¿Cómo reza un Obispo?

Mons. Rafael Palmero Ramos
Obispo de Orihuela-Alicante (España)
38 Heraldos del Evangelio · Agosto 2008
La palabra de los Pastores

Más que momentos de oración, debemos tener una vida de oración; esta es la lección que recibimos del testimonio espiritual de Mons. Rafael Palmero Ramos.

Rezo de forma sencilla.  Como un hijo habla a su padre.  Como se expresa un niño en el regazo de su madre.  En ocasiones, repitiendo, por enésima vez las mismas fórmulas, idénticas oraciones.  Estrenando, en otros momentos, frases o silencios elocuentes… Eso sí, teniendo siempre el corazón abierto sólo a Dios.

El día se inicia con la oración

Por la mañana, nada más abrir los ojos, porque suena el despertador, siempre puntual, me santiguo y digo:  “Gracias, Señor, por el nuevo día, que quiero emplear en tu santo servicio”. 

Ya en la capilla, hago mi oración de la mañana, que se completa con el ofrecimiento diario por la Iglesia, del Apostolado de la Oración, y con una plegaria a la Virgen María, que me sé de memoria, pero que leo con atención. 

Y me introduzco, sin más, con normalidad, en la oración universal de la Iglesia, la Liturgia de las Horas.  Sólo, o con algún sacerdote a mi lado — normalmente mi secretario, vivimos juntos — recito o recitamos con pausa Laudes.  Pensando, alabando al Señor, dándole gracias y pidiendo nuevos favores.  Tiene cada día para mí esta recitación un sabor nuevo.  Son palabras que esconden mensajes nuevos, sones de aliento, llamados a la esperanza.

Hay espacio y lugar para compartir con el Señor preocupaciones, sufrimientos, incomprensiones, dificultades.  Y también gozos y alegrías que se actualizan y que voy colocando en la patena con que luego ofrecemos el sacrificio de la Nueva Alianza, la Santa Misa.

La Santa Misa, celebración universal

Cuando ésta viene a continuación, en el oratorio familiar, con pocas personas — normalmente una, la Hermana que nos atiende —, pienso que es la Misa de la comunidad universal y que debe ser la Misa del día entero. 

Si he de celebrarla fuera, en la Catedral o Concatedral, en las parroquias, Capillas u Oratorios de la Diócesis — es muy frecuente hacerlo — prolongo la lectio divina.  Pasan entonces por mi mente nombres de personas y grupos de niños, jóvenes y mayores, a quienes he prometido un recuerdo especial en mi oración.  Pienso igualmente en cuantos me encomiendan a mí.  En correspondencia agradecida siempre.  De vez en cuando, menciono las religiosas de vida contemplativa contentas de ser mis Capellanas.

Algunas lo son perpetuas.  A otras les ha tocado en suerte serlo en este año de gracia.

Lo que busco en la oración

¿Qué busco, qué pretendo, a qué aspiro en esa hora de sinceridad y nobleza ante el Jesús del Sagrario, que es el mismísimo Jesús del Evangelio?  (La lección es de Mons. Manuel González, Obispo de la Eucaristía).  Que el rostro de Jesús, interior, oculto, abierto, se refleje en el mío; es decir que el Corazón divino, si es que podemos hablar así, logre que, durante el día, aquellos que tratan conmigo, en el despacho, en las parroquias, en diversas reuniones y múltiples encuentros, puedan sentirse también iluminados.  Ha de ser, pienso, la misma luz, la que se refleje en ellos, a través de un espejo, mi alma limpia, transparente, lúcida. “Seguir al Salvador — dice San Irineo — equivale a participar de la salvación, y seguir a la luz es lo mismo que quedar iluminado”.

No faltan, ni pueden faltar, en ese rato de oración, jaculatorias sencillas que,  repetidas ahora y a lo largo de la jornada, alimentan un poco dicha luz, que me ilumina para que yo pueda iluminar.  Luz que me da fuerza para seguir trabajando. Que alimenta el aceite de la lámpara a fin de que su pabilo no se apague…

Una vida de oración

No siempre rezo con atención.  En ocasiones, me distraigo.  Alguna vez me vienen a la mente problemas y contratiempos, que tratan de ocuparme o entretenerme.  Si no logran que haga la paz con ellos, intentan hacerme perder la paz.  Cuando caigo en la cuenta de ello, los envío a paseo y procuro volver a lo esencial.  Esencial para mí es mantener, en esos minutos, el hilo de la relación con el Señor, con la Señora, con San José, a quien tengo devoción, y con los ángeles y santos de nuestra familia eclesial.

Las frases “sólo Dios basta”, de Santa Teresa, y “sólo Dios”, del H. Rafael, 2 son recurrentes.  Las pienso y las repito muchas veces.  Me ayudan, porque son, a mi juicio, síntesis de una vida perfecta. Y la mía quiero que sea “vida de oración”.  No porque todo lo que hago sea oración, sino porque lo mismo que nos alimentamos en determinados momentos, para poder vivir cada día, hacemos oración por la mañana, a medio día, por la tarde y al retirarnos a descansar, deseosos de que cada jornada sea proyección o preparación de la Misa del día entero. Y de todos los días de nuestra vida, sacerdotal en mi caso.  Al recitar el Rosario cada noche, en familia, el primer misterio siempre es en acción de gracias.

Cuando pido ayuda a los hermanos en la oración, suelo decirles: “Decid mi nombre al Señor y a la Señora...”. Con eso me siento empujado, animado, fortalecido. 

Y si quiero recordarme a mí mismo o de convencer a los demás, de la ayuda que la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, nos ofrece y garantiza, repito estas frases — bien lo saben algunos:  “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre”? (De la Virgen de Guadalupe, de México, en el Tepeyac, al indio Juan Diego).

O esta otra: “No hay nada difíci lpara la Señora...” (¡Del Beato Rafael, que pronto, muy pronto, será Santo…!)  Podría “seguir y seguir”, pero he de terminar.   Concluyo con una frase de San Agustín:  “Cor unum et anima una”.

(Original manuscrito cedido por Mons. Rafael Palmero.)

1)  En España, se da el título de capellana a la hermana de vida contemplativa que se compromete a ofrecer oraciones y sacrificios por determinadas personas o intenciones.
2)  Beato Rafael Arnáiz Barón, monje trapense de Palencia, España, fallecido en 1938.

 
 
Imprimir esta pagina