Jesús es la razón de la Navidad
Para la comunidad cristiana, la Navidad la fecha más importante del año litúrgico, después de la Pascua. El acontecimiento de Belén es el contrapunto al suceso del Gólgota, es tiempo de renovación, de vida, de nacimiento en el que abundan las celebraciones, la comida, los regalos, los deseos de paz y alegría.
Pero igualmente, la Navidad es tiempo de reavivar nuestra fe y disponer nuestros corazones para ir al encuentro del Niño Dios, recostado en el pesebre, adorado por la Virgen María, San José y los pastores.
Es tiempo de celebrar la presencia de Emmanuel, el Dios con nosotros que no es lejano, ni indiferente a nuestros problemas y sufrimientos, sino que ha querido tomar nuestra carne y sentir con y como nosotros frío, hambre, sed, cansancio y necesidad.
San Francisco de Asís decía que para el cristiano había dos lugares a los que siempre tendría que volver — Belén y el Calvario. La Navidad era para él tan significativa, que su sola mención traía lágrimas a sus ojos. Afirmaba que si pudiera, suplicaría de rodillas al el emperador la expedición de un edicto que obligara a todos sus súbditos a sembrar de trigo los caminos en el día de Navidad, a fin de que las aves –especialmente las alondras tuvieran un regio banquete. Que en ese día bendito, habría que dar doble ración de cebada a los asnos y bueyes, en recuerdo del asno y del buey que, con su aliento, dieron calor al Niñito Jesús aquella fría noche.
Aún más, según Francisco, en ese tiempo, hasta las paredes debieran comer carne. Pero ya que eso no era posible, cuando menos habría que untarlas de manteca para que también ellas, a su modo, pudieran comer. El Pobrecito de Asís, salía a las plazas y a los caminos a hablarle a la gente del Niño Dios y lo hacía con tal vehemencia y pasión que quienes lo escuchaban quedaban profundamente conmovidos.
¿Por qué le sucedía esto a Francisco? ¿Por qué podía hablar con tal fuerza e intimidad del Hijo de Dios nacido en Belén?
Sucede que, para él, este acontecimiento cobraba vida en su corazón, no era un mero recuerdo sino una realidad palpitante que llenaba de gozo todo su ser.
Pero no sólo Francisco vivió intensamente la experiencia de la Navidad. En su autobiografía, cuenta Santa Teresita del Niño Jesús que justamente en esa noche bendita ella experimentó el milagro de su completa conversión. Jesús inundó su alma con
Su luz y la impulsó a dar el paso definitivo que más tarde la llevaría a ingresar al Carmelo de Liseux. Teresita vivió su Pentecostés en una noche de Navidad.
Pues bien, eso mismo debiera ocurrirnos a todos los cristianos. El prodigio de la liturgia es que actualiza cada uno de los misterios de la vida de Cristo. En efecto, toda celebración de un tiempo litúrgico no es simplemente un recordatorio de los acontecimientos pasados
que el Señor llevó a cabo en Su plan de salvación.
No es simplemente hacer de cuenta como si aquello se nos hiciera presente. La gran realidad y la gran eficacia de la liturgia es precisamente que vuelve actual entre nosotros, aquí y ahora, el evento que conmemoramos.
En otras palabras, cada vez que la Iglesia celebra algún misterio de la vida de Cristo, dicho acontecimiento cobra vida en el corazón de la comunidad cristiana.
En tal virtud, los preparativos, los regalos, los deseos de paz y de amor y las celebraciones que solemos llevar a cabo en esas fechas debieran surgir del gozo que nos provoca el nacimiento de Jesús, el Salvador del mundo.
Si nosotros abrimos nuestro corazón y nos preparamos para recibir a Jesús que viene, que ya está en medio de nosotros y que nos invita a acercarnos a El, quién sabe — a lo mejor también nos dejamos arrebatar por el gozo y salimos a las calles y a las plazas a gritar: “¡El amor está vivo!”. Y este grito lo proclamemos quizá no con palabras pero sí con nuestras obras, reconociendo al Señor en los niños, los jóvenes, los ancianos, los enfermos y sobre todo, en aquellos que aún no han experimentado el amor de Dios en sus corazones.
Entonces tendrá sentido poner un Belén en nuestros hogares, decorarlos con luces y adornos navideños, hacer regalos a nuestros seres queridos y amigos, organizar fiestas y posadas y entonar villancicos al Hijo de Dios que es capaz de venir a nosotros como un recién nacido.
Entonces descubriremos que la Navidad no es una fiesta más, sino la celebración del nacimiento de nuestro Salvador que se ha hecho hombre, que nos ama tanto que ha venido a vivir entre nosotros y a ser uno de nosotros.
Entonces será posible que celebremos la Navidad con el corazón y que le permitamos al Niño Dios nacer en él, no sólo en Nochebuena sino cada día de nuestras vidas.