos muestra el mejor camino para nuestra vida.

San Juan de Ávila llamaba “sermoncillo de la Virgen” a estas palabras que María dirige a los sirvientes de las bodas de Caná: “¡Qué breve sermón, mas muy compendioso! Aquí predicó tanto como Isaías, San Pablo y San Lucas, y todos los apóstoles y profetas”. Esta séptima y última palabra, ¡a cuántos cristianos ha llevado a ser fieles a Jesucristo!

Conclusión:

Si “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34), como dijo el Señor, nosotros al meditar en las siete palabras de María, nos damos cuenta que su corazón está lleno de pureza virginal (1ª), de obediencia rendida (2ª), de cortesía cariñosa (3ª), de humildad reconocida (4ª), de dolor resignado (5ª), de misericordia compasiva (6ª), y de confianza ilimitada (7ª); y todo fruto de más ardoroso amor.

Bibliografía: LÓPEZ MELÚS, Francisco María, María de Nazaret: la Verdadera Discípula, Sígueme, Salamanca 1999

 
 
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