Una Fe con Obras
Hemos querido concluir este opúsculo con una breve reflexión sobre la fe y las obras. Ya hemos visto la importancia de prepararnos espiritualmente a celebrar la Navidad. A través de ello seremos capaces de ver el nacimiento de Jesús como la auténtica razón para nuestra alegría. Pero falta un ingrediente más y que es insustituible — las obras.
Nuestras actividades y preparativos en las semanas previas a la Navidad debieran llevarnos a reconocer la presencia de Jesús entre nosotros. Ante todo, debemos reconocerla en una auténtica comunidad cristiana que se ama y cuyos miembros buscan la realización de un mismo ideal. Nada manifiesta de un modo tan intenso y tan convincente la presencia de Jesús como la vivencia de la caridad, la experiencia del amor mutuo, el mandamiento que nos dejó el Señor: “En esto reconocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros como Yo os he amado.”
Un signo más de esta presencia de Dios entre nosotros lo encontramos en los pobres y necesitados. No desconocemos la insistencia y el acento que la Iglesia, sobre todo en América Latina, pone en este tema. Esto es, el interés que todo auténtico cristiano debe mostrar y expresar vivencialmente respecto a los desamparados. En ellos, nosotros debemos descubrir la presencia del Señor que asume como Suya esa pobreza, esa necesidad, y nos la presenta para suscitar en nosotros una respuesta y provocar esa comprensión y esa ayuda que debemos proporcionar a Jesús que se hace pobre, que se hace urgido y necesitado de nuestro auxilio y nuestra comprensión. Y es que de nada serviría empeñarnos en celebrar cristianamente las fiestas navideñas, orar y hacer penitencia, si ello no se tradujera en obras concretas en beneficio de los demás. El Papa Juan Pablo II, en sus enseñanzas, nos habla de reconocer también el signo de la presencia de Dios en un mundo descristianizado, un mundo alejado de Dios, un mundo paralizado.
Y el Santo Padre nos insiste en esta perspectiva de descristianización de la humanidad para motivarnos a vivir con mayor autenticidad nuestra fe cristiana, a través de las obras. Finalmente,ésta será la fuerza que contagie a los demás y que los convenza, no sólo racionalmente sino vivencialmente también, de que Dios existe, que la realidad de Dios es una realidad actual, presente, una realidad que interesa a toda la humanidad.
Debemos estar conscientes de que la presencia de Dios se manifestará y se volverá clara y explícita a través de nuestro testimonio cristiano ante los hombres. Es aquí donde entra en juego nuestra colaboración en la redención de la humanidad. A continuación presentamos algunas experiencias vividas por personas y comunidades que han querido llevar el amor de Dios a los demás, precisamente con motivo de la Navidad.
Una cena de Navidad para enfermos incurables
Un médico ortopedista decidió hacer algo para alegrar a los enfermos incurables que atiende gratuitamente en un dispensario para gente de escasos recursos.A través de sus visitas periódicas al dispensario, este hombre se percató que muchos habían sido abandonados por sus familiares, quienes poco o nada se ocupaban de ellos.
La época de Navidad era muy dura para ellos, casi todos caían en depresión y en esos días, había más decesos entre los enfermos que en cualquier otra época del año. El médico decidió hacer algo al respecto: organizarles una cena de Navidad. Para tal fin solicitó ayuda a las voluntarias del hospital donde él labora. Había que conseguir víveres y regalos para los enfermos.
Con el correr del tiempo, más y más gente se fue involucrando en el proyecto. Primeramente los familiares del médico, después las voluntarias y finalmente sus colegas del hospital y las enfermeras. Hoy, hace ya 15 años que este hombre organiza la posada para sus enfermos. Cabe señalar, que nunca le han faltado comida y regalos suficientes para agasajarlos y la alegría que ve en sus rostros son para él, según sus propias palabras, el mejor regalo que recibe en Navidad.
Una carta de amor para niños y adolescentes presos
Un grupo de apostolado mariano sintió la necesidad de hacer llegar el amor de Jesús de manera concreta a los adolescentes recluidos en un reformatorio. A través de dos jóvenes seminaristas claretianos que los visitaban, supieron que la mayoría de los chicos sufría una ausencia terrible de amor en sus vidas. Muchos de ellos jamás conocieron a sus padres, algunos fueron abandonados por sus madres y otros más eran miembros de familias muy numerosas en las que todo faltaba, más que nada el amor.
El grupo mariano tuvo una idea: hacer llegar en Navidad una carta de amor a cada uno de los jóvenes y adolescentes presos, acompañada de un suéter. Asimismo acordaron conseguir dulces y glosinas para la cena de Navidad organizada por las autoridades del reclusorio. Así pues, pusieron manos a la obra y se lanzaron a conseguir 70 cartas de amor. Invitaron a padres y madres de familia, niños, jóvenes, sacerdotes y religiosas a que participaran escribiendo una carta. Todos respondieron con entrega y entusiasmo y aún cuando no conocían el nombre, la edad, ni las circunstancias del chico a quien llegaría su carta, esto no fue un obstáculo para expresarles palabras de aliento y esperanza y sobre todo de amor.
Llegó la Navidad y los seminaristas acudieron al reformatorio cargados de misivas, regalos y golosinas. La reacción de los chicos no se hizo esperar. También ellos decidieron escribir cartas de agradecimiento a quienes organizaron esta cruzada navideña de amor.Sería imposible expresar con palabras el gozo que esta acción produjo en todos ellos. Cada agradecimiento era más conmovedor que el anterior. No obstante, en su mayoría, los chicos coincidieron en una expresión: “¡Ahora sí creo que Dios existe y también me ama a mí, porque alguien que no me conoce se ha ocupado de mí. Sin importarle que yo esté preso, me ha dicho palabras de amor!” Uno de ellos incluso afirmó: “Voy a reformarme. Quiero salir pronto de aquí porque yo también quiero llevar a otros el amor de Dios.”
Vacaciones de fin de año para niños pobres
En una parroquia de una colonia habitada por personas de altos ingresos, todos los sábados se reúne un grupo de boy-scouts. Al término de sus actividades participan en la Misa vespertina dominical especialmente dirigida a ellos. La mayoría pertenece a familias acomodadas, sin embargo están muy conscientes de que deben hacer algo por los más pobres de la comunidad.
Cada año, a principio de otoño inician una campaña de recaudación de fondos entre los fieles de la parroquia. Les venden “certificados de vacaciones” para niños pobres que de otra forma no tendrían oportunidad de gozar de unos días de esparcimiento durante las vacaciones de fin de año. De esa forma, los chicos se hacen de recursos para comprar víveres y también juguetes para los niños que llevarán de campamento. Los religiosos que administran la parroquia les prestan una casa de retiro en el campo, donde los boyscouts conviven durante una semana con niños y adolescentes de escasos recursos, quienes disfrutan de juegos y diversiones, siendo atendidos de manera especial por sus anfitriones.
Esta costumbre tiene ya más de quince años y muchos padres de familia afirman que la participación de sus hijos en ella ha dejado huellas imborrables en sus vástagos, les ha dado un corazón abierto a las necesidades de los que menos tienen.

La época de Navidad es el momento propicio para compartir con los demás. Hay muchos medios, pero el principal es el amor. Acerquémonos a los demás con amor para acercarlos a su vez a Dios. Si no tenemos la posibilidad de emprender acciones como las que hemos descrito, hagamos algo según nuestras posibilidades. Seguramente, todos nosotros conocemos a personas solitarias — un vecino, un anciano, que no tienen a nadie con quién celebrar la Navidad. ¿Y si los invitamos a celebrarla en nuestra casa?
Otra opción sería sugerir a quienes participen en nuestro Novenario de Posadas llevar cada día un artículo comestible, un juguete o una prenda de vestir. Al final del novenario habremos reunido una buena despensa y regalos que podrán entregarse a una familia pobre, a un orfanato- rio etc.
Recordemos que siempre habrá algo que compartir con los demás. Siempre habrá alguien más necesitado que nosotros. Pero sobre todo, siempre tendremos un corazón para amar y una palabra de aliento y esperanza que dar.
Hagamos de esta Navidad una celebración diferente, una celebración cristiana. Que a través de nuestra actitud, del espacio que dediquemos a la oración, de los regalos que demos, de las felicitaciones que hagamos, de los festejos que organicemos quede de manifiesto que vemos a Jesús en los demás y que nosotros mismos le hemos permitido al Niño Dios nacer en nuestro corazón.
Las obras corporales de misericordia