Testimonio de Alberto Salazar
Sólo Dios es nuestra Felicidad
Alberto, gracias por haber aceptado gustoso esta conversación. Para comenzar, te ruego que te presentes a nuestros lectores. ¿Quién eres y qué haces actualmente?
Yo soy Alberto, tengo 32 años, casado y tengo dos hijos. Después de haber logrado grandes éxitos en el deporte, me metí a los negocios—como dicen los norteamericanos. Soy propietario de un gran restaurante y de algunos bares nuevos. No me he retirado completamente de los deportes, porque aun corro 25 kilómetros diariamente.
Mencionaste grandes éxitos. ¿A qué te refieres?
Desde 1981 soy conocido como el triunfador en la carrera de maratón. Mi tiempo fue 2 horas, 8 minutos y 13 segundos. Logré mantener este récord de cuatro a cinco años. Gané el maratón de Nueva York en tres ocasiones y ésta es una de las carreras más conocidas del mundo. También fui vencedor en Boston. Asimismo participé en carreras a campo traviesa: en provincias, bosques etc. Participé igualmente en carreras de cinco mil y diez mil metros. De 1981 a 1982 fui el mejor corredor de larga distancia del mundo. También me presenté en Europa –Italia, Inglaterra, Suiza– en Rusia y en Japón.
Seguramente posees muchas medallas.
¡Por supuesto! Hasta donde recuerdo, recibí algo así como 300 medallas, pero debo reconocer que pronto me aburrí de ellas. Regalé más de 200. Simplemente ya no tenía lugar para guardarlas. Pero en casa tengo unas 50 y con mis padres otras 50. Recuerdo que en Boston me dieron una corona de laurel auténtica. Mi padre la conservó como recuerdo en un lugar especial. Pocos meses después, esa corona que representaba una gran victoria perdió toda su belleza. Esto es algo que me gusta contar, porque todo lo mundano se comporta igualmente: parece lleno de brillo, pero al final se vuelve caduco.
¿Qué hay que hacer para llegar a ser un atleta tan reconocido, tan famoso?
Mi hermano mayor era corredor y yo me enamoré de ese deporte desde niño. A los 13 años comencé a aventajarlo y a los 14, era ya bastante bueno. Cada año mejoraba más y más. A los 16 años ya era poseedor del récord mundial de los cinco mil metros. A partir de entonces, correr se volvió para mí una de las cosas más importantes en la vida. Todo lo demás ya no me interesaba. Sabía que algún día lograría el récord mundial de la carrera de maratón. No me importaba cuánto tiempo me tomaría alcanzarlo. En la escuela preparatoria fui uno de los tres mejores corredores de Estados Unidos. Entonces recibí una beca de cuatro años por una importante universidad. Había una sola condición: que siguiera corriendo. Correr era lo único que me importaba. Estaba dispuesto a cualquier cosa, con tal de llegar a ser el mejor.
También me entrenaba en levantamiento de pesas. No me importaba tener que correr lo que fuera necesario. Otros corredores se atenían a un programa. Por mi parte, agregaba al programa de la escuela mi tiempo libre y corría. Mi deseo de llegar a ser el mejor era tan grande, que estaba dispuesto a correr hasta el agotamiento.
Una vez, al terminar una carrera en la que me esforcé demasiado, caí desplomado. La temperatura de mi cuerpo subió muchísimo, me había acalorado de más. Los médicos no hallaron otra cosa qué hacer, que cubrirme con hielo. All poco tiempo me recuperé y decidí que alcanzaría el éxito aunque eso me costara la vida.
Una condición determinante fue encontrar a un buen entrenador. Tuve la suerte de que me asignaran a uno de los mejores. ¡Simplemente creía en él! Cada vez que me decía: “¡Hazlo así!”, yo seguía sus instrucciones ciegamente. Y es que el atleta logra resultados al 100% no sólo cuando hace aquello que el entrenador le dice, sino cuando al mismo tiempo deposita en él toda su confianza. Sencillamente, uno debe creer en su entrenador. Esto es algo que me gusta subrayar hoy en día, porque sin la fe en el entrenador, es imposible anar.
Alberto, seguramente no te sorprenderá que admitamos nuestro interés en saber, ¿por qué viniste a Medjugorje?
Hace dos años, mi padre estuvo aquí. Por supuesto que me contó muchas cosas, me envió libros, videos etc. Si bien yo no rechacé lo que me hizo llegar sobre Medjugorje, simplemente se lo di a alguien más o lo guardé en algún cajón. No le presté atención, más que nada porque no me interesaba. No tenía tiempo para estas cosas.
Fue más bien después, hace algún tiempo, que tomé por casualidad un libro con los mensajes [de María] y leí algunos. De pronto sentí en mi corazón: “¡Pero si Ela me lo está diciendo a mí!” No obstante que mi padre me habló muchas veces de los mensajes, en todo caso, no me calaron tan hondo como aquello que yo mismo acababa de leer. Al proseguir mi lectura, lo capté con claridad: “Es mi Madre la que me habla – ¡debo obedecerla!” Resultaba tan claro y de pronto creí todo lo que enseña la Iglesia Católica, aun cuando me percataba que no era capaz de entenderlo. ¡DE PRONTO CREÍ! A partir de entonces, sentí que simplemente ya no podía aceptar ciertas casas sólo porque me agradan ni hacer a un lado otras porque me desagradan. En adelante quería yo hacer todo lo que dice la Iglesia, sin importar cuánto pudiera costarme. Sentí que de esa forma resulta más fácil vivir, la vida se vuelve mucho más plena y sencilla.
Finalmente estás en Medugorje. ¿Cuál ha sido tu experiencia y qué quisieras hacer cuando vuelvas a casa?
Decidí hacer esta peregrinación y me alegro de haber venido aquí. He estado orando mucho. Me siento feliz, tranquilo y seguro. HE COMPRENDIDO QUE SÓLO DIOS HACE AL OMBRE FELIZ Y QUE NADIE MÁS PUEDE HACERLO: NINGÚN RÉCORD DEPORTIVO, NINGÚN RECONOCIMIENTO HUMANO. Cuando retorne a casa, tendrán que cambiar muchas cosas. Dedicaré más tiempo a mi familia, más tiempo a la oración y menos tiempo a los negocios. Venderé de inmediato los nuevos bares que inauguré recientemente, porque no creo que la Madre de Dios esté de acuerdo en que yo venda alcohol a los jóvenes en dichos locales.
Estoy abierto, estoy dispuesto a aceptar el hecho de que mi carrera haya concluido. Me siento tranquilo, pero seguiré entrenando, porque mi carrera no ha concluido. CORRERÉ CON UN NUEVO ESPÍRITU: ¡POR LA MADRE DE DIOS, POR LA PAZ! Cambiaré todo. Ahora quisiera convertirme en un buen alumno de la escuela de María, tal como antes lo fui en el deporte. Ésta es una nueva oportunidad para mí, a la que me compromento de nuevo íntegramente. Pero ahora no sólo por mí, sino por Nuestro Señor. Aunque también he tenido éxito en los negocios, eso no me ha dado la felicidad. Sólo Dios es nuestra felicidad. A esa felicidad y a esa paz –que sólo Dios nos puede dar– no puede anteponerse ninguna otra cosa.
¿Cómo se siente uno y cómo es la suerte de un astro de los deportes, cuando se desvanece la gloria mundana?
Yo conozco a muchos atletas de fama internacional, ganadores de medallas de oro, que por años estuvieron en la cima del éxito y hoy ya no lo están. Lamentablemente, sé que varios de ellos se han perdido. A lo mejor tienen esposa e hijos, pero ni siquiera eso los hace felices ahora. Y es que el deporte no es tan solo una disciplina; el deporte puede convertirse en una obsesión: puede llegar a ser otro dios. Mientras la persona está atada a él, olvida todo lo demás. Cuando pierde ese “dios”, no le queda otra cosa. Muchos atletas no lograr superar esa transición en su vida. Por eso se vienen abajo y se pierden en el alcohol o las drogas.
¿Qué sucedió en tu caso?
Bueno, Ud. ya lo vio antes, ya lo mencioné. Yo no tenía otra perspectiva en el mundo: tan solo el deporte y lo que sirviera al deporte. Ése era mi dios. Por ese motivo, incluso puse en peligro mi vida en dos ocasiones. Sobrecalentaba mi cuerpo a fin de fortalecerlo. Ahora me parece curioso. Es como si el deporte se convirtiera en un ídolo o, en todo caso, como si penetrara en la gente como un ídolo. Es una lástima que muchas personas no lo entiendan así. Así pues, sólo andan en busca de coronas de olivo, de medallas y copas, aun cuando el conseguirlas implique su derrumbe o aniquilación como seres humanos. Para el atleta no existe nada más en el mundo que pueda equipararse al deporte. Y sólo Dios es la respuesta, es el Único que en verdad nos ha concedido los dones que nos permitieron alcanzar cada éxito. Ahora lo comprendo: ¡fue un regalo de Él que yo pudiera correr!
Si el aferrarse al deporte de esa manera resulta tan peligroso, porque fácilmente se convierte uno en su esclavo, ¿en tu opinión, qué sería lo primordial?
¡La familia, en todo caso! Muchos atletas que conozco se quedaron sin famlia, porque cuando entraron al deporte no aprendieron a convivir con otras personas. Cuando uno no se da cuenta de ello y lo vive, entonces sufre muchísimo. Entonces será muy difícil aprender a convivr con otros: a ocuparse de la esposa y los hijos. Ése es un entrenamiento de una dureza incomparable. Por eso es bueno saber que el deporte es algo pasajero, algo a lo que no debemos entregar nuestra vida y por lo que no debemos poner en peligro la estabilidad de nuestra famlia.
Tú eres padre y atleta. Ahora eres también cristiano practicante. ¿Cómo quisieras educar a tus hijios? ¿Cuál debiera ser postura ante el deporte, según tus deseos?
Lo primero que quiero decir a los jóvenes –y se lo voy a decir a mis hijos también– es lo siguiente: yo he comprendido que debo tener más hijos porque hasta hace unos meses, era de la opinión que bastaba con tener dos hijos, ocuparse del negocio y del deporte. Estoy agradecido por esta revelación, de que dos no son suficientes. Y hay otra cosa que también voy a decirles a mis hijos: que es mejor ejercitar el cuerpo una media ora, porque así ejercita uno también el espíritu; que no vale la pena pasarse horas enteras delante del televisor admirando a esos semihéroes que presentan únicamente una imagen exterior, pero interiormente están vacíos. Contemplar a un atleta en la televisión en verdad no nos deja nada, nada que sea útil a nuestro cuerpo o a nuestro espíritu. Pero puede, sin embargo, causarnos inquietud. Por eso, ¡jóvenes, no malgasten su tiempo!
Seguramente hay muchos jóvenes que te idolatran y te aplauden. ¿Tendrás el valor de hablarles a ellos así como nos has hablado a nosotros?
Ciertamente, muchos me admiran enormemente. A partir de ahora quiero aprovechar mi popularidad para decir a los jóvenes dónde radican los valores verdaderos. Yo quisiera difundir estos mensajes que a mí me han traído la felicidad y la paz. Quisiera decirles a todos: no crean que alcanzarán la felicidad sólo hasta que posean algo.¡Al contrario! Será sólo hasta que encuentren a Dios, lo sirvan, lo amen, que serán dichosos porque en Él está la paz. Todo se transformará entonces para bien. Me gustaría ayudar a mis jóvenes amigos. Si así lo quiere la Madre de Dios, saldré también en la televisión. Yo sé cómo presentarme ane las multitudes. A lo mejor todo aquello por lo que he pasado tiene un nuevo sentido en una nueva tarea. En este momento afirmo conscientemente: ¡MADRE DE DIOS, AQUÍ ESTOY!
¿Hay algo más que quisieras agregar?
Debido a los múltiples entrenamientos y a la obsesión que tenía en mi corazón, me volví muy intolerante con los demás. Querer ser el primero es peligroso, que esta predisposición se refleja igualmente en todos aspectos. Así fue como, en mi nerviosismo, frecuentemente y con mucha facilidad yo maldecía, hablaba mal de otros y proferí también palabras sumamente hirientes. Simplemente, no podía contenerme aunque lo quisiera. Pero cuando decidí viajar a Medjugorje, mi vida cambió. Antes era una persona iracunda, sobre todo con mis empleados cuando ellos no satisfacían mis deseos inmediatamente. siempre estaba peleando con aluien. Mi lengua y mis labios estaban contaminados. Ha sido un milagro inexplicable que desaparecieran estas costumbres tan arraigadas en mí. Yo ni siquiera me había comprometido a ello consciente o inconscientemente, ocurrió en la conesión que hice antes de partir a Medjugorje. Fui liberado. De alguna manera me sentí purificado y esto es simplemente hermoso.
Estando aquí, ¿has olvidado el deporte? En Medjugorje no hay pistas de correr ni gimnasios.
¡Por supuesto que no! También corro aquí mis 25 kilómetros, pero de una manera totalmente diferente. ¡Ahora corro para la gloria de Dios! Incluso una vez tuve la tentación de maldecir todo. Corría en dirección a Ljubiski. La carretera es angosta. Un automovilista pasó como bólido, tan cerca de mí que sólo pude salvarme porque salté hacia un lado. Por supuesto, al hacerlo perdí el equilibro y caí en medio de los matorrales, ¡cómo me raspé! Pero no proferí ni una sola mala palabra. ¡Eso fue más grande que ganar el maratón! Y no estoy exagerando, ¡yo me conozco! Aun más: incluso disculpé al automovilista, diciéndome: “Seguramente tiene prisa.”
¿Quieres decir algo más para terminar?
Cuando veo todo lo que me ha sucedido en los últimos dos años, el cambio que Dios ha operado en mí, me pregunto lleno de curiosidad e impaciencia: ¿qué será lo que Dios quiere de mí? Regreso a casa con una gran esperanza y con el deseo también, de trabajar en mí. A los feligreses de Medjugorje y a todos los que vienen aquí quisiera decirles: la Madre de Dios hace lo justo cuando nos llama a convertirnos a Dios. La paz sí es posible. ¡Esforcémonos por alcanzarla!
Nota: Esta entrevista fue tomada del número 17 de la Revista Gebetsaktion Medjugorje, publicada en español por el Florida Center for Peace.