Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz
Por el Padre Justo Antonio Lofeudo
Julio 2010
"Queridos hijos! Los invito nuevamente a seguirme con alegría. Deseo guiarlos a todos a mi Hijo y vuestro Salvador. No son conscientes de que sin Él no tienen alegría, ni paz, ni futuro, ni vida eterna. Por eso, hijitos, aprovechen este tiempo de oración gozosa y de abandono. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! Julio 25/2010
Comentario
Los invito nuevamente a seguirme con alegría
Aquí, en estas primeras palabras, se entrecruzan dos interpretaciones que cada
uno la resuelve según su historia. La primera es la renovación de la invitación
a seguirla y que el seguimiento sea en la alegría. La otra es volver a seguirla
con alegría como fue al principio del encuentro, quizás de la conversión a Dios
por medio de estas apariciones de la Santísima Virgen en Medjugorje.
Hay una suerte de experiencia que se repite en toda conversión y es el
entusiasmo y la alegría inicial acompañados del celo por el cumplimiento de lo
que Dios nos pide, que luego se va, poco a poco, como diluyendo. Se va perdiendo
ese impulso del comienzo, esa alegría con que –por ejemplo, tomando estas
apariciones- se estaba dispuesto a ayunar dos veces a la semana y a rezar el
Rosario completo cada día. Luego, pasa el tiempo y la tensión inicial decae y
aunque se sigue caminando, el paso se vuelve más pesado, más lento y por las
vicisitudes de la vida el corazón va perdiendo alegría y ganando preocupación.
Es como que el horizonte existencial, que antes brillaba, ahora se va
oscureciendo. Es también el momento en que la esperanza se ofusca y disminuye el
abandono confiado a Dios.
En uno y otro caso, la exhortación que nos hace es a seguirla con alegría. Es
decir a seguirla apartando las preocupaciones, poniendo plena confianza en Dios.
El llamado es a no tomar como definitivas las durezas que la vida a todos nos
presenta, a no quejarse ni lamentarse por nada sino a gozar de la certidumbre
que da la fe, que da la gracia en creer que la Virgen realmente está cerca de
nosotros y que nos está cuidando y hablando personalmente.
Ahora conviene detenerse para precisar que siendo la Santísima Virgen enviada de
Dios, su cercanía y cuidados reflejan el perpetuo amor de Dios y su deseo de
salvación. Por otro lado, cuando la Reina de la Paz apela a nuestra voluntad
para que dejemos preocupaciones y tristezas de lado lo hace porque Dios, a
través de Ella, nos está dando las gracias para que la alegría esté en nosotros
ya que nuestra pobre voluntad nada podría sin la gracia divina. Esa alegría no
dependerá entonces de nuestras circunstancias ni de ciertas condiciones juzgadas
como favorables sino del don de Dios que estemos dispuestos a conquistar.
Entonces, el sacrificio se volverá no un peso y una ocasión para el lamento sino
una ofrenda gozosa. Aún la penitencia podrá ser hecha con alegría.
Se trata de la alegría de quien, aunque arduo sea el camino, por la fe ya ve
ante sí las puertas del cielo. Es la misma alegría, que canta el salmista, del
peregrino que se llena de júbilo porque marcha hacia la Casa del Señor y ante la
perspectiva cierta de pisar las puertas de Jerusalén olvida todos los
sufrimientos e inconvenientes que le esperan (Cf. Sal 122).
¡Cuántas veces nos ha llamado la Virgen a la alegría! La alegría no es un
sentimiento vacío sino que se apoya en el descubrimiento que hacemos que a Dios
le importamos, que por Él somos amados. Le importamos tanto y nos ama tanto que
nos dio a su Hijo unigénito para que, creyendo en Él, tengamos la vida eterna
(Cf. Jn 3:16).
Nuestra Santísima Madre nos viene, entonces, a decir que Dios nos quiere felices,
que quiere protegernos del mal al que vamos al encuentro por responsabilidad
propia o ajena. Él nos quiere y nos hará felices a condición que cooperemos con
la gracia esforzándonos por seguir el camino que la Reina de la Paz nos está
trazando.
Unos antes otros después, todos comprobamos que la felicidad que promete el
mundo, la alegría que nos traen las cosas que hemos buscado finalmente nos han
dejado tristes. Sólo el acudir y responder a la llamada de Dios nos devuelve la
alegría.
Deseo guiarlos a todos a mi Hijo y vuestro
Salvador
Desde siempre ha sido y así será siempre: la Santísima Virgen nos lleva s Jesús.
Esa es su misión: venir a nosotros, sus hijos, para llevarnos a su Hijo y
Salvador.
La experiencia que el hombre de todo tiempo y lugar hace es que “nadie puede
salvarse a sí mismo ni pagar a Dios su rescate. Es tan caro el rescate de la
vida que nunca le bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa” (Cf. Sal
49).
Por el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal y
crece el grano junto con la cizaña. Aún cuando no lo entendamos todos
comprobamos la verdad del misterio de la iniquidad. Cuán ciertas son aquellas
palabras del Apóstol: “no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”
porque “el pecado habita en mí”, “la ley del mal está presente en mí”. ¿Quién ha
de salvarme? Cristo Jesús que por nosotros murió, más aún resucitó (Cf. Rm
7:9ss). Sólo Él.
El precio del pecado es la muerte, el don de Dios es la vida eterna en Cristo
Jesús (Cf. Rm 6:23). Porque sólo uno es el Salvador, ya que no ha sido dado a
los hombres ningún otro nombre bajo el cielo por el que podamos ser salvados
sino el nombre que está sobre todo nombre, Jesucristo nuestro Señor (Cf. Hch
4:12; Flp 2:9).
Por eso, a continuación dice:
No son conscientes de que sin Él no tienen alegría, ni paz, ni futuro, ni vida
eterna
“Sin mí nada podéis” dice el Señor (Jn 15:5). Si no permanecemos en Él, en su
amor y si Él no permanece en nosotros todo será inútil. Si lo ignoramos, lo
rechazamos, lo desconocemos, sólo daremos frutos amargos. La alegría no sólo
será fugaz sino que no será verdadera.
La paz sólo la conoce quien es de Cristo. Éste es el sello de la conversión y la
prueba evidente que Cristo está presente en una vida.
“La paz os dejo, mi paz os doy, no como la da
el mundo”, nos dice el Señor (Jn 14:27). El Señor nos llama a vivir
nuestro día sin preocuparnos del futuro porque sabemos que no depende de
nosotros sino de su Providencia. Quien ha puesto su refugio en la Roca, que es
Cristo, nada teme del futuro por incierto y oscuro que aparezca. Y ciertamente,
sin Él no puede haber vida eterna porque Él es la puerta a la vida eterna, en
Jesucristo y por Jesucristo encontramos acceso a la eternidad de gloria.
Jesucristo dio su vida para que tuviéramos en nosotros la vida verdadera y en
abundancia. La fe en Cristo y la observancia de su mandato nos da la vida eterna
(Cf. Jn 3:36).
En el discurso eucarístico del capítulo sexto del evangelio de san Juan, el
Señor se presenta como el Pan de la vida capaz de saciar el hambre de eternidad.
El que come de ese Pan, la Eucaristía, tiene vida y vida eterna porque el Señor
promete la resurrección en el día final (Cf. 6:54). Comer de ese Pan, Jesucristo
presente en la Eucaristía, es entrar en comunión con Él y a través de Él con
toda la Santísima Trinidad y también entre nosotros.
La comunión sacramental exige las disposiciones debidas, es decir el estado de
gracia que se recupera por medio de la confesión sacramental, o sacramento de
reconciliación, y de la conciencia de a quién se va a recibir. Por ello, la
confesión debe hacerse mediante un riguroso examen de conciencia, con la actitud
no de justificarse ni de acusar a otros sino de acusarse a sí mismo por el mal
cometido y con el arrepentimiento debido. Por ello también, la comunión exige
adoración porque es la Persona divina de Cristo a la que se recibe en la
Eucaristía. Se recibe a Dios y a Dios se lo recibe en actitud adorante, con
total reverencia y respeto.
Aprovechen este tiempo de oración gozosa y de abandono
Una vez más nos recuerda que éste es tiempo de gracia.
La interpretación que deberíamos hacer es que habrá otro tiempo, que seguirá a
éste, en que las cosas serán distintas. Tiempo de gran tribulación, de
persecuciones, tiempo que ya se atisba, en el que parecerá que Dios desaparece
del mundo porque el mundo así lo ha querido, tiempo de mayor oscuridad. En esos
momentos la oración será clamar al cielo para que terminen las duras pruebas.
Para quien no ha aprovechado este tiempo, la oración no vendrá de un corazón
gozoso y confiado sino de la angustia y la desesperación. Por lo mismo no podrá
abandonarse en tranquila confianza quien antes no la practicó.
En los comienzos de las apariciones, decía la Santísima Virgen que no había que
esperar a que los secretos se verificasen porque no sería ya tiempo propicio
para la conversión. Para entonces, los acontecimientos se sucederán muy
rápidamente y lo que antes no se hizo, cuando las condiciones eran las
apropiadas, resultará muy difícil sino imposible hacerlo.
Recapacitar sobre esto hará que aprovechemos este tiempo que Dios nos regala,
esta presencia de la Santísima Virgen entre nosotros, este don infinito del
Corazón de Dios que es la Eucaristía. Si vivimos cada Eucaristía aunque no
tengamos la dicha y el consuelo de ver a la Santísima Virgen, aún sin darnos
cuenta, estaremos aprovechando nuestro tiempo, dándole un nuevo valor. Entonces,
tendremos paz en el corazón, nuestra oración será jubilosa y radiante y dulce
nuestro abandono.