Lenguaje Letal

Los promotores de la eutanasia reconocen el profundo horror que la mayoría de la gente siente ante el homicidio deliberado de un ser humano. Puesto que es necesario negar la humanidad de aquellos marcados para la muerte, constantemente somos bombardeados con etiquetas que rebajan y deshumanizan a ciertas personas. Parecería más aceptable matar a alguien que nos muestran como menos completamente humano que matar a alguien que percibimos como un ser humano vivo.

Las palabras comunican imágenes potentes, las cuales dan forma a nuestro pensamiento y actitudes y a los de otras personas. Es por eso que palabras tales como “sin esperanza” o “incurable” deberían ser usadas cuidadosamente (y en ese caso, solo para describir la condición, nunca la persona). Nunca se debería describir a una persona por su discapacidad (por ejemplo, “un paralizado cerebral”), sino que debería describirse como una persona con parálisis cerebral, alguien que sufrió un daño cerebral, una persona que sufre de carencia auditiva, o una persona a quien se le diagnosticó un “estado vegetativo persistente”. Evite decir “reducido a silla de ruedas” ¡Las sillas de ruedas pueden ser liberadoras! Considere esto: una persona con una discapacidad muy frecuentemente no está “enferma” ni es un “paciente” porque no es alguien que está bajo cuidado médico.

El léxico no solo tiene que ver con la forma en que otros perciben a las personas que sufren discapacidades, también influye en la forma como estas se ven a sí mismas.

Desde la edad de 4 años, Arthur Wold, 30, fue declarado “con severo retardo mental”. Incapaz de controlar su cuerpo, podía hacer solo gestos aislados y decir unas pocas palabras. Pero, en 1991, en un taller especial en Seattle, su vida cambió. Un instructor le ofreció un experimento con un teclado de computadora y él completó la frase, “Mi nombre es...Art.” Nadie había sospechado jamás que pudiera leer, y sin embargo, ¡había estado aprendiendo por su cuenta durante años!

Una iglesia en Seattle recogió $1,000 para comprarle una computadora portátil, y pronto estuvo revelando sus pensamientos. Cuando su madre le preguntó si prefería que lo llamaran Arthur o Art, él respondió, “Me es igual, pero no me llamen “estúpido.” (Parade Magazine, 9/20/92;8,10)

Para recibir mayor información: William Brennan, PhD. Dehumanizing the Vulnerable: When Word Games Take Lives [Deshumanizando a los vulnerables: cuando los juegos de palabras acaban con las vidas] (Loyola University Press, 1995)

 
 
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