A los caballos muy viejos o enfermos los matan de un tiro,
¿no es verdad?
Aquellos que apoyan la epivalotanasia (muerte impuesta) arguyen sistemáticamente que la eutanasia se aplica a los animales con el fin de poner fin a su sufrimiento. (A los caballos muy viejos o enfermos los matan de un tiro, ¿no es verdad?). Este argumento puede parecer atrayente a aquellos que no creen que hay distinción entre caballos, gatos o ballenas y seres humanos pero este concepto es la antítesis de nuestra ética judeocristiana.
Constituye una ironía trágica el que en la Alemania anterior a la Segunda Guerra Mundial (1933), fuertes leyes fueron aprobadas para proteger los animales. Quince años más tarde, ante el tribunal de Nuremberg que declaró el programa de eutanasia Nazi “un crimen contra la humanidad”, el Brigadier General americano Taylor, presidente del concejo, concluyó, “Si los principios enunciados en esta ley se hubieran seguido también para los seres humanos, este juicio nunca se hubiera llevado a cabo. La mayor vergüenza para los acusados consiste en que tal vez nunca se les ocurrió pensar que los seres humanos deben ser tratados con al menos la misma humanidad.”
Por supuesto que estamos llamados a respetar y a reverenciar toda la creación. Atender las necesidades ambientales, cuidar a los animales heridos o enfermos y proteger a los que están el peligro de extinción son muestra de compasión y responsabilidad. Pero profesa un error detestable una sociedad que trata a los animales como hermanos y a los seres humanos como animales. O, en algunos casos, peor.
Gallagher, H.G., By Trust Betrayed: Patients, Physicians and the License to Kill in the Third Reich (Henry Holt & Co., 1990), pp. 255-256.