Homilía breve de Navidad

Por el P. Justo Antonio Lofeudo. mslbs

Estamos ante el pesebre. Entremos en punta de pie. Si no fuera que aquí, en esta gruta, estamos ante el acontecimiento sublime de nuestra salvación, de la salvación de todos los hombres que busquen ser salvados, nos sentiríamos intrusos. Pero, no. Esta luz que nos ha traído hasta aquí es diferente a las otras, es la luz del Evangelio: de la más bella y feliz noticia que llena de estupor hasta a los mismo ángeles. Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, es el Mesías, el Señor.

Nos inclinamos, nos arrodillamos. Todo es silencio, pero no como los silencios de la más excelsa de las sinfonías. Este es el silencio en el que Dios habla de su amor inaudito. Este silencio es distinto, viene del Cielo. Y esta noche tiene algo que la hace única: es santa. La noche es diáfana, de cristal, han desaparecido las tinieblas. El espacio es otro, el del cielo en su infinitud metido en esta gruta que se dilata hasta alcanzar todos los espacios del cosmos y todos los tiempos.

Se ensancha nuestro corazón y nos sentimos otros, pobres y santos, aunque no lo seamos, porque este Niño purifica con su mirada y su sonrisa. Este niño envuelto en pañales, entre pajas, es Dios que sonríe, nos sonríe. Dios que para alcanzarnos se ha vuelto niño y pobre. El establo no huele a heno ni a animales sino al perfume del Edén recuperado.

La Madre abraza al Niño y al hacerlo sentimos que también nos abraza a cada uno de nosotros. Y nos presenta al Niño para que nos bendiga. José se está de pie, atento en su recogimiento que tiene algo también de vigilante protección, y contempla el misterio de la grandeza de Dios que se hace pequeño, uno de nosotros, uno que está bajo su cuidado paternal. Y José adora al Niño, como María, como los pastores, como todos nosotros en esta noche que no es como las demás noches, en Belén de Judá. Porque esta noche es Navidad.

 
 
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