Testimonio de Michael Nolan

“¿Entonces no llegaremos con las manos vacías al altar de nuestros sueños?”, así reza la antífona de un himno de Tom Conroy. Cuando leí esta línea mientras planeaba [la música] para la Misa hace unas semanas, tocó un acorde en mi corazón.

¡Los saludo! Probablemente me han visto balancéandome (mis manos están demasiado ocupadas rasgueando para dirigir el ritmo o la expresión) a la derecha del altar en la Cripta, los sábados por la mañana. Me llamo Michael Nolan y soy el nuevo Director de Música (o lo que suena menos rimbombante—el Liturgista) de la Parroquia del Sagrado Corazón. La parroquia me ha acogido y acomodado muy cordialmente y con mucha comprensión (mientras logro acaptarme al nuevo puesto). Ésta es mi primer puesto en una parroquia. En los últimos diez años, he hecho la lenta transición de un músico secular a tocar música consagrada a Dios. Con todo, trabajar en una parroquia nunca estuvo en mis planes y en el pasado, estuve persiguiendo muchas otras oportunidades antes de llegar a esto. Fue necesario vivir una experiencia especial para que yo abriera mi corazón.

A principios de este verano fui en peregrinación a Medjugorje junto con mi esposa y algunas personas. Nuestro viaje coincidió con otro grupo de Wisconsin. Ellos sufrieron un accidente al principio de su peregrinación, cuando su autobús colisionó con una roca que casi se partió en dos frente a sus ojos, en una región montañosa de Croacia. El sacerdote que los acompañaba, el Padre Rick Wendell, a pesar de sus heridas, ayudó a otros a escapar del autobús que se había volcado a una barranca de 40 pies. Al compartir el tiempo con el grupo en Medjugorje, su agradecimiento, su acogedora disposición y la ausencia de cualquier queja por parte de los heridos dejó una honda huella en mí (esto, a pesar de que muchos de ellos llevaban pesados yesos y collarines en medio del caluroso y húmedo clima mediterráneo). Mientras el Padre Wendell elevaba la Hostia y el Cáliz durante la consagración, su casulla dejó ver sus brazos, mostrando una herida que apenas comenzaba a cicatrizar en una de sus manos, hinchada y todavía con rastros de sangre. Su puño y antebrazo se veían casi el triple del tamaño normal. A pesar de lo grotesco del recuerdo, el simbolismo me dio en el blanco. Esta herida sangrante apuntaba al sacrificio que había hecho de su vida entera como Sacerdote y al mismo Sacrificio de Cristo en la Eucaristía que él ofrecía en ese momento al Padre.

Fue algo que dijo este Sacerdote mientras compartía su testimonio con nosotros lo que me “tiró al suelo”, inspirando una conmoción real en mi corazón. Él era dueño de una empresa constructora y estaba comprometido con una modelo de revistas deportivas cuando Nuestro Señor lo llamó al Sacerdocio durante un viaje anterior a Medjugorje. Los eventos particulares que rodearon su llamado eran sorprendentes, poderosos y conmovedores. Pero fue una frase que él usó para describir “el llamado” lo que me hizo voltear a otro lado en relación a mi vida. “Dios hizo pedazos mis sueños”. Lo que escuché me dejó estupefacto. Todas las películas, espectáculos de televisión, libros etc. que yo había visto o leído llevaban el mensaje subyacente: “Nunca dejes de soñar, tus sueños se harán realidad, persigue tus sueños, bla, bla, bla....” Yo siempre había sido obstinado en cuanto respecta a mis sueños (los cuales, obviamente, tenían todo que ver con la música). Un amigo mío lo sacó a colación más tarde, diciendo que también a él lo había volteado al revés. Ambos experimentamos una auténtica epifanía. Salimos de la charla deslumbrados.

Afortunadamente, la peregrinación a Medjugorje estuvo llena de momentos de oración y contemplación. Nuestro Señor trabajó intensamente en mi corazón durante los días siguientes. Obtuve una visión mucho más clara de las cosas a las que estaba apegado y que aún no había entregado a Nuestro Señor. La conmoción en mi corazón fue tan honda, tan pura, que fui capaz de dominar mi albedrío y llegar a una profunda conclusión. Mientras rezaba el Rosario con nuestro grupo en la montaña, me imaginé acumulando todos mis sueños dentro de una bolsa. Amarré la bolsa para cerrarla y la entregué a la Virgen Santísima diciendo: “Te entrego mis sueños como un regalo para ti, ahora haz lo que quieras con ellos.” Lo primoroso del asunto es que, más que un acto de renuncia, fue un profundo don del corazón. Me sentí tan bien.

Bueno, huelga decir que, dos meses después del viaje apareció en el diario un anuncio solicitando a un Director de Méxuca. Dudé bastante al enviar mi currículum que me había detenido en el pasado. Pero aun así seguí rezando: “Señor, te entrego mis sueños.” Hoy he cumplido casi dos meses en este empleo y déjenme decirles que ¡ME ENCANTA! (Con mis errores y todo, los cuales han sido ignorados diplomáticamente por la congregación y que el Padre John ha celebrado con una risa afectuosa). Estoy experimentando otra epifanía. He descubierto una vez más que Dios conoce mis deseos mejor que yo. Si tan solo pudieran confiar en Él, descubrirían que “el ojo no ha visto ni el oído ha escuchado lo que Dios tiene preparado...”

... Una última cosa... Una hora antes de sentarme a escribir esta carta, asistí a Misa. Ah, la Palabra viva de Dios. ¿Pueden imaginar cuál fue el Evangelio? “El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda la salvará...” (Lucas 17, 26-37). “¿Entonces llegaremos con las manos vacías ante el altar de nuestros sueños?” Sí, así es. Veo el gozo, la satisfacción y el servicio cristiano que yo estoy experimentando como un fruto del sí del Padre Wendell a Jesús, permitiendo que sus sueños fueran destrozados. Yo estoy con las manos vacías ante mi altar, pero más que lleno de Cristo. Y su fruto se perpetúa. Es vivir y crecer y me llenará de bendiciones en muchas otras maneras que yo jamás llegaré a saber. ¡Que Dios los bendiga! Mike.

(Este texto apareció originalmente en inglés en el Boletín de la parroquia Sacred Heart de Notre Dame Indiana. Agradecemos el permiso para traducirlo y reproducirlo.)

 
 
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